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Cuando la excepción se vuelve la regla


* 45 millones de pesos, 48 horas y las preguntas que el gobierno todavía debe responder

Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay decisiones de gobierno que, más allá de su impacto mediático, dejan una estela de preguntas que ninguna estrategia de comunicación alcanza a disipar.

El concierto del DJ neerlandés Martin Garrix en la Macroplaza del puerto de Veracruz fue, sin duda, un éxito de convocatoria. Miles de personas disfrutaron del espectáculo, los hoteles reportaron buena ocupación y las autoridades celebraron el evento como una muestra de que Veracruz puede albergar espectáculos internacionales.

Hasta ahí, nadie tendría motivo para objetar.

El problema comienza cuando el espectáculo termina y aparece el expediente administrativo.

La información difundida sobre la contratación señala un monto de 45.4 millones de pesos y un procedimiento formalizado apenas 48 horas antes del evento, mediante adjudicación directa. No es un detalle menor. Es precisamente el tipo de decisiones que, por su cuantía y oportunidad, exigen la mayor transparencia posible.

Las leyes de adquisiciones contemplan excepciones a la licitación pública. Existen casos en los que la adjudicación directa puede ser legal y procedente. Sin embargo, cuando se trata de recursos públicos por decenas de millones de pesos, la legalidad no basta por sí sola: también es indispensable que exista una explicación clara, completa y accesible para la ciudadanía.

Porque aquí la pregunta no es si Martin Garrix merece cobrar lo que cobra. Ése es el valor que fija el mercado del entretenimiento internacional.

La verdadera pregunta es otra:

¿Por qué un contrato de esta magnitud terminó formalizándose apenas dos días antes del espectáculo?

Los conciertos de talla internacional no se organizan de un día para otro. Requieren negociaciones, logística, permisos, producción, transporte, hospedaje, seguridad, montaje y promoción que normalmente comienzan con meses de anticipación.

Si la planeación inició con suficiente tiempo, ¿por qué el procedimiento administrativo se resolvió hasta el final?

Y si realmente se tomó la decisión apenas unos días antes, entonces la interrogante es todavía más delicada: ¿qué circunstancias justificaron actuar con esa premura?

El dinero utilizado no pertenece al gobierno en turno.

Pertenece a los contribuyentes.

Cada peso que sale del erario lleva implícita una obligación de rendir cuentas.

En una democracia, la transparencia no debe ser una reacción ante la crítica; debe formar parte natural de la administración pública. Los expedientes de contratación, las justificaciones legales, los dictámenes técnicos y los criterios para determinar el monto contratado tendrían que estar disponibles para cualquier ciudadano interesado en conocerlos.

Eso no debilita al gobierno.

Lo fortalece.

Lo contrario alimenta inevitablemente las sospechas, aun cuando el procedimiento hubiera sido plenamente legal.

Ésa es la paradoja de la administración pública: muchas veces el problema no nace de una irregularidad comprobada, sino de la falta de información suficiente para disipar las dudas.

Y cuando la información llega a cuentagotas, las redes sociales terminan llenando el vacío con especulaciones.

En política existe una máxima que nunca pierde vigencia:

La confianza tarda años en construirse y apenas unos minutos en ponerse en duda.

Por eso el debate no debería concentrarse en el artista, ni en el escenario, ni siquiera en el éxito del espectáculo.

El verdadero tema es la transparencia.

Porque cuando un contrato público de 45.4 millones de pesos genera más preguntas que respuestas, el espectáculo deja de estar sobre el escenario y se traslada inevitablemente al escritorio donde se firmó el expediente.

Y en materia de gobierno, pocas cosas resultan más costosas que la percepción de que las excepciones terminan convirtiéndose en la regla.

Bitácora Final

La ciudadanía no cuestiona que existan espectáculos de primer nivel. Lo que exige es saber, con claridad y sin reservas, cómo se decidió gastar su dinero. La transparencia no cancela los conciertos; los legitima. En una administración pública moderna, el mejor aplauso no siempre proviene del público frente al escenario, sino de la confianza que inspira un expediente abierto al escrutinio ciudadano.

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México Bárbaro


Uriel Flores Aguayo 

Me considero un mexicano orgulloso de su país, por haber nacido y vivir aquí. Lo asumo de corazón y trato de aportar algo positivo a la comunidad. Sin patrioterismo, ni ombligo del mundo, sin exaltaciones nacionalistas, pero orgulloso de México, en historia y cultura. 

Todavía traigo a flor de piel las emociones que me dejó el reciente mundial de futbol. El sentimiento de orgullo no es aplicable a sus élites económicas y, en muchos casos, tampoco a las políticas, en general lejanas al interés colectivo y a un sentido de Estado. Todo evoluciona en la vida y en el mundo, no somos excepción; en muchos aspectos hemos avanzado, desde luego. 

Tenemos indicadores de un país medio y gozamos de un impulso económico importante por nuestra vecindad con la mayor potencia mundial. Tenemos muchos puntos a favor. Hay identidad e historia. 

En cambio, hay zonas grises y oscuras que nos plantean enormes desafíos en materia de seguridad y funcionamiento de muchos ámbitos de nuestra sociedad. Impacta la existencia generalizada del llamado huachicol de gasolina y gas, que sea una práctica tan extendida en el territorio nacional y que incluya refinerías clandestinas y todo tipo de instalaciones; impacta el llamado huachicol fiscal; impacta el robo de medicinas y colocación en tianguis; impacta el robo de agua y venta en pipas; impacta la invasión de casas cuya autoría ha dado lugar a los carteles inmobiliarios; impacta la rapiña en accidentes de camiones y trenes; impactan las extorsiones; impactan las levas juveniles; impacta la trampa en el examen de ingreso a la UNAM; impactan los asaltos en carreteras; impacta la violencia criminal en amplias regiones, impacta que los  marinos conduzcan trenes. 

