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Mar de Historias

* El secreto de la poza

CRISTINA PACHECO (+)

Lo mismo que las frutas y las flores, las historias que se contaban en mi familia tenían sus temporadas. En las de verano los protagonistas eran gambusinos, exploradores ávidos sobrevivientes de la sed y la inclemencia del sol. En los relatos que solíamos oír durante el otoño los personajes eran árboles que al ir perdiendo su follaje revelaban su naturaleza secreta y mágica. Aligerábamos las noches de invierno escuchando las aventuras de seres sobrenaturales surgidos de las entrañas de la noche.

Nadie seleccionaba el repertorio oral ni pretendía medir las dosis de realidad o de ficción. Las historias iban apareciendo con naturalidad, según las variaciones de la luz, el viento, la temperatura.

II

Recién casados, mis padres se mudaron del pueblo a la ciudad. Entre sus pertenencias llevaban aquellas narraciones que habían comenzado a urdirse en la casa de mis abuelos paternos mucho antes de que mis padres contrajeran matrimonio y de mi nacimiento. En mi infancia las oí muchas veces. Tal como entonces, hoy recobro la que siempre escuchaba, a comienzos de la primavera, en labios de la prima Estela:

“Mi abuela paterna, Daría, jamás se permitió mentir y menos en un documento firmado por ella. A mediados de febrero recibimos una carta en donde nos contaba algo insólito: la primavera se había adelantado, el clima era delicioso y por todas partes se apreciaban los brotes de nuevas floraciones.

“En las últimas líneas mi abuela nos reprochaba que hubieran pasado cuatro años desde la última vez en que la habíamos visitado. El ya próximo santo de mi padre era una buena oportunidad para enmendar esa falta. Imposible negarse. Mi papá arregló todo lo necesario. Viajaríamos en tren, de noche para ganar tiempo e ir más cómodos en la segunda clase con bancas corridas pintadas de verde.

“Contra lo que él había supuesto encontramos los andenes atiborrados de familias. Cargado de bultos, sonriente y al mismo tiempo descortés, mi padre se apresuró a subirnos en el vagón para conseguirme un lugar junto a la ventanilla. A esas horas era poco lo que podría ver, pero aun así me pareció maravillosa la posibilidad de asomarme a la oscuridad.

“Pasados los primeros minutos del viaje poco a poco fue imponiéndose la quietud en el vagón. Confundidos con el silbato de la locomotora y el estruendo de las ruedas deslizándose sobre los rieles se oían llantos infantiles aislados, toses, fragmentos de conversaciones en voz baja: Es increíble que después de tanto tiempo doña Daría no se haya resignado, escuché decir a mi madre. Sentí curiosidad pero como en aquella época no estaba permitido que los niños nos metiéramos en las conversaciones de los mayores, me quedé callada.

“Conforme nos alejábamos de la ciudad las estrellas en el cielo se hacían más visibles. En medio de mi inútil afán por contarlas miré reflejada en la ventanilla a una niña de lentes. Me volví a tiempo para verla dirigirse hacia el fondo del vagón.

“Fue una noche larga. A ratos me dormía. De los breves sueños despertaba sobresaltada. Estírate un poquito, era el consejo de mi madre.

Con nuevas fuerzas volvía a mi intento por contar las estrellas a través de la ventanilla. El vidrio, contra la oscuridad, tenía el efecto de un espejo. En él vi aparecer otra vez a la niña de lentes.

“De pronto la marcha del tren disminuyó hasta que al fin se detuvo en Empalme. Varias familias descendieron allí. A partir de ese momento dispusimos de más espacio en el vagón. Muchos viajeros aprovecharon para tenderse y dormir con sus suéteres o chamarras bajo la cabeza. Yo me apoyé en el hombro de mi madre y me dormí derrotada por las estrellas incontables.

III

“Llegamos al rancho el l8 de marzo, justo para el santo de mi padre. La belleza del campo era otra prueba de que mi abuela Daría no se toleraba mentir. Dichosa de vernos otra vez reunidos, nos asignó un cuarto impregnado con el olor de los membrillos. Después de la cosecha el fruto se almacenaba allí para venderlo o hacer jaleas deliciosas.

“Mis tías consideraban que su obligación como anfitrionas era organizarnos un programa de actividades para que aprovecháramos las cortas vacaciones. Ya nos tenían dispuestas visitas a las huertas y paseos por los alrededores.

“La primera vez que estuve en el rancho yo tenía cuatro años. Sólo recordaba de aquella estancia el columpio en un árbol, el piquete de una avispa y una poza muy grande rodeada de vegetación. Les pregunté a mis tías si era posible que fuéramos allá. Noté que todas miraban a mi abuela Daría, como pidiéndole autorización. Ella dijo algo que en aquel momento no entendí: No, de ninguna manera. Esa agua es mala. Por el silencio que guardó todo el mundo me di cuenta de que no debía insistir. Mi padre notó mi desencanto e intervino para que mi abuela accediera a la celebración en el bosquecillo cercano a la poza, bajo promesa de que me mantendría lejos de sus bordes.

“Al día siguiente festejamos el santo de mi padre. Mi abuela le regaló un sombrero, mis tías un chaleco tejido, mi madre un juego de pañuelos y yo una piedra que encontré entre la hierba. Al verla mohosa y húmeda mi abuela me la arrebató. No sabía que ella pudiera descomponerse tanto y me asusté. Mi madre se apresuró a calmarme y me invitó a que recogiéramos maravillas: unas flores en forma de campana, entre azules y moradas.

“En cuanto estuvimos solas mi madre me explicó algo que ignoraba: de niña, durante un paseo por el campo, la hermana menor de mi abuela se había ahogado en la poza. Nadie encontró el cadáver. Mi abuela odiaba aquellas aguas que mantenían prisionera a su hermana.

“Mi madre me pidió que no repitiera nada de lo que me había contado. Más tarde, me pasé todo el tiempo de la comida mirando hacia el agua. Disimulaba el ansia de llorar. Sentía una profunda lástima por aquella niña muerta a mi edad de entonces, ocho años, y prisionera de la poza durante tanto tiempo.

“Pronto relegué aquella historia. En todas partes encontraba cosas insólitas y divertidas: hojas, piedras, insectos de raros colores, telarañas. Dentro de la casa, aunque era muy pequeña, vivía nuevas aventuras a través de los cuartos. Sobre todo en los cajones de los muebles hallaba siempre algo atractivo: juguetes viejos, retazos, muñecas con carita de cera, carretes de hilo, llaves enormes y fotografías sueltas o coleccionadas en álbumes. En sus pastas desgastadas podía leerse el paso del tiempo más que en las fechas escritas entre flores.

IV

“Las vacaciones llegaron a su fin. Mi padre, que había pospuesto el encuentro con sus antiguos conocidos, se apresuró a visitarlos. Mis tías y mi abuela se dedicaron a prepararnos canastas con fruta, frascos de miel, tarros de mermelada, especias, pinole y todo lo que mi abuela creía que era imposible conseguir en la ciudad.

“Nadie tenía tiempo para compartirlo conmigo y, aunque no me lo dijeran, en todas partes estorbaba.

Me sentía extraña: ansiosa por volver a mi casa y triste porque iba a dejar aquellas tierras. Le confesé a mi madre mi aburrimiento. Ponte a hacer algo y verás que se te pasa, me aconsejó con su impecable lógica.

“¿Pero qué? Ya había descubierto los secretos de todos los rincones y el contenido de todos los muebles, excepto del ropero. Giré la llave. El olor a creolina me picó la nariz como si todos los objetos guardados en él quisieran alejarme. No cedí. Entre la ropa blanca de mi abuela encontré un misal con las cubiertas de concha, paquetes con botones, frascos de perfume vacíos, recetas, sobres y un álbum que aún no había hojeado.

“Cuando lo abrí escapó de sus páginas una foto. Al levantarla reconocí enseguida a la niña de lentes que había visto reflejada en la ventanilla del tren. Oí pasos y devolví la foto a su escondite.

“El viaje de regreso a la ciudad lo hicimos también de noche y en el tren. Me pasé todo el tiempo pegada a la ventanilla. Esta vez no pretendía contar las estrellas en el cielo. Ansiaba ver reflejada, libre por un instante de su sepulcro de agua, a la niña muerta en la poza.”

(Transcrito por Carlos Lozano Medrano /ICTU, y compartido agosto-2020).
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La hojita que me seguía...(Reflexión en mini cuento)

 Por: Cesia Carrillo Clemente.

Escuché sus pasitos silenciosos. Se movían ligeros a la par del viento. A veces sonaban arrastrarse perezosos, pero volteaba…y nada.

Caminaba de nuevo y otro viento resoplaba. Y entre más fuerte soplaba, más rápido, esos pasitos hacia mí se acercaban. Pero volteaba…y nada.

De repente, la atrapé en el acto. No se trataba de un monstruo o algo así. Era una pequeña hoja que recién había caído de ese frondoso y anciano árbol, en uno de los cambios de ocaso.

La pequeña hoja se veía muy feliz. Lista para andar por el mundo, tener aventuras viajando.

¿Hasta dónde viajará? 

No es un ave para volar. No es persona o animal para caminar. No es serpiente para arrastrarse. No es piedra para rodar. Necesita al viento para andar…y así será. Esa feliz hoja espera el impulso para viajar.

¿Pero por qué se cayó del árbol?. Algunas de sus compañeras ahí se quedaron. ¿Acaso tenía algo mal?.  ¡NO! Esa pequeña hoja, no fue desechada por mal. Se cayó del árbol porque dio todo de sí. Su proceso de fotosíntesis, su proceso de crear oxigenación se cumplió, y ahora el viento se encarga de llevarla, a donde su ocaso se vuelve. Solo espero que encuentre un hogar donde descansar. A la tierra o al pasto para así continuar dándonos nutrientes que nuestro suelo solicita. 

El pavimento nos aligera el progreso, a  nosotros que pensamos. Pero se está comiendo ese subsuelo… y probablemente, esa pequeña hoja me seguía para contarme eso: necesita volar hacia aquél lugar donde se valora que en ese pequeño cuerpo, su proceso de descanso enriquece y nutre el subsuelo con toda la sabiduría que absorbió del árbol, para así continuar con el majestuoso proceso de una crecimiento nuevo.

Escuché unos pasitos…y no era nada, era TODO, era una pequeña hoja.

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L a R u e d a

 

Autor: Carlos Lozano Medrano. 

(Cuento con el que participé en un concurso para empleados de Televisa).


          A finales de octubre de mil novecientos setenta y ocho, mi papá me habló por teléfono, le urgía que nos viéramos en Tuxpan.

          Cuando iba en el A.D.O. subiendo por Indios Verdes, pensé, sin saber por qué, que iniciaba una nueva etapa.

          Mi papá nos expuso la necesidad que alguno de mis hermanos, Gilberto –que trabajaba en Tampico-, Jorge –que estudiaba aquí en México- o yo –que también estaba aquí en el D.F., trabajando -, nos fuéramos para allá, le habían vendido un barco camaronero, para que lo fuera pagando poco a poco y que además del otro, que estaba a nombre de mi hermano Arturo, no les daría tiempo de atenderlo –en ese entonces trabajaban en el astillero-. A mí me interesó de inmediato la idea, pero debía consultar con mi esposa; como una especie de premonición en ese preciso momento, Sara María me llamaba desde México, rápidamente le expuse la idea, que también ella acepto con gusto. Así que sin más, decidí dedicarme a la pesca.

          Llegué a Tuxpan junto con mi esposa, mi Marianita y muchas ilusiones a principios de febrero. Durante tres años luchamos y fuimos saliendo adelante, llegamos a tener tres barcos, el primero fue el “Princesa del Golfo VI”, luego el “Muni” y después el “Tres Grandes II”, barcos viejos, pero al fin nuestros.

