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Antes de gobernar...que presenten una fianza


Por Miguel Angel Cristiani 

En México, quien maneja una caja chica debe comprobar hasta el último peso. Un tesorero municipal, un administrador o un funcionario de nivel medio saben que cualquier irregularidad puede derivar en observaciones, sanciones e incluso responsabilidades administrativas o penales. Sin embargo, existe una paradoja que raya en el absurdo: quienes administran instituciones de las que dependen miles de vidas rara vez responden por los resultados de su gestión. 

Tal pareciera que el dinero público vale más que la vida de los ciudadanos.

Cuando un puente se cae, cuando una carretera queda inconclusa o cuando una obra presenta fallas, se anuncian investigaciones, auditorías y deslindes de responsabilidades. Pero cuando un paciente con cáncer espera meses por un tratamiento; cuando una cirugía se pospone una y otra vez; cuando faltan medicamentos, especialistas o equipo médico, la explicación suele reducirse a una frase burocrática: "se están revisando los procedimientos".

Mientras tanto, el reloj biológico de la enfermedad no espera.

Cada día de retraso puede representar una oportunidad perdida para salvar una vida. Y, sin embargo, casi nunca conocemos el nombre del funcionario que asumió la decisión, autorizó el recorte, dejó vacante una plaza o permitió que la ineficiencia se convirtiera en política pública.

En el IMSS, como en muchas instituciones del Estado mexicano, el problema ya no puede explicarse únicamente por la falta de presupuesto. También debe hablarse de planeación, administración, supervisión y capacidad de respuesta. Porque una institución puede disponer de recursos y, aun así, fracasar cuando la conducción es deficiente.

Gobernar no debería significar administrar el poder sin consecuencias. Quien acepta dirigir una dependencia pública también debería aceptar responder por los efectos de sus decisiones. No solo por el manejo del dinero, sino por el impacto que esas decisiones tienen en la vida de las personas.

Quizá ha llegado el momento de replantear el concepto de responsabilidad pública. No basta con entregar un informe de labores o presentar una renuncia cuando la crisis estalla. La rendición de cuentas debe ir más allá del discurso y alcanzar a quienes toman las decisiones que afectan derechos fundamentales, como el acceso a la salud.

Porque administrar recursos públicos es una enorme responsabilidad. Pero administrar la salud de millones de mexicanos implica una obligación todavía mayor.

Tal vez por eso, antes de gobernar, habría que exigir algo más que un currículum, un discurso o una promesa de campaña. Habría que exigir compromiso, capacidad y la disposición de responder por las consecuencias de cada decisión.

De lo contrario, seguiremos viviendo en un país donde las responsabilidades se diluyen entre oficios, comunicados y conferencias de prensa, mientras las familias cargan con pérdidas que nunca debieron ocurrir.

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Esperar también puede costar la vida

 


LOS EXPEDIENTES DE BITÁCORA POLÍTICA

Expediente 001

El IMSS Veracruz Norte frente al desafío de recuperar la confianza de sus derechohabientes

Por Miguel Ángel Cristiani G.

"En medicina, el tiempo es parte del tratamiento. Cuando la burocracia retrasa la atención, el reloj deja de ser un aliado del paciente."

Hay asuntos donde la política debe guardar silencio para que hablen los hechos. La salud pública es uno de ellos. Quien espera una consulta oncológica, una cirugía o un medicamento no pregunta de qué partido es el funcionario responsable; pregunta cuánto tiempo más tendrá que esperar.

En Veracruz Norte, esa pregunta comienza a repetirse con demasiada frecuencia.

Durante los últimos meses han trascendido testimonios de derechohabientes que denuncian retrasos en consultas con especialistas, reprogramación de estudios diagnósticos, dificultades para surtir medicamentos oncológicos y largas esperas para acceder a tratamientos que, por su naturaleza, deberían iniciarse con oportunidad. Cada caso tiene circunstancias distintas, pero cuando las historias empiezan a parecerse entre sí, corresponde preguntarse si existe un problema estructural que requiere atención inmediata.

No es una inquietud menor. La propia Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha emitido recomendaciones al Instituto Mexicano del Seguro Social por violaciones al derecho a la protección de la salud, la vida y el trato digno en casos registrados en Veracruz. Esas resoluciones no permiten generalizar todos los servicios del instituto, pero sí obligan a reconocer que existen antecedentes documentados que no pueden minimizarse.

En paralelo, pacientes con cáncer han hecho públicas sus dificultades para obtener algunos medicamentos esenciales, mientras autoridades estatales y federales han informado de acciones para mejorar el abasto y fortalecer la atención especializada. Entre ambas versiones existe un espacio que sólo puede llenarse con información verificable.

Ése es precisamente el terreno donde debe actuar el periodismo.

No para dictar sentencias. No para amplificar rumores. Tampoco para construir culpables anticipados. Su responsabilidad consiste en formular las preguntas que millones de derechohabientes tienen derecho a conocer.

¿Cuánto tiempo espera en promedio un paciente para ser atendido por un especialista en oncología en la delegación Veracruz Norte?

¿Cuántos tratamientos han sido reprogramados por falta de medicamentos o insumos?

¿Cuántas plazas de especialistas permanecen vacantes?

¿Cuál es el porcentaje real de surtimiento de recetas oncológicas?

¿Cuál es el plan institucional para reducir los tiempos de espera?

Responder estas preguntas no debería entenderse como una concesión a la prensa, sino como un ejercicio elemental de transparencia hacia quienes sostienen al sistema de seguridad social con su trabajo y sus contribuciones.

Sería injusto atribuir la responsabilidad exclusivamente al personal médico. Quienes diariamente atienden hospitales y clínicas enfrentan cargas de trabajo extraordinarias y limitaciones que muchas veces rebasan su ámbito de decisión. Si existen deficiencias, corresponde revisar los procesos administrativos, la planeación, el abasto, la contratación de especialistas y los mecanismos de supervisión.

La confianza en una institución como el IMSS no se construye únicamente con campañas de comunicación ni con cifras nacionales. Se fortalece cuando el paciente recibe atención oportuna, encuentra el medicamento que necesita y percibe que su tiempo vale tanto como su vida.

La salud pública no admite triunfalismos. Tampoco admite indiferencia.

Veracruz merece saber si los problemas denunciados corresponden a casos aislados o a una situación que exige medidas extraordinarias. El IMSS tiene la oportunidad de demostrar, con datos y acciones concretas, que la institución escucha a sus derechohabientes y corrige aquello que deba corregirse.

Porque cuando un paciente espera, no sólo transcurren los días. También transcurre la oportunidad de recuperar la salud.

Una democracia se mide por muchas cosas; entre ellas, por la capacidad de sus instituciones para responder antes de que la espera se convierta en una sentencia.

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La educación no admite improvisados


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay decisiones políticas que duran un sexenio. Sus consecuencias, en cambio, pueden marcar a toda una generación.

La salida de Claudia Tello de la Secretaría de Educación de Veracruz era un desenlace que muchos anticipaban. Durante meses circularon versiones sobre su eventual relevo, alimentadas por una gestión caracterizada por conflictos constantes con sindicatos, trabajadores y diversos actores del sistema educativo. Lo extraordinario no fue su salida; lo verdaderamente importante es lo que ese relevo vuelve a poner sobre la mesa: ¿con qué criterios se designa a quienes administran la educación de millones de veracruzanos?

Ésa debería ser la discusión.

La Secretaría de Educación no es una oficina de trámite ni un espacio para premiar lealtades políticas. Es la dependencia con uno de los presupuestos más importantes del gobierno estatal y la responsable de conducir el sistema educativo que forma a las futuras generaciones. Cada decisión administrativa repercute en aulas, maestros, alumnos y familias.

Por eso sorprende que, una vez más, el debate público termine concentrándose en nombres, amistades y afinidades políticas, cuando la verdadera pregunta debería ser otra: ¿el perfil de quien llega responde a la magnitud de la responsabilidad que asume?

Toda persona merece la oportunidad de demostrar su capacidad. Nadie debería ser condenado antes de ejercer un cargo. Pero esa presunción de competencia no exime a los gobiernos de una obligación elemental: explicar por qué una persona fue considerada la mejor opción.

En las democracias consolidadas, los nombramientos en áreas estratégicas suelen acompañarse de una exposición clara de la trayectoria profesional, la experiencia administrativa y los resultados que respaldan la designación. No es un gesto de cortesía; es un acto de transparencia y de respeto hacia los ciudadanos.

Cuando esa información no se comunica con claridad, el vacío lo ocupan inevitablemente las especulaciones.

El problema, sin embargo, rebasa este relevo.