          Fue en el año 81, cuando nuestro gran Don José Presidente – aquel que luchó como un perro y dicen que lloró porque no pudo hacernos más pobres-, tomó la decisión, que le vendiéramos los barcos al gobierno, para después dárselos a las cooperativas pesqueras. Hoy se habla de fraudes; creo que sí, castigarán a algunos, pero será de alguna manera solo chivos expiatorios –aunque acepto que cruzados con ratones-. Para claro está, no reconocer el otro fraude, el ideológico y demagógico.

          A partir de ahí iniciamos una etapa difícil a nivel familiar, existiendo hasta la fecha secuelas. Afortunadamente, diría yo, la naturaleza es sabia y en cualquier situación busca el equilibrio, y díganme si no, disminuían nuestros recursos, pero nos compensaba con más hijos, - Carlitos, Pedrito y Sari -. Yo creo que por eso los quiero mucho.

          Las cosas van a cambiar, me repetía a todas horas, más, para convencerme a mí mismo, porque eran varios años luchando y no veíamos claro. Sara María se hacía bolas con lo poquito que le daba, los niños iban creciendo y no era mucho lo que les podíamos dar, eso sí, cariño y frijoles nunca les faltó. ¡Benditos frijoles y benditos niños!, los unos para los otros, como ahora dice el comercial ¡si combinan! Época de lucha, en que el hambre y nuestras ilusiones jalaban cada quien por su lado, poniéndole sabor al caldo y evitándonos, sin lugar a dudas, el aburrimiento.

          Por aquella época, aún con nuestros problemas, poníamos nuestro granito de arena para buscar mejoras a Santiago de la Peña, Congregación donde vivíamos, logramos algunas cosas buenas para el pueblo, pero algo que en especial recuerdo, es cuando los vecinos nos organizamos para alumbrar la calle Riva Palacio. Marianita – andaba cerca de los nueve años – percibía y resentía nuestra precaria situación económica y yo queriéndole dar ánimos, una tarde que estábamos sentados en las escaleras de la casa de mis papás y precisamente cuando algunos de los vecinos prendieron las lámparas que recién habíamos puesto, la llevé al centro de la calle y le dije.
- ¿Cómo ves la calle con el nuevo alumbrado?
Y ella me dijo:
- Se ve bonito
Entonces aproveché para decirle:
- Estas, son algunas de las cosas que hace tu papá
Y tranquilamente me replicó:
- Está bonito, pero no ganas dinero.

          No me cabe la menor duda, que me movió el tapete. En ese momento – tomen nota los historiadores -. México perdió a un luchador social. No me quiero justificar pero a veces el hambre y las limitaciones le ganan a nuestras ilusiones.

          Hace tres años y medio que regresamos a México, gracias a los amigos, en cuestión de días entré a trabajar; todavía no está resuelta nuestra situación, pero mientras hay vida hay esperanza, y que caray, a veces pienso que no deberíamos quejarnos, tenemos Pacto – y no con el diablo -, leche de la Vacasupo, limusina naranja – Metro -, la charola del proletariado –abono del transporte- y representantes populares con Rolex – para que cuando levanten el dedo, muestren cuando menos algo de valor -.

          Y aún así, ya no como manzanas.

          A lo mejor les pareceré desagradecido, pero pensándole un poco, posiblemente me den la razón:

          ¡Tan bien… que estaríamos en el paraíso!
                             
                                                                      EL PESCADOR            

(12.Julio.1990)



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El Sacristán

 Cuento por W. Somerset Maugham (1874-1965) Título original: The Verger)
Colaboración de Carlos Lozano Medrano ICTU para VARIEDADES

(Fuente: ogoino)

Aquella tarde se había celebrado un bautizo en la iglesia de San Pablo en Neville Square, y Albert Edward Foreman aún llevaba su vestimenta de sacristán.

Tenía una prenda nueva, de pliegues tan rígidos y voluminosos que parecía hecha no de lana de alpaca sino de bronce escultural, pero ésta la reservaba para bodas y funerales pues cuando de tales ceremonias se trataba la iglesia de San Pablo era la predilecta entre la gente de bien. La que vestía ahora estaba un tanto usada, condición sin embargo que no le impedía llevarla con cierta complacida dignidad puesto que conformaba señal y símbolo del oficio que desempeñaba, y cierto era que las veces que andaba sin ella (se la quitaba antes de irse a casa) siempre experimentaba la sensación desconcertante de ir algo ligero de ropa.

Le dedicaba un cuidado esmerado: era él mismo quien la lavaba y planchaba. Había poseído varias de estas vestimentas a lo largo de los dieciséis años que venía ejerciendo de sacristán en la iglesia, y jamás se había sentido capaz de deshacerse de ninguna de ellas cuando ya no servía. De este modo, cada vez que tocaba retirar una, ésta - cuidadosamente envuelta en papel de color marrón - iba a sumarse a la ya larga secuencia que llenaba los últimos cajones del armario en su habitación.

Ahora el sacristán se atareaba discretamente; volvió a colocar la tapa de madera pintada sobre la pila de mármol, retiró la silla que se había traído para una señora anciana y achacosa y luego se quedó esperando a que el párroco terminara en la sacristía para poder ordenarla e irse a casa. Al cabo de un rato le vio cruzar la cancillería y santiguarse ante el altar principal, para después venir caminando en su dirección por el pasillo central; aún no se había quitado las propias vestimentas.

- Y éste, ¿por qué no se menea? - dijo el sacristán para sus adentros - ¿es que no ve que un servidor tiene hambre?.

Poco tiempo hacía que el aludido, un hombre cuarentón de facciones coloradas, ostentaba el título de párroco en Neville Square, y Edward Albert aún lamentaba la marcha de su predecesor, un clérigo a la vieja usanza quien predicaba sermones lánguidos con una voz plateada y salía a cenar a menudo con los más aristocráticos de sus feligreses. Si bien le gustaba tener cada cosa en su lugar no se le podía tachar de maniático; éste en cambio insistía en meter las narices en todo. Pero Edward Albert era tolerante: el nuevo reverendo provenía del East End y no se podía esperar que se adaptara de la noche al día a las costumbres discretas de su gentil congregación.

- Todo este trajín - se dijo Edward Albert. - Pero tiempo al tiempo, ya aprenderá.

Cuando el pastor hubo avanzado por el pasillo lo suficientemente como para poder dirigirse a su sacristán sin alzar indecorosamente la voz, se detuvo.

- Foreman, haz el favor de acompañarme a mi oficina un momento. Quisiera hablar contigo.
- Como desee señor.

El religioso le aguardó hasta que estuvo a su lado y entonces los dos hombres caminaron juntos por la iglesia.

- Muy bonito el bautizo, señor, de veras. Me he fijado en como la criatura ha dejado de llorar cuando usted la ha tomado en sus brazos.

- Yo también me he fijado a menudo en eso - dijo el cura con una leve sonrisa. - Al fin y al cabo he tenido bastante experiencia.

Ya sabía que las más de las veces era capaz de calmar a un lactante lloriqueante con su manera de sostenerlo y esto le era motivo de un sosegado orgullo; tampoco se mostraba del todo indiferente a la divertida admiración con que las madres y niñeras le observaban mientras acomodaba al recién nacido sobre la manga de la sobrepelliz. El sacristán por su parte sabía que le gustaba que este don suyo fuera reconocido.

El párroco entró primero en la sacristía, y Albert Edward se sorprendió un poco cuando al seguirlo se encontró allí con dos miembros del consejo, a quienes no había visto entrar. Le saludaron inclinando amablemente la cabeza.

- Buenas tardes milord. Buenas tardes señor. - Les dijo al uno y al otro.

Eran dos señores de edad avanzada, y llevaban en sus cargos casi tanto tiempo como Edward Albert en el suyo. Estaban sentados detrás de una hermosa mesa de refectorio que el párroco anterior había traído años atrás de Italia; el actual tomó asiento en la silla que había entre los dos. Edward Albert les quedó mirando, con la mesa de por medio, y con un ligero malestar se preguntaba cuál podría ser el problema. Se acordaba de aquella ocasión cuando la organista se había metido en una situación comprometida y de cuántas molestias les costó tapar el asunto. En una iglesia como la de San Pedro en Neville Square, no podían permitirse escándalos. La cara rubicunda del párroco componía una expresión de resolución benigna, pero a los otros dos se les veía bastante incómodos.

- Les tiene mareados, eso es - se dijo el sacristán. – Les ha estado dando la lata para que hagan algo, y ese algo no les gusta para nada. Eso es lo que hay, podría jurármelo.

Estos pensamientos, sin embargo, no se le podían leer en las facciones elegantes y distinguidas. Permanecía de pie mirándoles con una actitud respetuosa, pero de ninguna manera obsequiosa; antes de desempeñar su actual oficio eclesiástico había sido mayordomo, y eso en las mejores casas, por lo que sus modales eran irreprochables. Había empezado como recadista de un mercader ricachón, y poco a poco había avanzado desde el puesto de cuarto ayudante de cámara hasta primero; luego durante un año sirvió de mayordomo en casa de la viuda de un noble y más tarde, hasta que le salió el puesto en la iglesia, había ejercido el mismo oficio en casa de un embajador retirado con dos hombres a sus órdenes. Era alto, delgado y digno; su aspecto recordaba si no el de un duque, por lo menos el de un actor a la vieja usanza especializado en encarnar duques. Se portaba con tacto, firmeza y entereza. El suyo era un carácter impecable.

El párroco empezó sin preámbulos:

- Foreman, tenemos algo desagradable que decirte. Llevas muchísimos años aquí y creo que Su Excelencia y el General estarán de acuerdo conmigo cuando digo que has cumplido las responsabilidades de tu cargo a la satisfacción de todos.

Los dos coadjutores asintieron con la cabeza.

- Pero el otro día llegué a enterarme de la más extraordinaria de las circunstancias y me creí en la obligación de comunicárselo a los señores del consejo. He sabido para mi asombro que no sabes ni leer ni escribir.

La cara del sacristán no se inmutó:

- El último reverendo lo sabía señor, - le contestó – y no le importaba para nada. Siempre decía que había demasiados maestrillos y librillos para su gusto.

- Es la cosa más increíble que he oído, - exclamó el General. - ¿Quieres decir que llevas dieciséis años como sacristán en esta iglesia, y nunca has aprendido ni a leer ni a escribir?.

- Empecé en el servicio doméstico cuando tenía doce años, señor. La cocinera donde mi primera colocación intentó enseñarme una vez, pero no le pillaba el truco, que digamos, y luego con una cosa y otra ya no tuve tiempo. Y nunca me ha hecho falta, la verdad; me parece que hoy en día hay muchos jóvenes que pierden su tiempo leyendo cuando podrían estar haciendo algo más provechoso.

- Pero ¿no quieres leer las noticias? – preguntó el otro caballero. - ¿Nunca has querido escribir una carta?.

- No milord, me parece que me las arreglo así como estoy. Y resulta que últimamente los periódicos traen muchas fotografías y ellas me ayudan bastante a mantenerme al corriente. Luego si quiero escribir una carta, pues mi señora esposa es muy instruida y ella me la hace. Y tampoco soy de los que corren apuestas.

Perturbados, los dos coadjutores miraron de reojo al párroco y después bajaron la vista a la mesa.

- Bien, Foreman, he hablado de este asunto con los señores del consejo y están completamente de acuerdo conmigo en que esta situación es imposible. No podemos permitir que el sacristán de una iglesia como la nuestra sea analfabeto.

Albert Edward no dijo nada, pero su cara delgada y normalmente cetrina se puso colorada.

- Compréndeme Foreman, no tengo ninguna queja contra ti personalmente. Desempeñas tu trabajo satisfactoriamente y tengo la más alta opinión tanto de tu carácter como de tu capacidad; pero en toda conciencia no podemos seguir corriendo el riesgo de que nos ocurra alguna desgracia debido a esta lamentable ignorancia tuya. Es una cuestión no sólo de principios sino de prevención.

- Oye Foreman, ¿y no podrías aprender...? – preguntó el General.

- No señor, me temo que no; ya no. Verá, ya no soy tan joven y si no me entraban las letras antes cuando era un chavalín pues con menos razón iban a entrarme ahora.

- No queremos ser injustos contigo Foreman, pero los consejeros y yo nos hemos decidido: te concederemos tres meses y si al término de dicho plazo todavía no has remediado esta falta me temo que tendremos que prescindir de tus servicios.

A Albert Edward no le había gustado nunca el nuevo párroco. Llevaba diciendo desde el principio que habían metido la pata mandándole para la iglesia de San Pablo. Carecía de la clase necesaria para una congregación tan fina. Ahora se irguió un poco: él mismo conocía su propio valor y no iba a permitir que le avasallaran.

- Lo siento mucho señor, pero me temo que no hay remedio. Tengo la mollera demasiado dura ya para que me entren cosas nuevas. He vivido todos estos años, que no son pocos, sin saber leer ni escribir y sin querer pecar de orgulloso, pues quien a sí mismo se alaba mal acaba, no tengo reparos en decirle que he cumplido con mi deber en esta vocación que la divina providencia ha querido que yo ejerza, y aun si pudiera aprender ahora pues dudo mucho que quisiera.

- Muy bien Foreman. Así las cosas me temo que tendrás que marcharte.

- Si señor, comprendo, por mí no hay inconveniente. Renunciaré tan pronto haya encontrado usted a quien me sustituya.

Pero cuando Albert Edward, con su educación de siempre, hubo cerrado la puerta tras él, dejando allí al párroco con los dos coadjutores, no podía mantener el aire de imperturbable dignidad con la que había encajado el duro golpe recibido, y empezaron a temblarle los labios. Se fue caminando lentamente a la sacristía donde colgó sus vestimentas en la percha que las aguardaba. Se le escapó un suspiro mientras pensaba en todos los funerales solemnes y todas las bodas elegantes que había presenciado. Ordenó las cosas, se puso el abrigo, y con el sombrero en la mano volvió por el pasillo. Cerró la puerta principal y echó la llave. Caminando lentamente, cruzó la plaza, pero tan sumido iba en sus lúgubres pensamientos que dejó atrás la calle que conducía a su casa y la buena y reconfortante taza de té que allí le esperaba; en fin, se equivocó de camino. Caminaba muy lento: no sabía qué hacer. No le apetecía nada volver al servicio doméstico; después de pasar tantos años sin otro amo que él mismo – porque dijeran lo que dijeran el párroco y el consejo, era él quien aseguraba el buen funcionamiento de la iglesia – no podía rebajarse ahora a buscar una colocación. Tenía sus ahorros, pero la cantidad, aunque no despreciable, no era suficiente como para vivir sin trabajar y menos aun cuando la vida cada año resultaba más cara. Nunca se le había ocurrido pensar en esta eventualidad: los sacristanes de la iglesia de San Pablo, como los Papas de Roma, tenían un cargo vitalicio. A menudo había pensado en el sermón que dedicaría el reverendo, en los maitines del primer domingo tras su muerte, al carácter ejemplar del finado sacristán Albert Edward Foreman y el largo y fiel servicio por él brindado. Suspiró profundamente. Nuestro Albert Edward no fumaba y era totalmente abstemio, aunque se concedía a sí mismo cierta licencia; es decir, gustaba de tomar un vaso de cerveza con su cena y cuando se sentía cansado le apetecía fumar un buen cigarrillo: ahora pensó que fumarse uno le consolaría y como nunca llevaba tabaco encima empezó a mirar arriba y abajo en busca de un sitio que expendiera Gold Flake. Al no ver ninguna tabaquería echó a caminar un poco más; era una calle larga que contaba con abundantes tiendas, pero no había ninguna donde uno pudiera comprarse tabacos.

- Qué raro – se dijo Edward Albert.

Para estar seguro volvió a bajar por la misma calle que acababa de subir: no, ya no le cabía ninguna duda. Entonces se quedó un rato allí, mirando pensativamente a su alrededor.

- No puedo ser el único hombre que haya caminado por esta calle y querido echarse un pitillo – pensó. - Ya creo que uno podría hacerse un buen negocio aquí si montara una tiendecita. De tabacos y golosinas, quiero decir.
Dio un respingo.

- Oye, pues vaya una idea – se dijo. – Es extraño como te vienen las ideas cuando menos las esperas.
Y dio media vuelta y fue caminando a casa.

- Muy callado te veo esta tarde, Edward Albert – observó su mujer después de la cena.
- Es que estoy pensando – contestó.

Miró el asunto desde los cuatro costados y el día siguiente volvió a caminar por la calle de la víspera; la suerte le acompaño pues dio con una tiendecita en alquiler que parecía ajustarse exactamente a sus propósitos. Al otro día ya había firmado el contrato y, cuando un mes más tarde abandonara para siempre la iglesia de San Pablo en Neville Square, Albert Edward Foreman estableció su pequeño negocio de tabaquería y papelería. Su esposa opinó que era una vergüenza que uno que había sido sacristán en Neville Square tuviera que rebajarse tanto, pero él respondió que soplaban vientos de cambio y que la iglesia ya no era como antes, y que en adelante él daría a César lo que era de César. A Albert Edward las cosas le fueron muy bien, tanto que después de un año se le ocurrió que podría contratar a un encargado y poner otra tiendecita, de modo que buscó otra calle larga y sin tabaquería que tuviera un local en alquiler, y cuando la encontró allí puso otro negocio y lo aprovisionó. Esta empresa también fue un éxito. Entonces razonó que si era capaz de llevar dos tiendas pues muy bien podría llevar varias, así que se echó a caminar por la ciudad de Londres y cada vez que encontraba locales en alquiler en calles largas y sin tabaquería, los tomaba. En el transcurso de diez años adquirió nada menos de diez tiendas y estaba ganando dinero a espuertas.

Cada lunes él iba personalmente a cada una de sus tiendas para recoger las ganancias de la semana y llevarlas al banco. Una mañana cuando estaba depositando un gran fajo de billetes y una pesada bolsa de monedas, el cajero le dijo que el director deseaba verle. Le condujeron a un despacho y el director le saludó con un apretón de manos.

- Señor Foreman, quería hablar con usted sobre el dinero que tiene depositado con nosotros. ¿Sabe a cuánto asciende?.

- Bueno señor, no llevo las cuentas hasta la última libra como quien dice, pero en números redondos creo que sí.

- Sin contar lo que ha ingresado esta mañana, su haber supera ya las treinta mil libras. Es una cantidad importante y hubiera pensado que sacaría usted un mayor rendimiento mediante algunas inversiones.

- No quisiera hacer nada arriesgado, señor. Yo sé que está a buen recaudo aquí en el banco.

- No debe preocuparse en absoluto. Le haremos una lista de valores de primera, le aportarán unos intereses que a nosotros francamente sería imposible ofrecerle.

Una sombra de duda descendió sobre los rasgos distinguidos del señor Foreman. – No me he metido nunca en aquello de valores y acciones. Tendría que dejarlo todo en sus manos. – Dijo.

El director sonrió. – Deje los detalles a nuestra cuenta. Lo único que tendrá que hacer es firmar las autorizaciones.

- Bueno, así las cosas todo parece fácil – dijo Albert, poco convencido. – Pero ¿cómo habría de saber qué clase de cosa estoy firmando?.

- Sabe usted leer, supongo – dijo el director, impacientándose un poco.
El señor Foreman le dirigió una sonrisa cándida:

- Bueno señor, ahí está la cosa. No puedo. Sé que parece raro, pero es así, no sé ni leer ni escribir; únicamente mi nombre, y eso sólo cuando empecé con los negocios.

El director saltó de su asiento, de tan sorprendido estaba: - ¡Esta es la cosa más extraordinaria que he oído jamás!.

- Verá usted, cómo se lo explico… Es que nunca tuve oportunidad de aprender hasta que era demasiado tarde, y entonces no quise. No sé, me puse como terco.

El director del banco le miraba con ojos desorbitados, como si contemplara algún engendro prehistórico.

- ¿Pretende decirme que ha montado este importante negocio y amasado una fortuna de treinta mil libras sin saber empuñar una pluma? Dios bendito, ¡dónde estaría ahora este hombre si pudiera leer y escribir!

- Eso sí se lo puedo decir, señor – dijo Albert Edward Foreman, un amago de sonrisa apareciendo en sus aún aristocráticas facciones – yo sería el sacristán de la iglesia de San Pablo en Neville Square.


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Carlitos y Tuxo

 
Carlos Lozano Medrano 

Carlitos y Tuxo de 5 años y 6 meses de vida respectivamente, siempre juntos y contentos, se entendían a las mil maravillas, cada quien vivía conforme su instinto. Su naturalidad se transformaba en una buena amistad. Se les notaba el gusto por la vida, todos los días corriendo, uno sonriendo y el otro con la lengua de fuera, uno gritando y el otro ladrando.

Entre juego y juego percibían que los mayores no mostraban ese gusto por los demás y por la naturaleza, aunque los peques no le daban mucha importancia, sí notaban que casi siempre andaban de prisa o indiferentes, con gestos adustos, muchos monosílabos, a veces miradas perdidas o sonrisas forzadas cuando las había.

Una tarde de marzo después de comer, Carlitos sentado y Tuxo echado en el patio bajo un frondoso árbol de mango, con los rayos del sol filtrándose entre las hojas y un viento suave y fresco adormeciéndolos los llevó al siguiente diálogo:

-Carlitos: oye Tuxo, ¿te has fijado?
-Tuxo: siempre lo veo todo, pero ¿a qué te refieres con ese te has fijado?
-Carlitos: me refiero a los mayores.
-Tuxo: yo si los veo, ellos quien sabe si nos ven.
-Carlitos: si nos ven, pero siempre andan tras sus asuntos, cargándolos  a todas horas y a todas partes, medio comen, medio duermen, medio platican, puro medio de todo.
-Tuxo: bueno sí, pero a nosotros qué.
-Carlitos: mira, aunque poca tú tienes tu propia experiencia y yo la mía, ellos necesitan que se les oriente para que puedan con mayor plenitud vivir sus vidas.
-Tuxo: ¿a dónde quieres llegar?
-Carlitos: pues que te parece si juntos dejamos que nuestro instinto se exprese y les pueda ser útil.
El cálido ambiente y el azul del cielo los acompañaron durante esa tarde, cada quien consideró sus vivencias y al final tenían su lista en sus cabezas, resultando el siguiente dodecálogo con el deseo de que sus queridos mayores lo asimilaran y lo pusieran en práctica:

  1.- Vivan el momento, quítenle lo negativo a sus recuerdos y a sus
     sueños.

  2.- Enumeren y disfruten todo lo bueno que tengan y de lo no tan
     bueno, aprendan.

  3.- Ustedes como seres humanos son increíbles y por lo mismo 
     valiosos.

  4.- Aprendan a maravillarse ante el universo y toda la naturaleza.

  5.- Amen a su prójimo como a ustedes mismos.

 6.- Muestren siempre el gusto de ver y convivir con toda la gente.

 7.- Sean honestos, respetuosos, leales, agradecidos, alegres,
     optimistas y generosos.

  8.- Siempre reconozcan los talentos, palabras y acciones buenas de
     los demás y sólo a veces con ánimo de ayudar al otro, señalen los
     defectos y sus errores.
    
  9.- Sus maravillosos cinco sentidos les ayudan a conocer su mundo y
     su intuición los lleva a considerar que hay algo más, sin importar
     los muros, creencias ni las ideologías.