Desde hace años, Veracruz ha padecido una práctica que atraviesa administraciones de distintos partidos: convertir algunas dependencias públicas en espacios donde la cercanía política pesa más que la experiencia técnica. Cambian los gobernantes, cambian los discursos y cambian los colores partidistas, pero esa lógica permanece intacta.

La educación ha sido una de sus principales víctimas.

Mientras se suceden los secretarios, los problemas estructurales siguen esperando solución: infraestructura deteriorada, rezagos administrativos, conflictos laborales recurrentes y desafíos educativos que no admiten improvisaciones ni curvas de aprendizaje demasiado largas.

Gobernar la educación exige algo más que buena voluntad. Requiere conocimiento del sistema, capacidad de negociación, experiencia administrativa y liderazgo para conducir una de las instituciones más complejas del estado.

El relevo en la Secretaría de Educación representa ahora una oportunidad para romper con esa inercia. No bastará con un cambio de nombre en la oficina principal. Lo que la comunidad educativa espera son decisiones capaces de reconstruir la confianza, restablecer el diálogo con el magisterio y colocar nuevamente a los estudiantes en el centro de la política pública.

Porque ésa debería ser la prioridad de cualquier gobierno.

No las cuotas.

No las cercanías.

No las amistades.

La educación.

Los gobiernos tienen el derecho de nombrar a quienes consideren más aptos para integrar su equipo. Pero ese derecho lleva implícita una responsabilidad mayor: demostrar que el interés público estuvo por encima de cualquier consideración política.

En educación no hay margen para el ensayo y el error. Cada decisión equivocada no se mide únicamente en estadísticas o presupuestos; se mide en oportunidades perdidas para miles de niños y jóvenes que no tendrán otra generación para recuperar el tiempo que el gobierno desperdicie.

Cuando el mérito deja de ser el requisito para servir al Estado, la política deja de construir futuro y comienza a hipotecarlo.

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El fraude antes del fraude


El INE pospone las reglas mientras los partidos ya juegan el partido.

Por Miguel Ángel Cristiani G

Cuando la autoridad electoral aplaza las reglas para frenar los actos anticipados de campaña, no gana tiempo: pierde autoridad. Y cuando la ley llega después de la política, la democracia siempre termina pagando la factura.

Hay una vieja máxima en el derecho que dice que la justicia tardía deja de ser justicia. En materia electoral ocurre exactamente lo mismo: las reglas tardías dejan de ser reglas.

Eso fue precisamente lo que ocurrió cuando, en medio de visibles diferencias entre sus integrantes, el Consejo General del Instituto Nacional Electoral decidió aplazar la discusión sobre los lineamientos que pretenden regular las llamadas "pre-precampañas", esa ingeniosa figura política que no existe en la ley, pero que todos practican.

La decisión es mucho más grave de lo que parece.

Porque mientras los consejeros discuten cómo definirlas, los partidos ya las están realizando.

Y mientras el árbitro analiza el reglamento, los jugadores ya comenzaron el partido.

Desde hace varios procesos electorales la política mexicana inventó una nueva especialidad: hacer campaña sin decir que es campaña.

Ya no se pide el voto.

Ahora se "dialoga con la militancia".

No se promociona un candidato.

Se "fortalece el liderazgo".

No se recorren municipios para posicionarse.

Se realizan "asambleas informativas".

No se colocan espectaculares con fines electorales.

Se "difunden logros personales".

El lenguaje cambió.

La intención jamás.

Todos saben para qué sirven esas giras, esos videos, esas entrevistas, esas reuniones y esos espectaculares.

Todos saben quién aspira.

Todos saben quién busca posicionarse.

Lo único que falta es que alguien tenga el valor de reconocer que se trata de campañas disfrazadas.

Y ahí es donde el INE y el OPLE Veracruz parecen caminar siempre un paso detrás de la realidad.

No es un problema nuevo.

Desde hace años la autoridad electoral ha venido perdiendo capacidad para anticiparse a las nuevas formas mediante las cuales los partidos burlan la legislación.

Primero fueron los informes legislativos.

Después los informes de gobierno.

Más tarde aparecieron las asociaciones civiles.

Luego las giras nacionales.

Ahora llegan las "pre-precampañas".

La creatividad para evadir la ley avanza mucho más rápido que la capacidad institucional para impedirlo.

El problema no es únicamente jurídico.

Es profundamente político.

Porque la competencia electoral deja de ser equitativa cuando algunos actores pueden recorrer el país durante meses construyendo imagen pública antes de que oficialmente inicie el proceso.

Cuando finalmente comienza la campaña legal, unos llegan con meses —o años— de ventaja, mientras otros apenas pueden empezar a darse a conocer.

La cancha deja de estar pareja.

Y una democracia donde la competencia es desigual termina debilitando la confianza ciudadana.

Lo más preocupante es el mensaje institucional.

El INE nació precisamente para garantizar certeza.

Para ofrecer reglas claras.

Para evitar que el poder político se adelantara a la ley.

Sin embargo, el aplazamiento de estos lineamientos transmite exactamente lo contrario.

Da la impresión de que la autoridad sigue reaccionando ante los hechos consumados.

La democracia necesita árbitros que prevengan.

No notarios que documenten las infracciones cuando ya ocurrieron.

Más aún porque la Constitución establece con claridad los principios de legalidad, certeza, imparcialidad, objetividad, independencia y máxima publicidad como ejes rectores de la función electoral.

Cuando las reglas se discuten después de iniciadas las estrategias políticas, el principio de certeza comienza a erosionarse.

Y sin certeza jurídica aparecen la discrecionalidad y la sospecha.

Lo paradójico es que prácticamente todos los partidos dicen defender la legalidad electoral.

Pero todos encuentran la forma de caminar exactamente por el borde de la ley sin terminar de cruzarla.

La simulación terminó convirtiéndose en método de competencia.

Ya nadie rompe las reglas.

Simplemente las estira hasta donde permiten.

Y cuando ya no alcanzan, inventan una nueva figura política para seguir adelantándose.

No se necesita reformar nuevamente la legislación cada vez que aparezca una modalidad distinta de promoción política.

Se necesita voluntad para aplicar el espíritu de la ley, no únicamente su redacción literal.

Porque el ciudadano común distingue perfectamente cuándo alguien está haciendo campaña, aunque la propaganda diga que se trata de una simple reunión informativa.

La inteligencia de los electores suele ser mucho mayor que la imaginación de los estrategas políticos.

El verdadero riesgo no consiste en que existan "pre-precampañas".

El verdadero riesgo es que la autoridad termine normalizando que la ley siempre llegue tarde.

Porque cuando el árbitro decide discutir las reglas después de iniciado el juego, deja de conducir el partido para convertirse en un simple espectador.

3 principios fundamentales quedan bajo presión: legalidad, certeza y equidad, pilares constitucionales que deben regir toda contienda electoral y que se ven comprometidos cuando la promoción política se adelanta a la regulación.

Las reformas electorales de 2007 y 2014 buscaron cerrar espacios a la propaganda anticipada y garantizar condiciones equitativas para todos los contendientes. Sin embargo, cada proceso electoral ha dado origen a nuevas formas de promoción política que aprovechan vacíos normativos antes de que la autoridad logre responder.

Si todos saben que las "pre-precampañas" son campañas adelantadas, ¿qué está esperando la autoridad electoral el INE y el OPLE Veracruz a nivel local para llamarlas por su nombre?

Cuando el árbitro aplaza las reglas, los tramposos no esperan: simplemente toman ventaja.

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La educación no admite improvisados


Por Miguel Ángel Cristiani G.

En política suele decirse que nadie es indispensable. Es cierto. Lo preocupante no es que un funcionario se vaya; lo verdaderamente grave es que parezca dar exactamente lo mismo quién llegue.

La salida de Claudia Tello de la Secretaría de Educación de Veracruz era un desenlace anunciado. Durante meses, su permanencia fue objeto de rumores constantes. Las redes sociales la "renunciaron" en innumerables ocasiones antes de que la decisión se hiciera oficial. Esta vez, sin embargo, el relevo dejó de ser especulación para convertirse en realidad.

Su paso por la dependencia difícilmente podrá recordarse por logros de fondo. En cambio, sí quedará asociado a un ambiente permanente de confrontación con sindicatos, trabajadores y distintos actores del sistema educativo. Resulta complicado encontrar un periodo reciente en el que la Secretaría de Educación haya enfrentado tantas protestas, bloqueos y tomas de instalaciones en tan poco tiempo.

No se trata únicamente de un problema de carácter o de operación política. La Secretaría de Educación no es una oficina administrativa cualquiera. Maneja el presupuesto más grande del gobierno estatal y tiene bajo su responsabilidad el futuro académico de más de dos millones de estudiantes, miles de escuelas y decenas de miles de trabajadores.