10.- Disfruten su libertad de manera inteligente, recuerden que en
     todo hay límites y los excesos pueden llevarlos a destruirse.

11.- En donde estén hagan sus aportaciones, siendo un sol en la vida
     de los demás.

12.- Si en la búsqueda de su felicidad resultan exitosos, poderosos, ricos o famosos, agradézcanlo, denle un buen uso y ante todo conserven la sencillez y la humildad. 
Las tonalidades del cielo y las nubes fueron variando y se entremezclaban los azules, naranjas, rojas, rosas, blancas, moradas, negras y grises, reafirmando a Tuxpan como el puerto de los bellos atardeceres. Al final del día el sol se puso su short, unas cómodas chanclas y sus gafas sin lentes para admirar la brillante y hermosa luna y se despidió de sus amigos con un hasta mañana… y se encaminó a la hamaca cósmica con un rico timbakey en la mano...
Cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero, Rin tin tín, digo tan, tan…

(2013-marzo-07 antes de la primavera)
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Alumnos tuxpeños destacan en la categoría de “Cuento”…

Por: Camilo Hernández.

Al conocer algunos de los “Cuentos” que han escrito con mucha imaginación, empeño y gran talento, da mucho gusto enterarse que alumnos tuxpeños estén ya destacando en competencias de talla nacional e incluso internacional, donde han demostrado un alto nivel competitivo ante otras instituciones educativas.

Nos referimos a los alumnos de 1er grado de secundaria, Belehem Sánchez y Cristian Miguel, quienes participaron en el “Reto Emprenday Latinoamérica 2020” en la categoría de “Cuento Científico”, organizado por la Sociedad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología Aplicada (SOLACYT), con el tema central del “Coronavirus”.

La alumna, Belehem Sánchez Santiago, obtuvo el tercer lugar con el Cuento: “Yo, el COVID-19”; mientras que Cristian Miguel Martínez Montano ganó el segundo lugar con el Cuento: “Recuerdos de un Especialista”.
Son alumnos del “Colegio Internacional de Tuxpan” donde es director el Ingeniero en Mecatrónica, Eduardo Peláez, y destacada docente, Cesia Carrillo Clemente.

“Emprenday es una competencia que consiste en 7 categorías diferentes: animación, habilidades de lógica, artículo científico, programación, póster temático, cuento científico y ciencia aplicada. Los alumnos trabajan desde casa haciendo uso de las tecnologías para cumplir con los requisitos y temáticas de cada categoría”. ¡Felicitaciones!

*** Link “CUENTOS Y POEMAS”, que se han publicado aquí en el sitio web de “Variedades”:
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Poemas de Alumnos Tuxpeños

 
“Caligrama”

Autor: Katia Barrios Valdez.




“Poema de encierro”

Autor: Daniel Emilio Cruz Jaramillo.

Siento un vacío en mi interior
Como si la pandemia me produjera ardor
Y aunque jugando estoy
Solo estoy hoy

Miro al exterior
Preguntándome cuándo saldrá el sol
Y cuándo se acabará este intenso terror
¿Cuándo podremos salir con amor?




“Yo me quedo en Casa”

Autor: Omar Gael Luna.

Cuarentena que titulada quédate en casa se declaró
cuando cerraron escuelas, trabajos e iglesias a todos entristeció
preocupado por la economía de mí país estoy
que pido a Dios, detenga su furor.

Obediencia se nos pidió y que en algunos aplicó
cobrando muertes en el mundo se vio
que por sencillos pasos no se acató
hoy la muerte nos llena de dolor.

Vi potenciales y habilidades en mí
que esta pandemia me permitió descubrir
las clases en línea a mis maestros y amigos vi
así como costura y cocina aprendí.

Iré y haré, diré y seré mejor que ayer
son atributos que en mí desarrollaré
para convertirme de niño a hombre de bien
y así un mejor ejemplo a mi prójimo ser.

Doy gracias al Creador por mi Familia
porque recordé en ellos sus pasiones, tristezas y alegrías
momentos de gran valor como el oro que en mi corazón se imprimían
y ver cómo la confianza y el amor entre nosotros crecían.

1ro haré mis sueños realidad
y ver la libertad y mi vida volver a la normalidad
donde a mis amigos y familiares pueda yo abrazar
y así más felices estar.

9 son mis metas por el momento alcanzar
como la tolerancia, amor, fe, trabajo, proteger y respetar
son tan solo el principio en lo que he de trabajar
porque ésta cuarentena fortaleza me brindó una vez más.
 
¡¡¡¡Quedarme en casa, fue lo mejor que me pudo pasar!!!!




“Este encierro”

Autor: Abril Sahad Manrique Madrigal.

En estos tiempos de encierro
Podemos ver unión
mucho esfuerzo
y una gran transformación.
Día a día es más difícil mantenerte cuerdo
pero lo hacemos por nuestros seres queridos
para no olvidar este recuerdo
hay que mantenerse unidos.




“Pandemia”

Autor: Katia Barrios Valdez.

Estamos en cuarentena
Por culpa de la pandemia
Ha provocado mucha epidemia
Unos dicen que es China
Otros de Japón
Sólo quédate en tu casa
Para evitar propagación.
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Infografías creadas por alumnos tuxpeños…

¡Vaya grata sorpresa! que se lleva uno al leer y observar la enorme creatividad de alumnos tuxpeños. 

Y para muestra, estas infografías realizadas por dos alumnas de secundaria, excelentes reseñas, diseño y sin duda buenas recomendaciones de libros. 

ALUMNAS: Belehem Sánchez Santiago y Ana Kamila Blanco.

“De 10” maestra Cesia Carrillo…
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Coronavirus: El virus del murciélago y pangolín

Cuento escrito e ilustrado por Luis Ignacio Lazarev Ávila Gallardo.
NARRADOR: El mundo es desconocido por lo cual el humano no sabe lo que lo rodea. Desde el organismo más pequeño hasta el más grande puede ser malo  pero también puede ser bueno, por lo cual el mundo no está explorado; por eso es importante cuidar el medio ambiente y cuidarse de las enfermedades como lo es el coronavirus Covid-19, porque este virus nuevo puede acabar con los seres humanos. Los países deben de reunirse para evitar más contagios. Nos necesitamos unos a otros. Todo lo contrario a la selección natural descubierta por Charle Darwin.

DOCTOR JOEL: Hola mi nombre es Joel, pero mis hermanos me llaman Joelito porque soy el más pequeño de la familia. Me gusta mucho la ciencia, por lo cual yo estudié para ser biólogo y me especializo en realizar nuevos descubrimientos; cosas como lo son enfermedades o posibles epidemias, como lo es la vesmatilus, pero esa es otra enfermedad, hoy les hablaré de una famosa enfermedad el covid19, pero yo solo pienso que esa enfermedad es uno de muchas grandes epidemias.

NARRADOR: Pero Joel no vive solo él vive con su familia una niña pequeña llamada Bela y su esposa Renata. Aunque estos últimos días se había distanciado de su familia, de modo que nadie sabía por qué.

BELA: Papá por qué ya no juegas conmigo, ya casi no te veo desde que no sales de tu laboratorio.

DOCTOR JOEL: No hay de qué preocuparse mi niña, te juro que en poco tiempo jugaré contigo, lo prometo.

NARRADOR: La tarea de un biólogo no es fácil, por supuesto el doctor conocía los riesgos de investigar cosas nuevas.

RENATA: ¿Joel todo está bien dentro del laboratorio? porque has cambiado un poco.

DOCTOR JOEL: sí, no hay de qué preocuparse mi amor, solo que tendré que visitar a un amigo llamado Pablo.

NARRADOR: El amigo de Joel, Pablo, es el presidente de la ciudad que nunca duerme, la Ciudad de México; Joel pidió una junta con el presidente para hablar de un tema muy importante de la salud de las personas.

PRESIDENTE: disculpa por la tardanza Joel, pero estaba en una junta con la NASA, la DEA y la ONU al intentar comenzar un proyecto para crear una fuente de energía inagotable que pueda durar muchos años, pero ese es otro tema, ¿para qué solicitaste la reunión, Joel?

DOCTOR JOEL: Solicité esta reunión para platicar de una enfermedad que puede perjudicar o extinguir la raza humana. La hemos querido llamar coronavirus Covid-19, aunque tendrían que cerrar todos los mercados en donde venden los animales que sean peligrosos, como lo es la serpientes, murciélagos, pangolín;  hay un 50% de posibilidades de contagio mundial por lo cual tienes que poner a la ciudadanía y playa en una cuarentena obligatoria, para que las personas que hubiesen comido estos animales, en caso de estar contagiadas contagien lo menos posible.Se tienen que construir hospitales específicos, en caso de que se convierta en una pandemia.

PRESIDENTE: Tú mismo lo dijiste, hay un 50% de que se contagien, pero hasta entonces todo seguirá igual. Las personas no se enteraran de esta enfermedad coronavirus o como se llame, hasta entonces solo tú y yo lo sabremos porque sé que eres muy inteligente, así que, lo que pase tú serás el culpable. Y otra cosa...esta junta jamás se hizo.

DOCTOR JOEL: Pero señor podrían morir más de 10 millones de personas. Este brote es desconocido por lo cual las personas deben de estar lo más atentas a este virus y tener las medidas necesarias para que se eviten los contagios.

PRESIDENTE: sí, pero solo alarmaría más a las personas, así que nadie se enterará de esto, de lo contrario yo mismo te encerraré en la cárcel.

DOCTOR JOEL: pero señor sólo está condenando a los seres humano a crear una pandemia inevitable.

NARRADOR: El presidente no le hizo caso al doctor Joel y a los 9 días se declaró un supuesto caso de coronavirus Covid-19, aunque en realidad no le hicieron caso y las personas lo tomaron como una enfermedad que no puede matar a las personas, pero las siguiente semanas se empezaron a producir.

Hubo más casos de Covid-19, aunque a los casos los pusieron en un hospital junto a más personas con alguna enfermedad o algún otro padecimiento.

La primer muerte de Covid-19 fue una niña de 7 años de edad.

PRESIDENTE: por favor ayúdenos mi hija de 7 años acaba de morir de Covid-19 ayúdeme para que más gente no muera.

DOCTOR JOEL: No puedo hacer mucho, suponiendo que a la ciudad no la puso en cuarentena. Más de una persona ya está esparciendo el Covid-19 en otras ciudades, pero trataré de hacer lo posible para que no muera la población. Le pido que protejan a mi familia en un lugar seguro.

PRESIDENTE: Sí, le pido una disculpa por no haber hecho caso a sus recomendaciones.

DOCTOR JOEL: Es muy tarde para las disculpas, ahora debemos de separar a las personas enfermas de las que no lo están, para evitar más contagios en el hospital. Para eso le pido que se construyan más hospitales para mantener a las personas en cuarentena obligatoria; necesitaré un laboratorio con doctores especializados en el cuerpo humano, para poder crear una cura o un remedio que ayude a las personas contagiadas del mundo y necesito a un colega que se llama Tomás.

PRESIDENTE: Sí tendrás todo, pero el doctor Tomás Javier Hernández falleció por el Covid-19 hace 3 días, en la ciudad- playa en una junta de la protección contra las especies en peligro de extinción

DOCTOR JOEL: Sí, solo necesito algo del laboratorio de mi casa, aunque dudo que me dejen salir de aquí.

NARRADOR: El doctor Joel se dirige a su casa. En lo que iba llegando, le llamó a su esposa para que se preparara con lo necesario para llevarla a un lugar seguro en un bunker lejos de ahí.

RENATA: Vamos mi amor, recoge tus juguetes y ponlos en una mochila para irnos de viaje a un lugar lejos de aquí y lleva muchos juegos de mesa, para convivir más a dónde iremos.