Gobernar esa estructura exige experiencia administrativa, capacidad de negociación y conocimiento profundo del sistema educativo.

Por eso el relevo no debería analizarse únicamente desde la óptica de las amistades políticas o de las cuotas de poder.

Las primeras reacciones que generó el nombramiento de Raquel Bonilla apuntan precisamente hacia esa preocupación. Más allá de las descalificaciones apresuradas que suelen inundar las redes sociales, comenzó una pregunta legítima: ¿cuál es el perfil profesional de quien asumirá una de las responsabilidades públicas más importantes de Veracruz?.

Toda persona merece el beneficio de la duda. Nadie debería ser juzgado antes de ejercer el cargo. Sin embargo, ese beneficio no exime al gobierno de una obligación elemental: explicar por qué una persona fue considerada la mejor opción.

La transparencia comienza desde el nombramiento.

En cualquier democracia madura, cuando se designa al responsable de un área estratégica, se presenta su trayectoria, su preparación académica, su experiencia profesional y los resultados que respaldan su llegada. No se trata de un trámite protocolario. Es un acto de rendición de cuentas.

Bastaba una explicación clara para evitar que las especulaciones ocuparan el espacio de la información.

Pero el problema rebasa incluso este nombramiento.

Veracruz parece haber normalizado que las dependencias públicas sean ocupadas bajo criterios de cercanía política antes que de capacidad técnica. Esa práctica no comenzó en el actual gobierno. Viene de administraciones anteriores y ha sobrevivido a distintos colores partidistas.

La Secretaría de Educación quizá sea el mejor ejemplo.

La historia reciente demuestra que los cambios de secretario rara vez han significado una transformación de fondo. Cambian los nombres, cambian los equipos, cambian los discursos, pero los conflictos con el magisterio, la burocracia, la infraestructura escolar y los resultados educativos permanecen prácticamente intactos.

Mientras tanto, Veracruz continúa rezagándose en indicadores educativos que deberían ser motivo de preocupación permanente.

El verdadero debate no consiste en defender o atacar a quien llega. Consiste en preguntarnos si algún día dejaremos de considerar la educación como un espacio para recompensar lealtades políticas y empezaremos a tratarla como la política pública más importante para el futuro del estado.

Raquel Bonilla tiene ahora la oportunidad de demostrar, con resultados, que las dudas iniciales eran infundadas. Gobernar una institución tan compleja exige mucho más que cercanía con el poder; exige liderazgo, capacidad técnica y sensibilidad para reconstruir una relación deteriorada con el sector educativo.

Porque los gobiernos cambian cada seis años, los secretarios van y vienen, los partidos se alternan en el poder... pero las generaciones de estudiantes que pierden oportunidades por decisiones equivocadas ya no recuperan el tiempo perdido.

Cuando la política convierte la educación en un premio de lealtades y no en una responsabilidad de capacidades, el costo termina pagándolo toda una generación de veracruzanos.

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El periodismo que todavía tiene alma

Por Miguel Ángel Cristiani G.

En tiempos en que la información se consume a la velocidad de un clic y las redes sociales han convertido la tragedia humana en mercancía digital, resulta reconfortante comprobar que todavía existen periodistas capaces de hacer periodismo con alma. Porque informar no es solamente contar hechos; es también comprender el dolor ajeno, darle contexto y, cuando es posible, contribuir a transformar realidades.

No acostumbro abordar asuntos personales en esta columna. He procurado siempre mantener una prudente distancia entre la vida privada y el ejercicio periodístico. Sin embargo, en esta ocasión hago una excepción por una razón que trasciende el ámbito familiar y se instala en el terreno de los principios que deben guiar al periodismo.

Este día, mi hija menor, Angélica Cristiani Mantilla, recibió un reconocimiento de la Asociación de Comunicadores Veracruzanos (ACOVER) por su trabajo periodístico con sentido humano. Y si algo merece ser destacado públicamente, es precisamente la reivindicación de un periodismo que coloca a las personas en el centro de la noticia.

Entre los trabajos que le valieron esta distinción está la historia de una mujer que vivía en condición de calle. Después de ser entrevistada y de darse a conocer su situación, el DIF municipal intervino para brindarle refugio y atención. Su vida cambió radicalmente. No fue una nota para obtener miles de reproducciones en internet ni un ejercicio de exhibicionismo mediático. Fue periodismo con utilidad social.

Pero ese caso es apenas un ejemplo. Pocos periodistas poseen la sensibilidad, la capacidad narrativa y la disciplina profesional para construir historias con profundo sentido humano. La prisa por publicar, la competencia por la primicia y la búsqueda de notoriedad han ido desplazando el valor esencial de escuchar y comprender a las personas.

Por eso adquiere especial relevancia el reconocimiento entregado por la Asociación de Comunicadores Veracruzanos. Desde su fundación, hace más de una década, la ACOVER estableció en sus estatutos la organización de un concurso periodístico, cuyos trabajos serían evaluados por jurados externos. Casi medio centenar de trabajos fueron analizados y calificados.

Fue hasta este año, bajo la presidencia del también destacado periodista Luis Domínguez, cuando finalmente se concretó este propósito institucional. Más vale tarde que nunca. Porque las asociaciones de periodistas no pueden limitarse a emitir posicionamientos o a tomarse la fotografía de ocasión. Deben también reconocer el mérito, estimular el buen periodismo y dignificar un oficio que atraviesa uno de sus momentos más difíciles.

Y es aquí donde la celebración inevitablemente se encuentra con la amarga realidad.

En los últimos tres años, tres integrantes de la propia asociación han sufrido saqueos en sus domicilios. Se llevaron computadoras, equipos de trabajo y herramientas indispensables para ejercer la profesión. Y el panorama es aún más sombrío si recordamos la larga y dolorosa lista de periodistas asesinados o desaparecidos en Veracruz y en México.

Las autoridades responden casi siempre de la misma manera: anuncian la apertura de carpetas de investigación. La expresión se ha convertido en un ritual burocrático que pretende sustituir a la justicia. Se abre una carpeta, se ofrece una declaración, se promete una investigación exhaustiva y después sobreviene el silencio. El expediente se archiva en la práctica y la impunidad sigue su marcha.

La agresión contra un periodista no es únicamente un ataque individual. Es un atentado contra el derecho de la sociedad a estar informada. Cada reportero silenciado representa una historia que deja de contarse y una verdad que queda sepultada.

Por eso tiene valor reconocer a quienes todavía creen en el periodismo como un servicio público y un compromiso ético con los demás. Porque ejercer este oficio con sensibilidad, rigor y humanidad es hoy un acto de resistencia.

Mientras el Estado siga administrando expedientes en lugar de impartir justicia, los mecanismos de protección para periodistas no serán más que costosos adornos burocráticos colocados sobre las tumbas, las desapariciones y el miedo.

¡ F e l i c i t a c i o n e s !

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Coahuila no es Veracruz


Por Miguel Ángel Cristiani G.

La política mexicana suele padecer de un mal recurrente: la tentación de copiar recetas ajenas sin analizar las circunstancias propias. Apenas se conoció el contundente triunfo del PRI en la elección de diputados locales en Coahuila, no faltaron quienes comenzaron a construir castillos en el aire imaginando que el mismo fenómeno podría repetirse automáticamente en Veracruz en la próxima contienda electoral. Como si la política fuera una franquicia que funciona igual en cualquier parte del país.

La realidad, sin embargo, suele ser mucho más compleja y menos complaciente con los deseos de quienes confunden la esperanza con el análisis.

Coahuila no es Veracruz. Y no lo es por razones históricas, sociales, económicas y, sobre todo, políticas.

El resultado coahuilense envió un mensaje claro. En aquella entidad, Morena cayó en el exceso de confianza. La lógica fue simple: si los programas sociales federales mantienen altos niveles de aceptación ciudadana, entonces el triunfo electoral estaría prácticamente garantizado. El problema es que la política no se gana únicamente repartiendo beneficios. También exige organización territorial, presencia permanente, contacto con la ciudadanía y trabajo político cotidiano.

La soberbia electoral suele ser una pésima consejera.

Mientras en Coahuila algunos operadores morenistas parecieron asumir que la elección ya estaba resuelta antes de comenzar la campaña, el PRI mantuvo una estructura funcional, una organización territorial activa y una relación permanente con diversos sectores sociales. Podrá gustar o no, pero el priismo coahuilense sigue teniendo vida política real.

Veracruz presenta un escenario completamente distinto.

Aquí la gobernadora Rocío Nahle ha desarrollado desde el inicio de su administración una intensa agenda de trabajo que difícilmente puede ser cuestionada incluso por sus adversarios más severos. La mandataria estatal recorre municipios, supervisa obras, atiende demandas ciudadanas y mantiene presencia constante en la agenda pública.

Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, existe un hecho observable: la actividad gubernamental es permanente.

Y eso genera una diferencia sustancial respecto a otras entidades donde los gobiernos descansan excesivamente en la popularidad presidencial o en la inercia de los programas sociales.

En Veracruz existe un gobierno estatal que trabaja y que busca construir resultados propios. Eso modifica completamente la ecuación política.

Pero además existe otro elemento que muchos analistas pasan por alto cuando intentan trasladar mecánicamente el caso Coahuila al territorio veracruzano: la condición actual del PRI.

Mientras en Coahuila el partido conserva estructura, cuadros competitivos y capacidad operativa, en Veracruz la situación es radicalmente distinta.

La dirigencia estatal parece haber reducido buena parte de su actividad a la organización de conferencias de prensa para señalar errores gubernamentales. La crítica es legítima y necesaria en toda democracia. El problema surge cuando la crítica sustituye al trabajo político.

Porque los partidos no ganan elecciones únicamente denunciando. Las ganan organizándose.

Y precisamente ahí aparece la principal debilidad del priismo veracruzano.

La estructura territorial que durante décadas constituyó su principal fortaleza hoy luce fragmentada, debilitada y, en muchos municipios, prácticamente inexistente. A ello se suma la salida de figuras con experiencia y liderazgo político. 

El caso más significativo es el de Américo Zúñiga Martínez, ex dirigente estatal, ex alcalde y ex diputado local, cuya renuncia simboliza mucho más que una baja individual: representa el desgaste acumulado de un proyecto político incapaz de reconstruirse.

El PRI veracruzano enfrenta una paradoja cruel. Critica a Morena como si siguiera siendo una fuerza competitiva equivalente, cuando en realidad primero tendría que resolver sus propias crisis internas, recuperar cuadros, reconstruir estructura y volver a conectar con la ciudadanía.

La política no premia la nostalgia.

Quienes creen que el resultado de Coahuila anticipa automáticamente una derrota de Morena en Veracruz olvidan que las elecciones se ganan en el territorio, no en los comunicados; en las calles, no en los recuerdos; y con organización real, no con conferencias de prensa.

Porque mientras unos trabajan para gobernar, otros parecen conformarse con administrar los restos de un partido que alguna vez fue poderoso y que hoy confunde el eco de sus críticas con la fuerza que ya no tiene.

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Libertad de Expresión: los discursos se aplauden, las realidades se padecen


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay discursos que se escuchan con atención y otros que obligan a reflexionar. El pronunciado por la presidenta municipal de Xalapa, Daniela Griego Ceballos, durante el desayuno ofrecido a periodistas con motivo del Día de la Libertad de Expresión, pertenece a la segunda categoría.

No porque haya dicho algo revolucionario, sino porque recordó principios que en México suelen mencionarse con frecuencia y aplicarse con escasez: el respeto a la crítica, la transparencia gubernamental y el derecho ciudadano a estar informado.

La alcaldesa hizo un amplio reconocimiento a la labor periodística. Habló de la importancia de la libertad de expresión, de la función social de los medios de comunicación y del papel que desempeñan los periodistas como intérpretes de la realidad. Recordó además su trayectoria legislativa en materia de transparencia y acceso a la información pública, un tema que conoce bien y que forma parte de su historial político.

Hasta ahí, todo correcto.

Sin embargo, la verdadera prueba de cualquier gobernante no está en la calidad de sus discursos sino en su capacidad para soportar las consecuencias de aquello que proclama.

La libertad de expresión es muy sencilla de defender cuando los comentarios son favorables, cuando las entrevistas son cómodas o cuando las notas destacan los logros de una administración. El problema aparece cuando llegan las preguntas incómodas, los reportajes que exhiben errores, las denuncias ciudadanas o las investigaciones que contradicen la narrativa oficial. Que bueno que la presidenta municipal de Xalapa está consiente de la importancia de la crítica periodístia.

Y es precisamente ahí donde históricamente muchos gobiernos mexicanos han fracasado.

Veracruz conoce demasiado bien esa historia. Durante décadas, periodistas han enfrentado presiones, amenazas, campañas de desprestigio y, en los casos más graves, violencia criminal. La entidad se convirtió en referencia nacional no por la fortaleza de sus instituciones democráticas, sino por los riesgos que implica ejercer el periodismo.

Por eso resulta pertinente que la presidenta municipal haya reconocido públicamente que ningún gobierno democrático puede aspirar a la legitimidad si pretende controlar el flujo de la información o convertir la comunicación social en un simple aparato propagandístico.

El problema es que la tentación sigue vigente.

Las oficinas de comunicación social en buena parte del país continúan operando bajo una lógica que privilegia la construcción de imagen sobre la rendición de cuentas. Se invierten recursos públicos para difundir éxitos, mientras los problemas estructurales quedan relegados a notas marginales o explicaciones burocráticas.

La alcaldesa sostuvo que la comunicación pública debe partir de la honestidad y no de la simulación. Una afirmación impecable en teoría. Pero la realidad obliga a una pregunta elemental: ¿cuántos gobiernos están realmente dispuestos a informar con la misma intensidad sus fracasos que sus éxitos?

Muy pocos.

En ese contexto, también llamó la atención la referencia a los ataques mediáticos, la desinformación y las campañas de desgaste que —según señaló— ha enfrentado su administración durante estos primeros meses.

Las redes sociales han democratizado la difusión de información, pero también la propagación de rumores, noticias falsas y campañas interesadas. Sin embargo, los gobiernos suelen cometer un error recurrente: confundir toda crítica con una conspiración.

No toda observación incómoda es desinformación. No toda denuncia es un ataque político. No toda investigación periodística responde a intereses oscuros.

La democracia exige tolerancia al escrutinio permanente.

El periodismo no existe para agradar a los gobernantes. Existe para vigilar al poder. Su función no es proteger administraciones, sino informar a la sociedad. Cuando cumple adecuadamente esa tarea, inevitablemente genera incomodidad.

Y esa incomodidad es saludable.

Lo verdaderamente preocupante sería una prensa silenciosa, dócil o subordinada.

Xalapa necesita gobiernos transparentes, pero también medios responsables y críticos. Necesita funcionarios capaces de escuchar cuestionamientos sin victimizarse y periodistas capaces de investigar sin convertirse en operadores políticos. Ambos son indispensables para fortalecer la vida pública.

Porque la libertad de expresión se demuestra cuando el poder acepta ser observado, cuestionado y exhibido sin intentar controlar el espejo que refleja sus errores.

La democracia comienza donde terminan los aplausos oficiales y empieza la obligación de responder, con hechos, a las preguntas que el poder preferiría no escuchar.

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Xalapa: la ciudad que convirtió sus ríos en drenajes

 


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay una pregunta incómoda que nadie en el gobierno parece dispuesto a responder: ¿cómo fue posible que una ciudad reconocida por sus manantiales, arroyos y lagunas terminara convirtiendo prácticamente todos sus cuerpos de agua en receptores de aguas negras?

La respuesta, aunque incómoda, es sencilla: décadas de negligencia, indiferencia institucional y simulación ambiental.

Hoy, especialistas de la Universidad Veracruzana, organizaciones ambientalistas y ciudadanos coinciden en un diagnóstico alarmante. Casi el cien por ciento de los ríos, lagos, lagunas y manantiales de la zona urbana de Xalapa presentan algún grado de contaminación. No existe evidencia de que alguno pueda considerarse completamente limpio.

La noticia debería provocar una movilización política inmediata. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Las autoridades parecen haber normalizado lo que en cualquier sociedad responsable sería considerado una emergencia ambiental.

El caso del río Sedeño es emblemático. A su paso por el fraccionamiento Lucas Martín, lo que alguna vez fue un afluente natural forma parte hoy de una extensa red de desechos líquidos y sólidos que atraviesa la ciudad. Lo mismo ocurre con los ríos Carneros, Sordo, Santiago, Zapotillo, Castillo y Coapexpan, además de numerosos arroyos urbanos convertidos en colectores clandestinos de drenaje.

Lo más grave es que nadie puede alegar desconocimiento.

Los estudios existen. Los diagnósticos existen. Las denuncias vecinales existen. Las fotografías existen. Las evidencias son visibles incluso para quien recorre la ciudad durante unos cuantos minutos.

Lo que no existe es una política pública eficaz para revertir el problema.

La contaminación de los Lagos de El Dique representa otro ejemplo de una crisis anunciada. Mortandad de peces, proliferación de algas y deterioro constante de la calidad del agua son fenómenos documentados desde hace años. El lago de Las Ánimas registra cambios de color y olores insoportables provocados por la saturación de drenajes. La laguna de Casa Blanca permanece atrapada entre el abandono gubernamental y la acumulación de basura.