BELA: Ya mamá ahora qué haremos ¿por qué papá no está? ¿En dónde está papá? Mamá, espera me faltó el señor abrazos, lo dejé en mi cama.

RENATA: ¿Lista Bela? tendremos que ponernos unas máscaras para prevenir todo. Hijita por favor no te la quites mi niña por favor.

BELA: Mamá ¿por qué no hay ninguna persona en las calles?

RENATA: No te preocupes por eso, solo hay que entrar al carro e ir a la casa con papá.

BELA: ¿Papá está en el carro? ¡¡¡¡¡siiiiiiii!!!!!

RENATA: Listo Joel, ¿a dónde hay que ir? me hablaste de un búnker.

NARRADOR: Joel llevó a su familia al bunker y les dijo que dentro de unos cuantos meses él o una persona vendrían por ellas. Les había dejado comida para 3 años y como para diez personas, y Joel se dirigió a los hospitales para seguir con la investigación.

DOCTOR JOEL:  Listo presidente, ya llevé a mi familia al bunker y traje una muestra del animal que provoca esta enfermedad, necesitaré aproximadamente 2 meses o más de 5 meses para encontrar una cura que posiblemente funcione en las personas con esta enfermedad

PRESIDENTE: Si necesita algo solo llame, mientras estaré tratando de cerrar los aeropuertos y las fronteras

DOCTOR JOEL: Pensándolo bien necesitaré una muestra de pacientes con el virus y soldados que estén en cada puerta para prevenir que no escapen de sus cuartos, claro con máscara antigás y si no fuera mucho, con armas

NARRADOR: 4 días después un barco zarpó, y regresó 10 días más tarde y traía consigo a 191 personas contagiadas de 195 y el presidente no dejó pasar a las personas y el barco se considera en cuarentena. Ninguna persona puede subir ni bajar,y el covid- 19,  como le pusieron había cobrado más de 7 mil muertes en todo el mundo y los países no saben qué hacer con las personas; más de 200 cuerpos fueron llevados y quemados en diferentes países pero el doctor Joel hace lo que puede, pero como ya lleva mucho tiempo en ese lugar, ha conocido a muchos pacientes y doctores que trabajan con él.

DOCTOR JOEL: Mis compañeros han sido encerrados por haberse contagiado del virus, pero no tardan en decirme a mí que me encerrarán, por eso trato de tener el menos contacto con las personas, por lo mismo de que al ser un virus respiratorio, puede ser aéreo y el mundo tardaría más en encontrar una cura para que menos personas mueran.

NARRADOR: El doctor Joel empezó a tener los síntomas de esta enfermedad, aunque no le quería decir a nadie, porque si no encontrara ninguna cura, no podría ver a su familia, por lo que le pidió a una doctora de la que se había vuelto su amiga, que si moría le dijeran que lo perdonara, porque no pudo encontrar la cura. 

DOCTORA LIN: No te preocupes. Pero si eso llegase a pasar, cuenta con mi palabra para decirle a tu familia

DOCTOR JOEL: gracias por tu apoyo doctora Lin te lo agradezco mucho, por todo, porque si muero o si me encierran en un cuarto, promete que les dirás que me vengan a visitar todos los días. Si es que sobrevivo te pido que les digas que los quiero mucho.

DOCTORA LIN: Claro que sí les diré lo que quieras. Haría lo que fuera por una persona que da su vida por la salud humana.

NARRADOR: Los soldados del hospital habían visto los síntomas en el doctor y no dudaron en encerrarlo en un cuarto, en el cuarto número 333, en el cual casi nadie, ni ningún soldado había estado, pero solo había 5 personas en estos últimos cuartos, porque solo habían 340 con más de 1478 pacientes y más de mil personas muertas.

DOCTOR JOEL: Hay alguien ahí ayuda por favor solo quiero ver a mi familia por favor solo quiero verlos una última vez, solo llámenos Lin por favor ayúdame por una video llamada déjenme verlos presidente solo llamen al presidente solo quiero ver a mi hija y a mi esposa por favor.

PRESIDENTE: Solo será la última vez que los veas, no podré hacer más por la persona que me ayudó a prevenir más muertes, como la de mi familia y otras familias, yo siempre te aprecié mi amigo Joel.

DOCTOR JOEL: Muchas gracias mi mejor amigo, te lo agradezco demasiado, por todo lo que me has apoyado y apreciaré tu regalo, ojalá así seas toda tu vida y vivas con que tú te convertiste en una buena persona.

NARRADOR: La familia del doctor Joel fue traída al hospital para despedirse de él, pero Renata no sabía cómo explicarle a su hija que su padre estaba muriendo

RENATA: Bela tendremos que ir al hospital para ver a papá porque no lo podremos volver a ver

BELA: Mamá ¿por qué no lo podremos volver a ver?

RENATA: Porque está enfermo y tendrá que pasar mucho tiempo en el hospital

DOCTOR JOEL: Hola hija, hola Renata como han estado

RENATA: Nosotros bien y tú ¿cómo has estado, porque no has ido con nosotros?

DOCTOR JOEL: Estoy muy mal, por lo que no podré ir con ustedes. Pero solo quería que vinieran para despedirme de ustedes una última vez

NARRADOR: Joel murió, pero 4 meses después encontraron la cura y todas las personas se curaron poco a poco en el mundo, por eso el doctor Joel será recordado como unas de las personas que aportó su vida a encontrar una cura para evitar más muertes, pero su hija tiene que contarnos algo.

BELA: Mi padre me enseñó que las personas son más importantes que tu vida, porque si una persona está en peligro de muerte puedes dejarla morir o evitar que muera y podrías salvar al próximo Albert Einstein, o el próximo Tesla, Leonardo Da Vinci o el mismo Stephen Hawking, por eso son importantes las personas. Por supuesto yo estudiaré: biología, mecatrónica y me dedicaré a buscar cosas que mejoren a los seres vivos y ayuden a las personas a que tengan un mejor futuro.
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La cuarentena de los Sánchez

Cuento escrito e ilustrado por Belehem Sánchez Santiago
Advertimos a los lectores que en este primer tomo no abordaremos toda la cuarentena (40 días), pero en el próximo tal vez…

Esta es la historia de los días de cuarentena de una familia citadina. Acompaña a los Sánchez en sus súper aventuras descubriendo nuevos mundos y capacidades que nadie podrá imaginar.

A continuación, te presentamos a los integrantes de esta interesante familia con tarjetas de personajes:

NOMBRE: Ellen 
EDAD:6 años 
ESTATURA: 1.10m 
PERSONALIDAD: activa, extrovertida 
CUMPLEAÑOS: 23 de julio COLOR FAVORITO: rojo/rosa 
COMIDA FAVORITA: zacahuil/tamal 
MIEDO: IT (payaso) 

NOMBRE: Samuil
EDAD:8 años
ESTATURA: 1.20m
PERSONALIDAD: creativo, juguetón
CUMPLEAÑOS: 10 de enero
COLOR FAVORITO: azul
COMIDA FAVORITA: espagueti
MIEDO: nada (según él)
NOMBRE: Mara
EDAD:38 años
ESTATURA: 1.62m
PERSONALIDAD: perfeccionista, juguetona

Mara y Jean (mamá y papá)
Ellen, Samuil y Bethlehem (hijos)
NOMBRE: Bethlehem
EDAD:13 años ESTATURA: 1.49m
PERSONALIDAD: dedicada, estudiosa, seria
CUMPLEAÑOS: 8 de febrero
COLOR FAVORITO: rosa
COMIDA FAVORITA: No tengo
MIEDO: las alturas, reprobar, películas de terror


NOMBRE: Jean
EDAD:40 años
ESTATURA: 1.60m
PERSONALIDAD: trabajador, responsable, cariñoso
CUMPLEAÑOS: 19 de septiembre
COLOR FAVORITO: rojo
COMIDA FAVORITA: Antojitos mexicanos
MIEDO: ¿?


Día 1 – Un nuevo comienzo

Samuil (7:30 am): - ¡Mamá! Se nos hace tarde para la escuela, no hice mi tarea…

Mara: - Ya Samuil, deja de gritar. Hoy inicia la cuarentena, ¿recuerdas?

Ellen: -Si Samuil, mejor ven al patio conmigo, ¿vienes Bethlehem?

Bethlehem: -Más al rato los alcanzo, ya les había dicho que tenía que escribir un cuento para la materia de español, muchas actividades de TapLearning y aparte, videollamadas con el profe de inglés.

Ellen: -Ok, suerte…oye Samuil, creo que Bethlehem no vendrá.

Samuil: -Ni me lo digas, le están encargando un montón de tarea y apenas va iniciando la cuarentena.

Un poco más tarde, Samuil y Ellen desenterraron algo en el patio… ¡Un cofre! No era un cofre normal, no era ese típico cofre de piratas lleno de joyas y dinero (qué aburrido) ¡No! era un cofre del planeta Shurbia; le hablaron a Bethlehem y los 3 tardaron horas en sacarlo del agujero y meterlo a la casa.


Día 2 – El cofre en el olvido

Jean (6:30 am): - ¡Qué rayos es esto!

Mara: -Jean, no grites…es muy temprano, eso lo encontraron los niños ayer en el patio. Dijeron que es del planeta Shubra, Shurbo… ¡Algo así!

Jean: -Ok Mara, que jueguen en su cuarto, las recomendaciones por el CEDIT-19 (COVID-19 en realidad) son quedarse en casa.

Mara: -Ok Jean, que tengas un buen día en tu trabajo. No olvides tu cubrebocas, usar gel antibacterial y tu lonche… ¡Si se te vuelve a olvidar, no te lo voy a llevar!

Los niños se levantaron y Mara les preparó el desayuno.

Mara: -Iré a hacer el mandado, se van a quedar en casa haciendo tarea y Bethlehem se quedará a cargo…

Samuil: - ¡Pero mamá, hoy íbamos a abrir el cofre!

Ellen: - ¡Si mamá! Además, nuestras tareas se entregan dentro de ¡39 días!


Mara: -Nada de peros. Bethlehem, vigila que tus hermanos hagan sus tareas.

Bethlehem: -Si mamá, sólo diles a mis hermanos que me dejen hacer la videollamada de inglés en silencio.

Mara: - ¡Oyeron a su hermana!... Bethlehem, vuelvo enseguida, TQM.

Y así fue, una jornada agotadora para todos los Sánchez y un día triste para los más pequeños, que ansiaban abrir su cofre misterioso.


Día 3 – Casi de película

Este día no inició diferente a los demás (como todos los días, Jean salió a trabajar y Mara regresó a la cama), pero lo que lo hizo semejante a una película es lo que pasó en el cuarto de Samuil y Ellen por la mañana…

Ellen (8:00am): -Samuil, levántate.

Samuil: ¡Que pasó Ellen! ¿Ya viste la hora?

Ellen: -Vamos a abrir el cofre, ya quiero ver lo que tiene dentro.

Samuil: -Está bien, pero hay que decirle a Bethlehem que nos ayude…

Ellen: -Si, antes de que comiencen sus clases

Con gritos y jaloneos, lograron sacar a Bethlehem de su cama… con muy mal humor, hay que precisar, pero a sus hermanos va a ayudar.

Bethlehem: -Si, esto es muy raro… ¿Dónde dicen que lo encontraron?

Samuil y Ellen: -En el patio

Bethlehem: - ¡Esto podría probar que sí hay vida en otros planetas! ¡Y que los extraterrestres son reales!

Ellen: - Bethlehem, nosotros necesitamos que abras el cofre para ver qué hay dentro… ¿Nos ayudas?

Entre los 3, abrieron el cofre… Dentro, había artefactos raros, en su mayoría rocas de colores.

También encontraron un libro que decía “Manual de las rocas prodigiosas de Shurbia”.

Comenzaron a leerlo y se dieron cuenta de que, raramente ¡estaba en español!

Ese día, decidieron probar el poder de una roca morada…

Según el manual, se llamaba Precorius Tellom y te daba el poder de escalar paredes.
Lo único que debías hacer, es frotarla en la suela de tus zapatos y en la palma de tus manos para que se adhiriera en la pared.

Samuil: - Hay que esperar a papá para escalar la casa todos juntos.

Ellen: -Sí, pero hay que decirle a mamá y hacer una prueba.

Bethlehem: -Ellen tiene razón, no vaya a ser que alguien nos esté estafando, o que si venga del planeta Shurbia y los aliens nos estafen.

Y así sucedió, fueron por su madre e hicieron una prueba con la misteriosa roca extranjera. Y Mara, ¡escaló la pared de su casa sin ninguna ayuda!

Cuando Jean llegó de trabajar, le contaron del manual y de su prueba con la roca.

Samuil: -Entonces ¿podemos escalar todos juntos?

Jean: -Claro, porqué no

Y así fue como un día que pintaba inicios de uno cualquiera, marcó el inicio de una cuarentena de lo más inusual.

CONTINUARÁ…
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Malo Vitae

Cuento escrito por Cristian Martínez Mordano. 
¿Así no fue cómo?... ¿cómo pasó?, esas eran las preguntas que rondaban como meras vagabundas paseándose por el laberinto llamado mente, desde hace ya algunos días en mi ‘‘estancia indefinida en mi hogar’’.

Palabras sabias del gobierno, lo cual yo traduzco como encarcelamiento disfrazado de estancia en nuestro hogar, o mejor dicho una mera cárcel hundida en un interminable infierno.

Cada grito, cada lágrima, cada arranque de enojo, cada pensamiento desastroso era una llama que calentaba más mi alrededor.

Me sentía perdida, mi laberinto, mi sofá, mi playlist afectada por el enojo y mis pensamientos, eran  mis mejores amigos en estas circunstancias, pues me había hartado de ver la televisión y de revisar mi Whatsaap o Instagram, para ver qué había de nuevo; siempre era lo mismo, memes, conversaciones, imágenes, reportajes, noticias, series, todo hablaba de esa maldita enfermedad que nos puso en esta horrible cuarentena ¡¡Covid- 19¡¡ ¡¡Covid- 19¡¡ !!Covid- 19¡¡, ya me había hartado ese nombre, llegando al límite de desactivar mis notificaciones del celular, querer estrellarlo contra la pared y luego detenerme pensando en última hora, las consecuencias. La televisión no quedó fuera. La desconecté y quise guardarla en el ático pero mi padre no me dejó.

La mañana era fría, con lluvia fuerte. Estaba sentada en aquella mesa de cristal despojada de su orden por acción de utensilios de cocina, sartenes, cucharas, vasos de cristal, platos  regados y acumulados  enfrente de mi vista. Al otro extremo donde yo estaba, al lado  de aquella ventana que le daba a mis ojos la oportunidad de admirar el jardín. La mesa  también era el  camino de las gotas de lluvia que se deslizaban bruscamente sobre su superficie y así regar el pasto inundado de agua, convertido en una laguna; las dos cosas intensificaban la sensación del clima en mi alrededor. La mesa estaba hecha un bloque de hielo que convertían mis dedos en estatuas al momento de tocar el cristal; la ventana hacía mayor el ruido de las gotas de lluvia que me taladraban los oídos, casi reventándome el tímpano.

Lo único que apaciguaba esas molestas sensaciones era la degustación de mi boca al momento de saborear mi café caliente y ver a lado mío un lapicero y mi cuaderno, los cuales había considerado que podrían ser mis leales compañeros durante los siguientes días. Lo tomé en cuenta durante unos momentos clavándoles una mirada fija, pero serena. Mi razonamiento lo aceptó y lo llevó a la práctica. Mi mano comenzó a redactar, y mi pluma con las palabras escritas ‘‘Eres genial’’ en letras coloridas, regalada por mi mejor amiga Susan el día de mi cumpleaños, se movía como ráfaga por el papel soltando la tinta y dando vida a mis primeras palabras e ideas.

Continuaba escribiendo, cuando de repente  sentí a alguien atrás de mis espaldas, como un mirón tratando de espiar lo que hacía, asomándose arriba de mi cabeza, y en el acto, tocando ligeramente mis cabellos rojizos advirtiéndome certeramente de su presencia. Volteando velozmente, me di cuenta que era mi madre Alicia. Entre brazos cruzados, una postura erguida de un general y sus ojos en dirección hacia abajo, dándome una mirada fulminante que haría retorcerse por dentro a cualquiera y decir miles de palabras en un instante. Sus ojos cafés oscuros me miraban con seriedad y con cierta rareza. Su cara expresaba duda como si me preguntara de una forma de  regaño !!¿qué haces niña? ¡¡De una forma súbita, haciéndome sentir como una extraña, no intercambiamos ninguna palabra, pero la verdad me dijo mucho, me dijo que no era Ana Frank perseguida y aterrorizada por los nazis  al borde de la muerte para hacer un diario, y tampoco era Shakespeare confeccionando una obra maestra para crear una historia o un libro de amor juvenil  que tratara de mi vida, y que tuviera  como  escenario principal mi escuela, que la antagonista fuera la chica que odio y como protagonista el chico que me gusta de música. 

Todos esos pensamientos llevaron que mi lapicero y mi cuaderno fueran tristemente guardados con un poco más de un párrafo escritos entre sus hojas, llevándome a leerlas una última vez y después perderlo en alguna parte de mi armario teniendo conciencia que nunca los encontraría. Esto decía:

"Hoy es miércoles 20 de junio de 2020, otro día más custodiada en manos de la cuarentena en mi hogar. Mientras redacto estas líneas, el mundo sigue teniendo problemas, siguen enfermándose, incluso los ángeles guardianes de nuestra salud, las enfermeras, se enferman, los doctores padecen; el mundo está cayendo en las tinieblas, y yo sigo aquí sin poder hacer nada, sin poder regresar a mi vida alocada pero normal".

Analizando mis palabras y parada enfrente del armario, me sentí como una niña de kínder en la escuela, sentada en el pupitre mirando hacia la puerta y luego la entrada de la maestra celebrada a coro por aquellos niños pequeños con un “Buenos días maestra” - ¿Qué día es hoy niños?- con el tono dulce y alegre de siempre-. Hoy es lunes 21 de marzo del ¿2011? -.  Después de haber finalizado mi fantasía y ya con una sonrisa y una expresión más alegre marcada en mi cara, la libreta y el lapicero fueron guardados y sentenciados a quedarse ahí por una eternidad. Después del cierre brusco de mi armario, se tambaleó,  provocando la caída de una caja vieja llena de zapatos, caracterizada especialmente por el tiempo; a los costados o como su parte posterior, estaban adornadas de capas acumuladas de polvo que hacía parecer que había resistido una tormenta de arena. 

Al costado derecho estaba pintada de un café ocre oscuro y espaciándole el polvo me di cuenta de los árboles; eran árboles, era  un  camino amarillento que cruzaba un bosque en estación otoño pintados con sutiles ramas, los troncos de los árboles era el café ocre oscuro que alcancé a ver primero,  y entre más altura cobraba el árbol, el color se transformaba en un café amarillento entre sus ramas y sus hojas eran de un café anaranjado claro. Las hojas caen lentamente hasta el suelo, que parecían estar bailando, dándole felicidad al paisaje y al camino, situándose a sus  lados. 

Al costado izquierdo de la caja perduraba la estación de invierno, firmemente estaba puesto un muñeco de nieve de blanco, casi angelical y divino, vestido como es debido digno de un caballero; con un sobrero de popa, un anteojo y una bufanda, atrás de unas cubiertas de colores rojizos, luces y adornos navideños, un poco más cerca de él, pero a sus espaldas una guerra de nieve entre dos grupos de niños divirtiéndose. En la parte de enfrente, estaba la primavera. Un campo enorme lleno de flores de distintos matices. Pero algo era seguro, todos eran alegres. La pintura se centraba en una flor amarillenta, frágil, con una mariposa posada levemente sobre ella. Y en la parte de atrás estaba el verano. El sol resplandecía como un dios imponente sobre la playa. Las aguas eran azules claros y bellos, como ninguno.

Representaban las estaciones del año en su interior, situaban fotos escondidas que nunca había visto, alguna muy normales con mi familia, otras un tanto desconocidas pero hubo una que llamó en especial, era un hombre con una bata de laboratorio de doctor a lado de  mi padre sonriendo y con una cara de buenos y viejos amigos, abrazados juntos sonrientes, lo cual era peculiar aun con la idea que mi padre era amigo o conocía mucha gente y tenía mucho colegas., pero el hombre con el que estaba en la foto era un poco peculiar. Nunca lo había visto o había escuchado sobre él o su nombre.

De repente oí bajar a alguien de las escaleras. Era mi papá. De una manera instantánea como un relámpago, guardé bajo el sofá la caja, quedando invisible a los ojos de mis padres y mi hermana. - ¿Claudia quieres venir?- de una forma alegre y entusiasta  -  ¿a qué?-  respondí, de una manera  fría, ocultando mi curiosidad  - Al supermercado — mis ojos se levantaron de una forma tan alegre que se pusieron redondos como botella, lo cual alegró a mi papá. Cualquiera diría que es aburrido ir al supermercado, pero en estas circunstancias es como ir a la feria. Quería salir, cualquier cosa era mejor que estar encerrada en las  cuatro paredes. Miré por la ventana y sin darme cuenta, la lluvia había cesado un poco, pero el clima no era tan cálido. Agarré mi abrigo, unas botas de  lluvia y mi sombrero. Me bastaron para salir disparada por la puerta. Mi padre sugirió  de forma silenciosa, la ida en auto, pero decidí ir a pie. Me servía de mucho y él casi dando un suspiro a mi decisión, no hizo más que seguirme la corriente y caminar junto a mí. Bueno, entre saltos y brincos junto mi hermanita. Elia, mi pequeña hermana, iba admirando el paisaje. Llegamos al centro y mi energía desapareció. Dos palabras describían todo el escenario: frío y escalofriante. Era un horror. Miraba alrededor dando vueltas. 

Las tiendas estaban vandalizadas, los vidrios estaban hechos un total desastre, rotos en  miles de pedazos y esparcidos entre el suelo. Las tiendas, las paredes eran decoradas por grafitis y obscenidades. Se veía en un el cruce de una calle, en dirección a la escuela, la basura. Ésta rondaba por las calles y una que otra basurilla se te atravesaba por el camino como una paja en el viejo oeste.

Los vidrios de los edificios más altos, estaban empolvados, los que los hacía que no pudieras ver ni un solo reflejo. Estábamos en el centro y de repente imaginé a miles de personas caminado en su vidas locas y presurosas; llamando unas cuantos,  con el teléfono en una mano, el maletín en otra y corriendo presurosamente al trabajo, hablando estresados; otras felices, otras enamoradas, y otras viviendo el mundo simplemente con normalidad.

Veía a una multitud caminando, que me arrastraría y tiraría al suelo, pisándome. Salí de mi sueño, estaba estupefacta mirando alrededor sorprendida de lo que pasaba. Nueva york no era el mismo. El césped y los árboles, así como lotes baldíos, habían sido tomados por la naturaleza. La yerba los había consumido. Los vagabundos seguían ahí, eran los únicas personas que seguían con su vida de rutina; vi a uno en uno banca acostado entre periódicos y sábanas viejas. Era igual a todos; llevaba un gorro en la cabeza, tejido a mano de distintos colores, cuya intensidad había sido arrebatada por el tiempo y maltratos de las noches al aire libre, unos pantalones de mezclilla rotos de las rodillas para abajo, un abrigo tipo detective de las viejas películas,color marrón y unos tenis blancos. Al parecer, aquel vagabundo era nuestra compañía. Los autos habían sido robados, ponchados e incinerados, el que más dolió ver fue un Mustang 69 aniquilado por el fuego, la lluvia y el sol durante todo este tiempO. Era uno de mis modelos favoritos, era una amante pródiga de los autos y las carreras.