Mientras tanto, los discursos oficiales suelen concentrarse en campañas de reforestación, jornadas simbólicas de limpieza o actividades conmemorativas cada Día Mundial del Medio Ambiente.

Es la diferencia entre administrar fotografías y resolver problemas.

Resulta más sencillo organizar eventos protocolarios que enfrentar el costo político de invertir en infraestructura hidráulica, sancionar descargas clandestinas o modernizar plantas de tratamiento.

La realidad es que el agua contaminada no distingue colores partidistas.

Los gobiernos municipales pasan. Las administraciones estatales cambian. Los funcionarios se relevan unos a otros. Pero la contaminación permanece, se acumula y se profundiza.

El problema ya no es exclusivamente ambiental. También es sanitario.

Monitoreos realizados por organizaciones como Global Water Watch han detectado presencia de bacterias como E. coli y coliformes fecales en diversos manantiales comunitarios. En términos simples, eso significa que fuentes naturales utilizadas por la población muestran evidencias de contaminación asociada a residuos humanos y animales.

La pregunta ya no es si existe contaminación.

La pregunta es cuánto tiempo más puede soportar la ciudad antes de enfrentar consecuencias mayores para la salud pública y para sus ecosistemas.

Xalapa construyó durante décadas una identidad vinculada al agua. La capital de las flores, la ciudad de los manantiales, la región de la niebla y los bosques mesófilos. Esa narrativa sigue apareciendo en folletos turísticos y discursos oficiales.

Pero la realidad se empeña en desmontar la propaganda.

No puede presumirse riqueza natural mientras los afluentes reciben descargas clandestinas. No puede hablarse de sustentabilidad cuando los lagos se convierten en depósitos de materia orgánica. No puede invocarse el compromiso ecológico mientras los sistemas de tratamiento resultan insuficientes o ineficaces.

La solución requiere inversión, vigilancia, planeación urbana y voluntad política. Requiere asumir responsabilidades y dejar de administrar excusas.

Porque el verdadero problema no es que los ríos de Xalapa estén muriendo; el verdadero escándalo es que quienes tenían la obligación de protegerlos parecen haberse acostumbrado a verlos morir todos los días.

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La mosca está aquí...



...y las autoridades también, pero escondidas

Por Miguel Ángel Cristiani G.

En Veracruz parece existir una regla no escrita dentro de algunas dependencias públicas: si no se habla del problema, el problema no existe. La estrategia ha funcionado para maquillar estadísticas, ocultar crisis y prolongar la cómoda ilusión de que todo está bajo control. El inconveniente es que la realidad siempre termina entrando por la puerta principal. O, como ahora ocurre en Xalapa, por las ventanas abiertas de las casas.

Vecinos del fraccionamiento Lucas Martín han comenzado a reportar en redes sociales la presencia de ejemplares de la llamada Mosca del Gusano Barrenador. No se trata de un caso aislado ni de una percepción exagerada producto de la alarma colectiva. Son varios los habitantes que afirman haber encontrado dentro de sus viviendas cantidades inusuales de estos insectos, llegando incluso a reportar hasta veinte ejemplares en una sola casa después de una jornada laboral.

Y mientras los ciudadanos documentan, fotografían y alertan, las autoridades hacen lo que mejor saben hacer cuando enfrentan un asunto incómodo: guardar silencio.

Resulta particularmente preocupante porque México ha enfrentado históricamente campañas sanitarias complejas para controlar y erradicar al gusano barrenador. Durante décadas se destinaron recursos millonarios, estrategias de vigilancia epidemiológica y programas de control biológico para evitar que esta plaga afectara al ganado, a los animales domésticos e incluso a los seres humanos.

No estamos hablando de una simple mosca molesta de temporada. El riesgo sanitario asociado al gusano barrenador es ampliamente conocido. Las hembras depositan sus huevecillos en heridas abiertas o lesiones de animales de sangre caliente. Las larvas penetran en los tejidos vivos y provocan infestaciones severas que pueden derivar en infecciones graves e incluso la muerte de los animales afectados si no reciben atención oportuna.

Por eso llama poderosamente la atención la ausencia absoluta de información oficial.

¿Existe monitoreo sanitario en la zona?

¿Las autoridades han realizado verificaciones?

¿La Secretaría de Salud tiene conocimiento de los reportes?

¿La autoridad agropecuaria estatal ha desplegado brigadas de inspección?

Nadie lo sabe.

Y cuando en temas de salud pública la información desaparece, el vacío es ocupado por rumores, incertidumbre y miedo.

La situación adquiere mayor relevancia porque Lucas Martín no es una comunidad aislada en la sierra ni una zona rural apartada. Se trata de una zona urbana de la capital veracruzana donde cientos de familias conviven diariamente con perros, gatos y otros animales domésticos. Muchos propietarios acostumbran dejar a sus mascotas en patios, cocheras o incluso en la vía pública durante varias horas. Basta una pequeña herida, un rasguño o una lesión mínima para convertir al animal en un objetivo vulnerable.

Un experto en control de plagas y empresario de fumigaciónes, nos comenta que lo más grave es que la prevención es relativamente sencilla cuando existe información oportuna. Revisar periódicamente a las mascotas, atender cualquier lesión, mantener condiciones adecuadas de higiene y solicitar atención veterinaria inmediata ante signos sospechosos son medidas básicas que podrían difundirse mediante campañas públicas. Sin embargo, para informar primero hay que reconocer que existe un problema.

Y ahí aparece nuevamente el viejo vicio burocrático mexicano: la negación como política pública.

Durante años hemos visto cómo diversas autoridades reaccionan únicamente cuando el problema se convierte en escándalo. No actúan ante las primeras señales de alerta; esperan a que la situación alcance dimensiones mediáticas. Entonces aparecen conferencias, boletines, fotografías de supervisión y promesas de atención urgente. Para entonces, generalmente ya es demasiado tarde.

La responsabilidad de un gobierno moderno no consiste en administrar crisis consumadas, sino en prevenirlas. La transparencia no debería ser una concesión extraordinaria ni un acto de buena voluntad política. Es una obligación elemental frente a ciudadanos que tienen derecho a conocer los riesgos que afectan a su comunidad.

Si los reportes vecinales son incorrectos, las autoridades tienen la obligación de aclararlo con evidencia técnica. Si son correctos, tienen la obligación de actuar de inmediato. Lo que resulta inadmisible es esta cómoda posición de invisibilidad institucional que convierte a los ciudadanos en vigilantes, investigadores y voceros de problemas que corresponden al Estado.

En Veracruz, las plagas parecen avanzar más rápido que las autoridades, porque mientras las moscas trabajan todos los días, los responsables de proteger la salud pública siguen escondidos detrás del silencio oficial.

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Chapopote, silencio y turismo a la deriva...


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay desastres que llegan con estruendo y otros que avanzan en silencio. El chapopote que desde hace meses invade las playas de Costa Esmeralda pertenece a la segunda categoría. No hace ruido, no genera conferencias mañaneras, no ocupa titulares nacionales durante semanas. Simplemente aparece en la arena, contamina el mar, mata especies marinas, ahuyenta turistas y destruye lentamente la economía de cientos de familias veracruzanas.

Este fin de semana volvió a repetirse la escena. Turistas que llegaron a las playas de Tecolutla, Nautla y Vega de Alatorre encontraron manchas de hidrocarburo y bloques de chapopote arrastrados por las corrientes. Muchos decidieron recoger sus pertenencias y regresar a casa. Una decisión lógica. Nadie recorre cientos de kilómetros para vacacionar frente a una playa contaminada.

Lo grave no es únicamente la presencia del hidrocarburo. Lo verdaderamente alarmante es la normalización de la tragedia. Han pasado varios meses desde que pescadores, prestadores de servicios turísticos y habitantes de la región comenzaron a denunciar el problema. Han advertido sobre la disminución de la pesca, la muerte de especies marinas, la contaminación de playas y el impacto económico que padecen comunidades enteras. Sin embargo, la respuesta institucional ha sido prácticamente inexistente.

El Gobierno Federal mantiene un silencio que resulta tan espeso como el propio chapopote. No hay explicaciones claras sobre el origen de la contaminación. No existen reportes públicos contundentes. No se conocen investigaciones exhaustivas ni responsables identificados. Pareciera que la estrategia oficial consiste en esperar que la marea se lleve el problema o que el cansancio ciudadano termine por sepultarlo.

Pero la realidad tiene la desagradable costumbre de desmentir los discursos.