Aquel paisaje, incluso robaba la belleza de mi hermana, sus rizos dorados y alegría sin igual eran apaciguados por la tristeza. Después de quedarme como una estatua de piedra por la calle, mi papá me jaló el brazo, despertándome y poniéndome al día, caminamos rápido hacia la tienda. Por mucho que estar al aire libre fuera buena idea, en este momento lo mejor es estar adentro, lo cual  me genera un poco de frustración. Es una verdad amarga. Así, así corriendo, papá nos llevó hasta al supermercado llevándome  más de prisa por aquel desastre hacia al supermercado o tal vez lo que quedaba. En teoría sabíamos el desastre de las otras tiendas, así que seguimos  nuestro camino y mi paseo más o menos feliz se volvió una carrera sin algún sentido. Pasamos de caminar rápido a correr sin algún sentido aparente y mientras más corría me daba cuenta que nuestro destino parecía estar aún más lejos. Me dije en mi cabeza- ¿hubiera sido mejor venir en auto?-  Me estaba agitando. Producto de la falta de ejercicio. Dejé de ir a mis entrenamientos de  voleibol. Seguíamos corriendo y pasábamos edificio tras edificio, agarrada del brazo izquierdo a toda velocidad y mirando hacia atrás, los edificios se esfumaban como si viajara en el tiempo y mi cabellos se alzaban en el aire entre más corría.

De repente mi papá se detuvo haciendo que yo frenare de forma brusca como un auto de la Fórmula 1, que pasa una curva cerrada e intenta rebasar a su contrincante. Quedé totalmente despeinada,  con los cabellos totalmente embarañados, mi cara asustada y enojada a la vez, con mi papá. Tomé un descanso. Estaba totalmente cansada. Tenía los brazos en mis rodillas, la cabeza abajo y mi corazón latiendo a mil por hora,  y mi cabello cubriéndome la cabeza, viendo al suelo sin sentido alguno. Con una respiración más, más o menos tranquila, levanté la mirada aun sofocada y ahí estaba el supermercado custodiado por los militares, dando razón de la frustración del gobierno por el aprovechamiento.

Antes de entrar, un hombre alto, de color negro se nos puso por delante con los brazos cruzados atrás de la espalda, poniendo la mejor posición de imponernos un cubre bocas, pero sentimos intimidarnos. Nos tomó la temperatura con un aparato dirigiéndose a la frente y nos esparció gel antibacterial. Pasamos y la puerta nos lanzó un polvo blanco que se esparció por toda mi vestimenta y en mi  cabello. Me sentí a la entrada de un laboratorio secreto que guardaba un Gran secreto y todo tenía que estar desinfectado a la perfección. Mi imaginación empezó a funcionar. Esa imaginación de una niña pequeña. Pero sin  olvidar que el ambiente era desolado. Solo había unas cuantas personas que estaban dispersas por varias secciones del supermercado y parecía un laberinto sin salida. Mi hermana Alia estaba en espera de lo que ordenara mi papá, mientras, yo deambulaba por allí, bailando, chiflando y cantando. Llamé la atención de algunas miradas curiosas que me observaron detenidamente. Algunas con cara de- ¿qué te pasa niña?- Todos estaban sin decir alguna palabra lo cual hacía seco el ambiente que hasta podría asegurar que mis pasos y chiflidos resonaban como el eco tan fuerte que se esparcía por toda la tienda.

Sin alguna explicación, mi ánimo empezó a  decaer. Tenía algo de justificación. El aire se sentía pesado y con tan solo respirarlo, el alma para una persona como yo se tiñería de negro. Las caras era sufribles de cada personas que veía. Poco a poco mis chiflidos se fueron haciendo más lentos y más lentos hasta al punto de sentir una canción de consuelo, nostálgica y terrorífica. Pero logra captar mi atención un señor de mayor edad con ojeras  griscientas y horribles que le adornaban abajo de los ojos como luces de navidad reflejadas en las ventanas; tenía el cabello blanco. Iba caminando. Su mano estaba aferrado a un bastón como si fuera un gran y viejo amigo. Sus ojos estaban decaídos y sus lentes reflejaban apenas la luz. Iba caminando por el pasillo con unos víveres. Me sorprendió verlo sin ningún acompañante, pues los ancianos son de los grupos más vulnerables. A pesar del cansancio, no mostraba ningún síntoma de malestar respiratorio. Mi papá me llamó y fui balanceándome alzando la cabeza   y girando en círculos hasta llegar a él.

Nos íbamos, teníamos que irnos. Sentí como si mi hermana o yo íbamos a hacer un berrinche, pero se quedó en nuestra conciencia y no lo hicimos. Pagamos todo y salimos. Mii papá otra vez parecía calentar motores para arrancar a correr. Cuando un hombre tal vez igual de loco o más que nosotros, llegó y de repente abrazó  a mi padre de una manera tan pragmática, casi suplicándole algo. El hombre no movió los labios, pero sentí como que pedía a gritos ayuda.

Acto seguido, tosió unas cuantas veces y  se desplomó enfrente de nuestros ojos. Cayó enfrente de las narices de mi papá, lo cual hizo que militares, empleados y los clientes lo rodearan en cuestión de segundo. Sin darnos cuenta, mi papá nos jaló de la mano. Nadie se dio cuenta de su ida, tal vez se quería ahorrar un interrogatorio o comentarios, algo por el estilo. Después de esa puerta, no salimos disparados hacia la casa en un carrera veloz, en lugar de eso, que por cierto habría odiado, fuimos caminando presurosamente. Al menos era mejor que la carrera. Unos pasos acelerados eran más calmados y menos fatigantes. Lo único desconcertante en el camino, era mi papá parecía como si hubiera visto un fantasma; estaba pálido y me miró. Vi algo raro en sus ojos. Angustia. Tenía la mano helada  y sudaba frío. Parecía que rebobinaba una  y otra vez lo que había pasado como una película y nunca terminaba la función. Llegamos tarde a la casa. Se nos hizo más tardado el último viaje, pero fue más calmado. Mi mamá nos recibió casi como de costumbre, porque ahora era saludar con el pie, con dos brincos y un codazo. Pero mi papá no participó. Se subió en silencio y muy rápido al segundo piso. Mi madre me miró con cara de extraños y subió a acompañarlo. Era de noche, la luna llena estaba en la misma mesa sentada con un café dándole vueltas al asunto. Mi hermana, mientras tanto, ella jugaba con un rompecabezas -¿quieres jugar Clau? Es divertido -No- aseguré yo firmemente. Ella frunció el ceño, se enojó conmigo pero por lo menos me dejó de molestar. Estaba pegada a la ventana y viendo la luna. Era hermosa, se alzaba como reina por el cielo. Iluminaba a todas la almas y le daba un espectáculo, incluyéndome el reflejo que me tocaba suavemente la cara. Traspasaba la ventana y parecía que acariciaba. Mi ojos centelleaban al compás del brillo. Mientras tanto, seguía y seguía mi mente buscando ideas; explotaría, pero mi creatividad volaba, saqué conclusiones, preguntas, a todas les daba oportunidad en mi cabeza, por muy locas o disparatadas que fueran. 

Desde que era un “agente” que quería ver a mi padre  hasta un simple loco enfermo, ¿enfermo? ¡enfermo! Salí disparada. Estaba infectado por el virus. Mi padre tuvo contacto con una persona infectada. Sentí como miles de ondas llamadas escalofríos; pasaban por mi cuerpo lentamente y sudaba frío. Recordé todas las advertencias de todos los días que pasaba el Gobierno en  la televisión y en todos los medios. Anunciaban miles de cosas y resonaban por mi mente. ¡Corre, corre, dile, dile! así como recordé los anuncios,yo pasé a toda velocidad por el pasillo y el segundo piso, para llegar a la recámara de mis padres. Traté de abrirla. Forcejee la puerta de la manera más silenciosa posible, tenía ganas de gritarles, timbrar la puerta y decir todo; tocar y tocar la puerta como una desesperada a punto de colapsar de frustración y enojo, pero me detuve, no sé cómo, ni porqué me detuve , pero sentí como un fuego en mi interior. 

De repente cesó ese fuego, se apagó lentamente haciendo que me deslizara poco a poco por las pared hasta caer al suelo, casi hundida en llanto. Sabía todas las cosas que podía llevar el coronavirus Covi-19: fibrosis, neumonía, en el peor de los casos, la muerte. Me estaba imaginando el peor de los casos posibles. Si aquel señor estaba infectado del coronavirus Covid-19… mi subconsciente decía definitivamente que sí pero mi consciente decía que no, aferrándose a la idea de “todo va estar bien, no va pasar nada malo”. Me estaba engañado a mí misma sin ninguna  razón aparente.Sí, mi padre tal vez había sido infectado por coronavirus Covid-19  y tendría riesgos de morir.

 Me fui a la cama sin poder cerrar un solo ojo por la  angustia. Con todo lo que había pasado, me encontraba mirando el techo en blanco sin ponerle atención, solamente era un fondo para mis fantasías e ideas locas. Me hice a un lado, tomé mi celular para revisar la hora y la luz del brillo iluminó toda la habitación haciendo que me ardieran los ojos, agarrándomelos con un dolor y ardor tremendo, dejando caer el celular y solo escuchar un sonido que te advierte de una posible ruptura de la pantalla. Enredarte con la sábana y saber que son más de las cuatro de la mañana. Es todo lo que procesas antes de quedarte dormida como una roca en la cama y sin saber si te vas a levantar en la mañana o hasta la tarde noche. Aun así seguía planeando cómo iba iniciar la conversación con mi padre, qué le diría, lo llevaría a la sala y tendríamos una plática hija-padre. “Tal vez, papá no quiere hablar contigo”. Me imaginaba el momento perfecto donde lo pescara y tendría que darme un tiempo. Me diría solo en 5 minutos de una forma severa contándome el tiempo casi mirando su reloj de muñeca y al final terminarlos con más de una hora en una charla. Mi mamá se sentaría con nosotros. Beberíamos un café y cuando sacara el tema, tal vez me tomarían como una loca. Finalmente conseguí dormirme sin algo más en la cabeza.

“Ta ta ta” fue el sonido que me despertó. Eran los picoteos que se repetían una y otra vez en mi ventana. El día era como el otro, continuaba  nublado, pero era temprano y el pájaro le hacía juego perfectamente  al tiempo. Era de un color negro-claro. Después de haberme despertado se quedó mirándome, escanéandome. Como un robot, de una manera perfecta y simétrica vi sus ojos pasar por cada zona de mi cuerpo, observando cada detalle de mí. Después de unos unos 3 o 2 minutos que intercambiamos miradas, se fue sin nada más que decir un picoteo o una chillido; al  final de cuentas, había logrado su labor,despertarme. Era muy temprano para mí. Miré más de cerca por la ventana y el sol apenas estaba iluminando el cielo. Subía poco a poco lanzando los primeros rayos de luz, las nubes al compás ser aclaraban y parecía que iba ser un día soleado después de todo. Me puse unas pantuflas. Agarré mi toalla y fui al baño. Imaginé que todos estaban dormidos. No se oía ningún ruido en toda la casa, ni siquiera mi hermana Elia, que siempre se levanta temprano y empieza a jugar, brinca y salta por toda la casa o pone la música a todo volumen  y nos despierta a todos. Tampoco tenía que hacer las grandes filas de siempre, ni escuchar a mi mamá cantar en la ducha por horas.