Costa Esmeralda no es únicamente un atractivo turístico. Es una de las regiones económicas más importantes del litoral veracruzano. Hoteles, restaurantes, palapas, cooperativas pesqueras, transportistas y pequeños comerciantes dependen directamente de la afluencia de visitantes. Cuando las imágenes de playas cubiertas de hidrocarburo circulan en redes sociales, el daño no se limita a la arena. Se convierte en una devastadora campaña negativa que ahuyenta visitantes futuros y golpea la reputación de todo el destino.

La historia demuestra que los desastres ambientales mal atendidos suelen convertirse en crisis económicas y sociales de largo plazo. Basta recordar los efectos que provocaron derrames petroleros en otras regiones del mundo para entender que la recuperación puede tardar años. La diferencia es que en esos casos hubo investigaciones, sanciones, programas de remediación y acciones visibles. Aquí ni siquiera existe una narrativa oficial coherente que explique qué está ocurriendo.

La situación resulta todavía más indignante porque Veracruz ha sido durante décadas una entidad vinculada a la industria petrolera nacional. Genera riqueza energética para el país, aporta infraestructura estratégica y asume riesgos ambientales permanentes. Sin embargo, cuando las consecuencias aparecen en sus costas, la respuesta parece reducirse a la indiferencia burocrática.

Mientras tanto, los pescadores observan cómo disminuyen sus capturas. Los empresarios turísticos ven cancelaciones. Los visitantes publican fotografías de playas contaminadas. Y las autoridades continúan atrapadas en la cómoda costumbre de administrar silencios en lugar de resolver problemas.

La pregunta ya no es quién provocó esta contaminación. La pregunta es cuánto tiempo más seguirán las autoridades fingiendo que no existe.

Porque cada día que pasa sin información transparente, sin responsables identificados y sin acciones contundentes de limpieza, el chapopote deja de ser solamente un residuo petrolero: se convierte en el símbolo más visible de una administración incapaz de proteger su patrimonio natural y de defender el sustento de miles de veracruzanos.

Cuando el gobierno calla frente al chapopote, no solo se contamina el mar: también se pudre la credibilidad de quienes deberían estar obligados a limpiarlo.

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La Marina memoria viva de la nación y orgullo de su mar


Por Miguel Ángel Cristiani

Hay ciudades que existen en el mapa; y hay otras, como Veracruz, que existen en la memoria profunda de un país. No es exageración ni retórica: es historia viva. Porque si México tiene un punto de encuentro con el mundo, ese es el cuatro veces Heroico Puerto de Veracruz, donde la nación ha aprendido —a golpes y a gloria— el significado de la resistencia, la identidad y la soberanía.

Veracruz no solo es un territorio; es una síntesis cultural. Aquí confluyen las raíces indígenas, la herencia española, la fuerza africana y la vocación comercial que durante siglos ha definido el pulso económico del Golfo de México. Su música —el son jarocho—, su gastronomía —rica, diversa, mestiza— y su lenguaje cotidiano son testimonio de una identidad construida con historia, no con ocurrencias.

No es casualidad que el puerto haya sido protagonista de episodios clave en la vida nacional. Desde la llegada de los primeros barcos europeos hasta las invasiones extranjeras que marcaron su carácter heroico, Veracruz ha sido punto de defensa y de definición del país. Aquí no se ha negociado la soberanía: se ha defendido. Y eso no es un detalle menor, es una marca indeleble en el carácter de su gente.

En ese contexto, la conmemoración del Día de la Marina Nacional adquiere un significado especial. No se trata únicamente de un acto protocolario, sino de un reconocimiento a quienes han hecho del mar una extensión de la patria. Las mujeres y hombres de la Marina no solo resguardan costas; resguardan historia, comercio, seguridad y futuro. Su presencia en Veracruz no es circunstancial: es estructural.

La relación entre el puerto y la Marina es, en muchos sentidos, simbiótica. Mientras el primero representa la apertura al mundo, la segunda garantiza que esa apertura se dé en condiciones de seguridad, legalidad y orden. No hay desarrollo sin estabilidad, ni comercio sin protección. Y en ese equilibrio, la Marina ha sido un pilar constante, discreto pero eficaz.

Pero hablar de Veracruz es también hablar de su gente. De su capacidad para resistir adversidades con una sonrisa franca, de su talento para convertir la música en identidad y de su vocación hospitalaria que convierte al visitante en parte de la casa. Pocas regiones del país pueden presumir una cultura tan viva, tan presente en la cotidianidad, tan resistente al paso del tiempo.

El puerto no es únicamente un punto geográfico estratégico; es un símbolo nacional. Cada calle, cada edificio histórico, cada celebración popular tiene detrás una historia que contar. Y en un país que a veces olvida con facilidad, Veracruz se mantiene como recordatorio permanente de lo que somos y de lo que hemos sido capaces de defender.

Por eso, más allá de las coyunturas políticas, conviene detenerse y mirar con mayor profundidad. Veracruz no necesita ser explicado: necesita ser comprendido. Su riqueza no está solo en sus recursos naturales o en su infraestructura portuaria, sino en su capacidad de sostener una identidad fuerte en medio de los cambios constantes del país y del mundo.

Hoy, al conmemorar a la Marina Nacional y al mirar hacia el horizonte del Golfo, Veracruz nos recuerda algo esencial: la historia no es un relato del pasado, es una responsabilidad del presente.

Porque un pueblo que conoce su historia, difícilmente renuncia a su dignidad.

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Xalapa mejora percepción ciudadana



* Se mantiene a media tabla nacional en ranking de capitales

* Daniela Griego registra avances en cercanía, servicios públicos y percepción de seguridad entre marzo y mayo de 2026

Por Miguel Angel Cristiani

La capital veracruzana mostró una recuperación gradual en percepción ciudadana durante el trimestre marzo-mayo de 2026, de acuerdo con los rankings nacionales de capitales del país, donde la administración municipal encabezada por Daniela Griego Ceballos logró avances en indicadores clave como cercanía con la población, servicios públicos y percepción de seguridad.

Los datos comparativos colocan a Xalapa en posiciones intermedias dentro de las 31 capitales evaluadas, alejándose de los últimos lugares que históricamente ocuparon diversas administraciones municipales en años anteriores.

En el indicador de “Cercanía”, la presidenta municipal Daniela Griego pasó de la posición 21 en marzo, con una calificación de 4.58, al lugar 13 en mayo con 5.78 puntos, lo que representa una mejora importante en apenas dos meses. En abril había descendido al sitio 16 con 5.18, pero logró recuperar terreno al cierre del periodo evaluado.

El promedio trimestral en este rubro fue de 5.54 puntos, ubicando a Xalapa en la posición 13 nacional dentro del ranking de capitales.

En cuanto al indicador de “Trabajo/Desempeño”, la capital veracruzana también registró una evolución favorable. En marzo ocupaba el lugar 21 con una calificación de 4.54; posteriormente avanzó al sitio 17 en abril con 5.08 y finalmente cerró mayo en la posición 16 con 5.51 puntos.

Aunque todavía lejos de las capitales mejor evaluadas del país, -generalmente las más grandes- el comportamiento estadístico refleja una tendencia de recuperación sostenida en la percepción ciudadana sobre el trabajo del gobierno municipal de Xalapa.

En el rubro de “Servicios Públicos”, uno de los temas históricamente más sensibles para la ciudadanía xalapeña debido a problemas de bacheo, agua potable, alumbrado y recolección de basura, la administración municipal también mostró avances.

Durante marzo Xalapa aparecía en la posición 18 con una calificación de 5.08; en abril subió al lugar 18 con 5.01 y para mayo alcanzó el sitio 14 con 5.51 puntos. El promedio trimestral fue de 5.49.

Por su parte, en “Percepción de Seguridad”, el indicador más complejo para prácticamente todas las ciudades del país, Xalapa mejoró de manera notable respecto al inicio del periodo evaluado. En marzo ocupaba el lugar 20 con apenas 4.28 puntos; en abril escaló al sitio 13 con 5.15 y en mayo se mantuvo en el lugar 14 con 5.14.

El promedio trimestral en seguridad fue de 4.86 puntos, todavía uno de los rubros más débiles para la capital veracruzana, aunque con una clara tendencia ascendente.

En términos generales, el promedio global de desempeño de la administración municipal durante los tres meses evaluados fue de 5.34 puntos.

Los rankings muestran además que ciudades gobernadas por administraciones panistas y priistas como Chihuahua, San Luis Potosí, Mérida y Monterrey continúan dominando los primeros lugares nacionales en prácticamente todos los indicadores evaluados, especialmente en cercanía, desempeño gubernamental y percepción de seguridad.

Sin embargo, en el caso de Xalapa, los datos reflejan una mejora paulatina en la percepción pública durante los primeros meses de 2026, particularmente en áreas relacionadas con presencia institucional, servicios y atención ciudadana.