Me di una ducha pensando que tenía tiempo para hacer tal vez un guión de las cosas que podía decir. Guardarlo en pequeña notas bajo la manga, cuando el momento se pusiera incómodo. El agua me despertó totalmente. Estaba helada y sentía que los pies se congelaban en un instante. El pequeño espacio del baño se había convertido en un congelador casero. Tardé lo menos posible en ducharme, si no quedaría hecha un bloque de hielo. Salí enredada en mi toalla y corrí lo más rápido posible a mi cuarto. Me vestí y me asomé por la ventana, qué pasaba en el mundo. Seguía desolado o casi desolado. Solo estaban unos militares cuidando que no saliéramos. Me desplomé de espaldas hacia la cama, lancé un suspiro y ahora como una espía, me asomé por la puerta para observar si había rastros de vida. Después de unos segundos, la puerta a mi derecha se abrió y justamente era las de mis padres. Era mi padre pero no lo quería molestar. Llevaba una pijama como de costumbre y una que otra señal de desvelo o frustración  y con una somnolencia enorme, así que intenté no molestarlo y mis palabras no fueron escuchadas por sus sentido auditivo. Bajé a la cocina y escuché la regadera sonar como un lluvia retumbando entre las paredes y deslizándose hacia el piso de abajo. Levanté la mirada de una manera curiosa y luego volví a mis labores. Tomé un cereal y un vaso de leche más y lo disfruté lentamente hasta dar la sensación que estaba comiendo en cámara lenta. Haciendo que las hojuelas crujieran y si tuviera acompañante, se alejarían de mí por un ruido tan molesto que yo ni me percataba.

Esperaba y esperaba. Miraba fijamente las escaleras y agudizaba mi oído para escuchar cualquier indicio de que mi papá venía, e incluso llegué a asomarme agachando la mirada, viendo las escaleras hasta el punto de arriba y casi dejando caer mi cereal y ensuciar el piso, cosa que si mi madre hubiera visto, pegaría un grito en el cielo obligándome a limpiarlo lo más rápido posible y mirándome desde arriba con la frente en alto, con la mejor postura de madre severa. Y yo viéndola como una tirana. Pero justamente logré adquirir mi equilibrio. Me harté. Sentí que esperé horas, pero dando seguimiento  la revisión de la hora en mi celular, eran habían pasado solamente algunos minutos. Traté de perder el tiempo. Escuché música, vi las redes sociales, miraba y miraba algunas cosas. Me enojé conmigo misma, hasta que escuché pisadas por las escaleras, era mi papá. Rápidamente lo tomé de la mano y lo llevé a la cocina para platicar con él. Y en aquella discusión (según yo ) sentí que cada palabra y cada idea que mencionaba eran fantasmas para mi papá. Lo noté aburrido y sentí que solamente me estaba viendo a los ojos para dar una falsa impresión de interés pero con ojos vacíos y cara inexpresiva a lo que superficialmente parecía que me ponía atención, que se traducían con un: Ajá, sí, ajá. Esa señal de que le parecía una loca. Ninguna de las advertencias que le dije, las precauciones que tenía, nada lo tomó en cuenta y simplemente se fue a desayunar tranquilamente. No quedaba ningún rastro de aquel hombre preocupado, y entendí que había investigado por sí solo en internet, vagando por las redes y lo calaron peor que a mí. Pero de la manera absurda le llenaron la cabeza de cosas falsas y ahora no me creía nada. Tenía el cerebro totalmente lavado de pensamientos locos y de tonterías. Intenté hablar con mi papá una y otra vez. Hablé con mi mama para que  lo hiciera recapacitar pero” a oídos sordos, palabras necias” fue el dicho que me dijo después de haberme contado su fracaso con la charla de persuasión que también tuvo con mi papá. Llevamos un par de días así con mi papá. Al final nos dimos por vencidas y llevamos la fiesta en paz sin ninguna discusión ni palabras molestas.

Los días transcurrieron y transcurrieron. La vida era la misma. Se cumplieron dos semanas de aquel suceso, y aquella mañana nunca la olvidaré. Me desperté  tarde- Estaba nublado de nuevo y ni siquiera me asomé por la ventana, porque sé que me encontraría con el mismo paisaje. El día transcurrió igual. Me encontraba en la sala jugando con mi hermana después de una larga súplica por parte de ella, cuando vi bajar a mi papá, y el cambio fue drástico. Cargaba unas ojeras que se le marcaban fuertemente en su rostro. Los ojo los tenía ojos de color rojo sangre, esparcido por toda la retina. El cabello lo tenía sin vida. De un color negro, a un color negro grisáceo apagado. Pero la gota que derramó el vaso, fue cuando lo escuché toser. El ruido se me hacía familiar. Era el mismo que había producido el señor que se desplomó en el supermercado. El recuerdo fue tan lúcido y claro como el agua, sin duda alguna, ahí estaba el mismo escalofrío me recorría lentamente otra vez el cuerpo, con mayor intensidad que antes y mi semblante se puso pálido, casi a la par que el de mi papá. Sentí unas gotas de sudor frío recorrerme la frente y bajar lentamente por mi nariz y hacer que mis ojos se abrieran lo máximo posible. Y con eso ojos le di un escaneo a detalle al semblante  de mi padre y sin dudarlo, me di cuenta que estaba hirviendo. Tenía fiebre. No me atreví a tocarlo y sentí algo de nostalgia por eso. Seguí observando cada detalle. Tenía gripe, estornudaba una  otra vez. Pronto descubrí otra característica, el dolor muscular , las piernas las tenía temblorosas y rígidas. Cada vez que movía una extremidad, se quejaba  frunciendo el ceño levemente en su rostro. Todos los puntos se reunieron y pude decir  y gritarle con todas mis fuerzas: ¡te lo dije! una y otra vez hasta que entendiera. En lugar de eso, tomamos las medias. Le dimos un cubre bocas y unos guantes y tuvimos que vencer su obstinación de otra forma, hasta que logramos que entrara al auto. Mi mama hizo una carrera. Las calles estaban totalmente solitarias y podía apretar el acelerador hasta el tope sin miedo a estancarse en el tráfico, causar un accidente y luego ser multada. Mi hermana y yo nos agarramos como si fuéramos a subir a la montaña rusa y mi hermana tenía una expresión de “¿qué está pasando?” desde luego no sabía nada y oía la misma pregunta más de dos veces con su tierna voz. 

A lo lejos vimos el hospital y mi madre vio la luz al final del túnel. Fue bajando poco a poco la velocidad para no dar un freno repentino. Pero de igual manera marcó un frenón en el asfalto que vi después de bajarnos. Una pareja de doctores nos recibió pero no se notó una sorpresa entre sus caras. Era totalmente rutinario para ellos. Nos atendieron amables pero sin ningún tipo de estrés o frustración. Tal vez se lo guardaban. Llevaron a mi padre dentro del hospital y solo podía pasar un acompañante y claro iba a ir mi mamá, pero yo también quería entrar. 

Después de una larga discusión con uno de los médicos, mi tenacidad no fue vencida y me dejaron entrar con las medidas más extremas posibles. Un traje azul, de esos que se veían en las película, unas mascarillas de más de dos capas, una red para la cabeza, unos lentes y unos guantes, toda la vestimenta me hacía ver rechoncha y con una ligera incapacidad de ver claramente. Uno de los médicos me condujo a la puerta y en unos segundo me lamenté haber entrado. 

Todo era un caos, un desastre total y la tristeza prevalecía en los rostros y el sufrimiento te atravesaba el cuerpo. Todo lo que se escuchaba era lastimoso. Lo que más me sorprendió fue aquel anciano que había visto en el supermercado. Se encontraba agonizando, dependiendo de una máquina para respirar, para seguir viviendo. Respirando a duras penas. Y el sonido se repetía, el mismo sonido doliente se escuchaba, esa tos y estornudos que anunciaban la llegada de una invitada, la muerte. La muerte rondaba por ese hospital y tenía mucho trabajo. 

Al parecer es como si acariciara a cada uno de los enfermos y el ambiente se volviera insufrible. De por sí ya era insufrible fallecer de esa forma, sentirte horrible, pasar por todo lo que estás pasando, querer que te tiren un tiro y que esa opción fuera tu pase para ir tranquilo al otro mundo, sería la mejor, pero no sucedía, te quedabas a la espera y  al principio rezabas que sobreviviera  y al final  rezabas para salir de esa situación una de muchas que enfrentaste de alguna u otra forma, curándote o que te apilen en un congelador por no poder darte santa sepultura en ese instante .

Al parecer adiviné los pensamientos de ese pobre viejo y el de muchos más que podía ser su destino, en un futuro no muy lejano. Tirada en un rincón con mi cabeza apoyada en mis brazo juntados en mi piernas, para no demostrar mis lágrimas a las personas y hundirme en un llanto interminable, lo acepté. Acepté qué era lo que estaba pasando. Que esta situación le podía pasar a cualquiera sin importar el género, o estamento en el que te encuentres. Y que eso, no exentaba a mi papá.

Terminar empatizando con el sufrimiento de esas persona que había observado, mi llanto empezó a resonar más, pero nadie se acercó a consolarme,o todos estaban ocupados. Alcé la cabeza levemente y todos los doctores y enfermeras corrían a todos lados haciendo lo que podían - ¡ más rápido tráiganme el medicamento! - gritó un doctor. La enfermera salió corriendo -es solo lo que encontré - dijo al regresar. El doctor frunció el ceño y se lo aplicó. Lo vi todo, cómo minutos después  el aparato que rastreaba sus signos vitales había descendido y había marcado el sonido de un pitido.Por algunos segundos, el doctor se quitó el estetoscopio, dio un pequeño suspiro, le puso la sábana encima y dijo -llévenselo- Tenía la mirada de roca no parecía asustado, pero sí decepcionado. Estas eran circunstancias totalmente normales para él. Y la situación se volvía a repetir con mucha frecuencia. 

Los gritos, la atención, el pitido y la muerte; el grito la atención, el pitido y la muerte; el grito, el pitido, la atención y la muerte... no podía decir con certeza cuántas veces se rebobinó la misma situación, pero sí puedo asegurar que fueran muchas. Eso, junto a aquella tos que te partía el alma si la escuchabas y más si veías al paciente, podían hacer llorar a cualquiera por muy duro que sea. Hasta cierto punto, los doctores y enfermeras seguían eficientes. Seguían en el trabajo intactos, con una mirada de roca y seria. Pero muy en el fondo sus almas estaban llorando y quizá deseaban tirar la toalla, pero no era un opción, sería una ofensa para su profesión y su ocupación que era salvar vidas. 

Quería provocar un aplauso estruendoso con mis palmas para ovacionar a esos héroes sin capa  y que el mundo se uniera para felicitarlos, pero tenía los pies de plomo y estaba frenética. No pude mover ni un solo dedo. Todo el día estuve ahí, sentada llorando y esperando. Me tranquilizaba un poco al  pensar en cosas buenas. Pero, por más que quería evitarlo, otra vez el pitido que anunciaba una muerte más al día, volvía a sonar.

Pasaban rápido, más rápido y a la vez, lentas, las horas. El tiempo no era muy bienvenido en ese lugar. No importaba cómo y en qué tiempo se salvaban vidas. Luego vi que una enfermera colapsó.Tiró todo la instrumentación que tenía. Dejando todo en el suelo, salió corriendo, derramando gotas de lágrimas en su camino. Salió a tomar aire. Nadie fue a consolarla. Teníamos que ser fuertes, íbamos a sobrevivir me decía, pero luego la otra parte de mi mente decía: “claro que no, no es tan fácil como crees, vamos a morir, este es el final”.

Minutos después, mi madre llegó y confirmó lo que más temía. Era cierto, mi padre estaba infectado. Miré a mi alrededor otra vez y me tiré a llorar a mares sin ninguna consolación. Ya era muy tarde. Ese fue el fin de mi papá.
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