Se considera que el principal reto para la administración de Daniela Griego será consolidar esa tendencia positiva y evitar retrocesos en indicadores sensibles como seguridad y servicios públicos, donde la exigencia ciudadana continúa siendo alta debido al rezago histórico acumulado por varias administraciones municipales.

La medición confirma que Xalapa permanece en una posición intermedia dentro del escenario nacional: pero mostrando signos de recuperación en percepción ciudadana conforme avanza la administración local.

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Rescatar municipios…o volver a hipotecarlos


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay deudas que se pagan con dinero. Y hay otras que las terminan pagando generaciones enteras con atraso, abandono y pobreza institucional. En Veracruz, los municipios llevan años atrapados en esa segunda categoría: gobiernos locales convertidos en oficinas de cobranza bancaria, alcaldes administrando miseria y ciudadanos pagando obras que nunca llegaron.

Por eso no es menor lo que acaba de comentar el alcalde de Coatzacoalcos, Pedro Miguel Rosaldo García, respecto al programa de saneamiento financiero impulsado por la gobernadora Rocío Nahle García. El tema merece análisis serio, porque detrás de los discursos triunfalistas hay una realidad brutal: Veracruz arrastra una de las peores historias de endeudamiento municipal del país.

Y Rosaldo García sabe perfectamente de lo que habla. No es un improvisado. Viene de la Subsecretaría de Finanzas estatal y conoce las entrañas de la maquinaria financiera veracruzana, esa que durante años funcionó como trituradora de presupuestos municipales. Cuando afirma que Coatzacoalcos fue “sentenciado a muerte financiera”, no está exagerando; está describiendo con precisión quirúrgica el legado de dos décadas de irresponsabilidad política.

Hay que recordar que la bursatilización municipal de 2008 y 2009 fue presentada en su momento como la gran modernización financiera. Qué ironía. Aquello terminó siendo una sofisticada forma de hipotecar participaciones federales futuras para resolver urgencias inmediatas y alimentar la voracidad política del corto plazo. Se vendió como ingeniería financiera; en los hechos, fue ingeniería del saqueo institucionalizado.

Hoy vemos las consecuencias: municipios pagando intereses eternos, créditos en UDIS convertidos en trampas inflacionarias y administraciones completas incapaces de liberar recursos para obra pública porque el dinero ya tenía dueño desde antes de llegar a las arcas municipales.

Coatzacoalcos es quizá el ejemplo más dramático. Una ciudad estratégica para el desarrollo energético y portuario del país, pero financieramente devastada. Una ciudad rica administrada como pobre. Una contradicción profundamente mexicana.

Pasar de una deuda de 181 millones a 28 millones representa un alivio financiero de enorme magnitud. Significaría liberar recursos retenidos durante años únicamente para alimentar intereses bancarios. Significaría recuperar capacidad de inversión, flujo operativo y margen de maniobra administrativa.

Pero aquí es donde conviene bajar el volumen de la propaganda y subir el de la memoria histórica.

Porque en México ya conocemos perfectamente el libreto del “rescate financiero”. Primero se endeuda irresponsablemente. Después se renegocia. Luego se presume como logro político lo que en realidad fue la corrección tardía de un desastre provocado por la propia clase gobernante. Y mientras tanto, nadie responde por los responsables originales del quebranto.

La pregunta incómoda sigue intacta: ¿quiénes hundieron financieramente a los municipios veracruzanos? Porque las deudas no aparecieron por generación espontánea. Hubo alcaldes, tesoreros, congresos complacientes, bancos felices cobrando intereses y gobiernos estatales mirando hacia otro lado mientras hipotecaban el futuro municipal.

El esquema anunciado por Rocío Nahle tiene, sin duda, un componente innovador. Que el gobierno estatal absorba parte importante de la deuda bursatilizada rompe con la lógica tradicional del “arréglense como puedan”. Puede convertirse en un precedente nacional si realmente fortalece las finanzas locales sin sustituir una dependencia por otra.

Sin embargo, el verdadero saneamiento financiero no se mide únicamente en reducir pasivos. Se mide en impedir que el ciclo vuelva a repetirse. Porque de nada servirá aliviar la deuda si los municipios continúan siendo cajas chicas electorales, refugios de incompetencia administrativa o botines sexenales.

La tragedia financiera de muchos ayuntamientos veracruzanos no nació en los bancos: nació en la impunidad y negociación política.

Y ahí está el núcleo del problema. En Veracruz llevamos años celebrando como hazañas gubernamentales lo que en cualquier democracia funcional sería apenas la obligación mínima de reparar los daños causados por décadas de corrupción, negligencia y cinismo administrativo.

Porque rescatar municipios está bien; lo verdaderamente imperdonable es que quienes los quebraron sigan paseándose por la política como si nunca hubieran firmado la sentencia financiera de ciudades enteras.

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Xalapa: del turismo de discurso al turismo de resultados


Por Miguel Ángel Cristiani G.

¿De qué sirve cruzar el Atlántico para vender ilusiones si ni siquiera hemos logrado ordenar la casa? La promoción turística de Veracruz, y en particular de Xalapa, parece debatirse entre la foto internacional y la ausencia de resultados tangibles. Porque una cosa es viajar a ferias en Europa y otra muy distinta es atraer turistas que realmente dejen derrama económica en hoteles, restaurantes y comercios locales.

La participación de Xalapa en el Tianguis Turístico de Acapulco 2026, del 27 al 30 de abril, es, en principio, una buena noticia. No por el evento en sí —que lo es—, sino porque implica un regreso al terreno donde verdaderamente se juegan los resultados: el mercado nacional. Ahí están los operadores, las agencias que sí venden, los compradores que sí mueven flujos turísticos reales. No es un escaparate de buenos deseos; es una mesa de negocios.

Y aquí es donde comienza la pregunta incómoda: ¿qué dejó la reciente participación de Veracruz en la Feria Internacional de Turismo en España? Hasta ahora, silencio. Ningún informe claro, ninguna cifra verificable, ningún dato que permita evaluar si el gasto público invertido tuvo retorno. En política pública, lo que no se mide, no existe. Y lo que no se transparenta, huele mal.

El problema de fondo es estructural. Veracruz no compite —ni puede competir— con los destinos de sol y playa del Caribe mexicano. Cancún, Playa del Carmen y la Riviera Maya juegan en otra liga: infraestructura de primer nivel, conectividad internacional, inversión privada sostenida y una narrativa turística consolidada. Pretender que el turismo europeo voltee masivamente hacia Xalapa es, siendo generosos, ingenuo.

Eso no significa que Xalapa no tenga potencial. Lo tiene, y mucho. Su inigualable riqueza cultural, su entorno natural, su vocación universitaria, su clima y su rica historia son activos valiosos. Pero el turismo no se construye con discursos ni con viajes protocolarios de funcionarios: se construye con estrategia, inversión inteligente y continuidad.

El Tianguis Turístico representa, en ese sentido, una oportunidad realista. Ahí no se venden postales, se venden paquetes. Ahí no importan los discursos de que Veracruz está de Moda, importan las citas de negocio. Más de mil compradores internacionales y nacionales, operadores, mayoristas y medios especializados no están interesados en promesas: buscan productos turísticos claros, experiencias bien diseñadas y condiciones competitivas.

Si Xalapa acude con una oferta desarticulada, sin rutas claras, sin paquetes integrados, sin alianzas con el sector privado, entonces será una participación más para la estadística… o peor aún, para el álbum de bonitas fotografías oficiales. Pero si llega con inteligencia —segmentando mercados, apostando por turismo cultural, de naturaleza y de eventos—, entonces puede comenzar a construir un posicionamiento serio.

La clave está en entender que el turismo es una industria, no un acto de promoción política. Requiere planeación de largo plazo, coordinación entre niveles de gobierno y, sobre todo, una relación honesta con el sector empresarial. Sin hoteles competitivos, sin servicios de calidad, sin seguridad y sin conectividad, no hay campaña que funcione.

Además, hay un elemento que suele ignorarse: el turismo nacional sigue siendo el motor principal del país. Apostar por atraer visitantes de Ciudad de México, Puebla, Estado de México o incluso del propio sureste puede generar resultados mucho más inmediatos que intentar seducir a mercados lejanos sin condiciones reales para recibirlos.

La narrativa oficial suele caer en el triunfalismo fácil: “promoción internacional”, “posicionamiento global”, “proyección turística”. Palabras bonitas que, sin indicadores duros, se vuelven propaganda. Y Veracruz ya no está para propaganda; está para resultados.

Porque al final del día, la pregunta es simple: ¿cuántos turistas llegaron?, ¿cuántas noches de hotel se vendieron?, ¿cuánta derrama económica se generó? Todo lo demás es retórica.

Xalapa tiene una oportunidad en Acapulco, pero también una prueba: demostrar que aprendió que el turismo no se presume, se mide.

Si después de tanto viaje, tanto discurso y tanta feria internacional, los resultados siguen siendo invisibles, entonces no estamos ante una estrategia turística, sino ante un costoso ejercicio de simulación.

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Veracruz: rescatar el centro antes de que se nos caiga la historia


Por Miguel Ángel Cristiani G.

A veces el abandono habla más fuerte que los discursos oficiales. Basta caminar por el primer cuadro del puerto de Veracruz para entenderlo: balcones sostenidos por milagro, muros que se desmoronan, techos vencidos por el tiempo y edificios históricos convertidos en ruinas urbanas. No es una metáfora; es la postal real que ven miles de turistas cada semana.

Hace apenas unos días señalábamos en este espacio algo elemental: el deterioro del Centro Histórico no es solo un problema estético, es un riesgo público. Cuando una fachada centenaria amenaza con desplomarse sobre la banqueta, el asunto deja de ser patrimonial y se vuelve una cuestión de seguridad.

Por eso resulta relevante —y necesario— el anuncio de que el Gobierno de Veracruz intervendrá inmuebles abandonados en el Centro Histórico del puerto. La gobernadora Rocío Nahle García lo dijo con claridad: “no podemos seguir esperando a que los dueños quieran arreglar”.

La frase tiene sentido. Durante décadas, la historia del centro porteño ha sido una mezcla de abandono privado y omisión pública. Muchos edificios pertenecen a particulares que, por especulación inmobiliaria, desinterés o falta de recursos, simplemente los dejaron morir. Mientras tanto, las autoridades miraban hacia otro lado.

El problema no es menor. El Centro Histórico de Veracruz no es cualquier zona urbana. Es uno de los espacios con mayor valor histórico del país. Desde ahí se ha contado buena parte de la historia nacional: el comercio colonial, las invasiones extranjeras, el auge del puerto, el tránsito cultural del Golfo de México.

Pero hoy, entre restaurantes, hoteles y comercios activos, sobreviven también decenas de casonas abandonadas que parecen salidas de una ciudad fantasma.

La paradoja es evidente: Veracruz vive en gran medida del turismo, pero descuida uno de los escenarios más emblemáticos de su identidad urbana.

El deterioro no solo afecta la imagen de la ciudad. También impacta la economía local. Un centro histórico en ruinas ahuyenta inversiones, limita la actividad comercial y reduce el potencial cultural del puerto. Ciudades del mundo han demostrado lo contrario: cuando el patrimonio urbano se rescata, el turismo crece, el comercio se dinamiza y la identidad colectiva se fortalece.

Ahí están ejemplos como Cartagena, La Habana Vieja o el propio Centro Histórico de la Ciudad de México, donde la recuperación del patrimonio fue resultado de políticas públicas sostenidas, inversión y coordinación con los propietarios.

En Veracruz, en cambio, la recuperación ha sido lenta, fragmentada y muchas veces simbólica.

Por eso la intervención gubernamental anunciada plantea una discusión necesaria: ¿hasta dónde debe llegar el Estado cuando la propiedad privada abandona su responsabilidad histórica?.

La Constitución protege la propiedad, sí, pero también reconoce la función social del patrimonio cultural. Cuando un inmueble histórico amenaza con colapsar o deteriora el entorno urbano, el interés público no puede seguir esperando la buena voluntad del propietario.

No se trata de expropiar indiscriminadamente ni de imponer decisiones arbitrarias. Se trata de aplicar la ley, promover la restauración, incentivar la inversión y, cuando sea necesario, intervenir para evitar que la memoria arquitectónica de una ciudad termine convertida en escombros.

El rescate del Centro Histórico de Veracruz requiere algo más que declaraciones. Necesita un programa integral: inventario de inmuebles abandonados, mecanismos legales para intervenirlos, incentivos fiscales para su restauración, participación de universidades y especialistas en conservación, y una visión de desarrollo urbano que entienda que el patrimonio no es un estorbo, sino un activo económico y cultural.

Porque el deterioro del centro no ocurrió de la noche a la mañana. Es el resultado de décadas de indiferencia institucional y de propietarios que dejaron que el tiempo hiciera el trabajo de demolición.

Si el gobierno estatal realmente está dispuesto a actuar, el anuncio puede ser el inicio de una política urbana largamente esperada. Pero el reto será pasar del discurso a la obra concreta, del anuncio mediático al rescate real de las calles, las fachadas y la historia que todavía resiste entre los muros del viejo Veracruz.

Porque una ciudad que permite que su patrimonio se derrumbe no solo pierde edificios: pierde memoria, identidad y dignidad urbana.

Cuando una ciudad o municipio deja caer sus edificios históricos por abandono y desidia, lo que termina en ruinas no es la arquitectura, sino la responsabilidad pública de quienes debieron protegerla.

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La renuncia que nadie quiere firmar


Por Miguel Ángel Cristiani G.

En política, lo que se ordena desde el poder suele convertirse en una prueba de lealtad. Pero también —y con frecuencia— en un termómetro de congruencia. Y en estos días, ese termómetro está midiendo la temperatura política dentro del partido oficial Morena con una pregunta simple: ¿Quién está dispuesto a dejar el cargo para competir por otro?

La instrucción vino desde la propia presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Desde la conferencia matutina —esa tribuna institucional convertida en escenario cotidiano de la política nacional— dejó claro que quienes aspiren a un cargo de elección popular por Movimiento Regeneración Nacional deberán renunciar previamente a sus funciones si actualmente ocupan un cargo público, ya sea federal, estatal o municipal.

La lógica parece elemental: evitar que los aspirantes utilicen recursos públicos, influencia institucional o ventajas administrativas para posicionarse electoralmente. No es un invento nuevo. Es un principio básico de equidad en las contiendas que, de hecho, ha sido defendido durante años por la propia izquierda mexicana cuando era oposición.

La pregunta inevitable es si ese principio se aplicará con la misma disciplina que antes se exigía a los gobiernos priistas y panistas.

A nivel federal ya comenzaron a aparecer las primeras respuestas. Tres senadoras de Morena pidieron licencia para competir en las elecciones que vienen: Beatriz Mojica en Guerrero, Imelda Castro en Sinaloa y Andrea Chávez en Chihuahua.

El caso de Mojica es particularmente interesante: en Guerrero aparece como una de las figuras más competitivas dentro del oficialismo. En Sinaloa, Imelda Castro entra a un terreno político complejo, donde las estructuras locales pesan más que las simpatías nacionales. Y en Chihuahua, Andrea Chávez enfrenta un escenario más complicado: aunque cuenta con respaldo político en el Senado, en territorio parece ir por debajo del alcalde juarense, Cruz Pérez Cuéllar, quien mantiene una presencia política más consolidada en la frontera.

Hasta ahí, la disciplina partidista parece caminar.

Pero cuando se baja la lupa al nivel estatal —particularmente en Veracruz— el panorama cambia de manera curiosa.

Porque en el terruño veracruzano, hasta ahora, nadie ha presentado renuncia para buscar una candidatura de Morena.

Ni funcionarios federales asentados en el estado.

Ni secretarios del gobierno estatal.

Ni alcaldes con aspiraciones evidentes.

Ni delegados que llevan meses en abierta promoción política.

Y eso abre una interrogante que va más allá del simple trámite administrativo.

Si la instrucción vino desde la Presidencia, ¿por qué nadie se mueve?

Hay varias posibles explicaciones. La primera es política: muchos aspirantes esperan que las definiciones se retrasen para no soltar el cargo antes de tiempo. La segunda es estratégica: nadie quiere quedarse sin puesto y sin candidatura al mismo tiempo. Y la tercera —la más incómoda— es que quizá algunos creen que la instrucción presidencial aplica para otros… pero no para ellos.

En la cultura política mexicana existe un viejo vicio: la simulación. Se acata el discurso, pero se evade el costo. Se respeta la forma, pero se estira la norma hasta donde aguante.

Y ahí es donde empieza a ponerse a prueba la llamada “transformación”.

Porque gobernar con autoridad moral implica algo más que repetir consignas: exige coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Si Morena quiere demostrar que es distinto a los partidos que durante décadas criticó, tendrá que empezar por aplicar sus propias reglas con la misma severidad con que antes exigía las de los demás.

Y eso incluye algo tan simple —y tan difícil— como renunciar al poder cuando se quiere aspirar a otro.

Porque en política la congruencia no se proclama en la tribuna: se demuestra con decisiones personales.

Y hasta ahora, en Veracruz, el silencio de las renuncias empieza a sonar más fuerte que cualquier discurso.

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