Estamos ante un cuadro que se presenta todo o en partes de acuerdo a ciertas zonas de nuestro país. En fin, impresiona ese lado entre oscuro y bárbaro de México, que convive con otras caras normales, modernas y seguras. Son líneas que nos hablan de una sociedad con serias dificultades para desarrollarse plenamente, para ascender homogéneamente, y de un Estado débil, no de ahora, si no desde antes o de siempre. 

Eludir los problema, posponerlos o no poder resolverlos cuestiona el sentido de Estado gubernamental. No es cuestión de un partido, por mayoritario que sea. O asunto electoral y cargos públicos. No, es tarea de Estado fuerte, sustentado en capacidades y absoluta legitimidad. 

Su presencia sólida en todo el territorio nacional inhibiría a los grupos irregulares y daría garantías de gobernabilidad. Es el Estado nacional la instancia indispensable para cumplir con su obligación de brindar seguridad a la sociedad, controlar las fronteras, desarmar a los grupos informales e impedir que las funciones estatales sean disputadas por particulares. 

Recadito: 🇲🇽 El mundial de futbol nos dejó de buenas ⚽️.

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Antes de gobernar...que presenten una fianza


Por Miguel Angel Cristiani 

En México, quien maneja una caja chica debe comprobar hasta el último peso. Un tesorero municipal, un administrador o un funcionario de nivel medio saben que cualquier irregularidad puede derivar en observaciones, sanciones e incluso responsabilidades administrativas o penales. Sin embargo, existe una paradoja que raya en el absurdo: quienes administran instituciones de las que dependen miles de vidas rara vez responden por los resultados de su gestión. 

Tal pareciera que el dinero público vale más que la vida de los ciudadanos.

Cuando un puente se cae, cuando una carretera queda inconclusa o cuando una obra presenta fallas, se anuncian investigaciones, auditorías y deslindes de responsabilidades. Pero cuando un paciente con cáncer espera meses por un tratamiento; cuando una cirugía se pospone una y otra vez; cuando faltan medicamentos, especialistas o equipo médico, la explicación suele reducirse a una frase burocrática: "se están revisando los procedimientos".

Mientras tanto, el reloj biológico de la enfermedad no espera.

Cada día de retraso puede representar una oportunidad perdida para salvar una vida. Y, sin embargo, casi nunca conocemos el nombre del funcionario que asumió la decisión, autorizó el recorte, dejó vacante una plaza o permitió que la ineficiencia se convirtiera en política pública.

En el IMSS, como en muchas instituciones del Estado mexicano, el problema ya no puede explicarse únicamente por la falta de presupuesto. También debe hablarse de planeación, administración, supervisión y capacidad de respuesta. Porque una institución puede disponer de recursos y, aun así, fracasar cuando la conducción es deficiente.

Gobernar no debería significar administrar el poder sin consecuencias. Quien acepta dirigir una dependencia pública también debería aceptar responder por los efectos de sus decisiones. No solo por el manejo del dinero, sino por el impacto que esas decisiones tienen en la vida de las personas.

Quizá ha llegado el momento de replantear el concepto de responsabilidad pública. No basta con entregar un informe de labores o presentar una renuncia cuando la crisis estalla. La rendición de cuentas debe ir más allá del discurso y alcanzar a quienes toman las decisiones que afectan derechos fundamentales, como el acceso a la salud.

Porque administrar recursos públicos es una enorme responsabilidad. Pero administrar la salud de millones de mexicanos implica una obligación todavía mayor.

Tal vez por eso, antes de gobernar, habría que exigir algo más que un currículum, un discurso o una promesa de campaña. Habría que exigir compromiso, capacidad y la disposición de responder por las consecuencias de cada decisión.

De lo contrario, seguiremos viviendo en un país donde las responsabilidades se diluyen entre oficios, comunicados y conferencias de prensa, mientras las familias cargan con pérdidas que nunca debieron ocurrir.

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Esperar también puede costar la vida

 


LOS EXPEDIENTES DE BITÁCORA POLÍTICA

Expediente 001

El IMSS Veracruz Norte frente al desafío de recuperar la confianza de sus derechohabientes

Por Miguel Ángel Cristiani G.

"En medicina, el tiempo es parte del tratamiento. Cuando la burocracia retrasa la atención, el reloj deja de ser un aliado del paciente."

Hay asuntos donde la política debe guardar silencio para que hablen los hechos. La salud pública es uno de ellos. Quien espera una consulta oncológica, una cirugía o un medicamento no pregunta de qué partido es el funcionario responsable; pregunta cuánto tiempo más tendrá que esperar.

En Veracruz Norte, esa pregunta comienza a repetirse con demasiada frecuencia.

Durante los últimos meses han trascendido testimonios de derechohabientes que denuncian retrasos en consultas con especialistas, reprogramación de estudios diagnósticos, dificultades para surtir medicamentos oncológicos y largas esperas para acceder a tratamientos que, por su naturaleza, deberían iniciarse con oportunidad. Cada caso tiene circunstancias distintas, pero cuando las historias empiezan a parecerse entre sí, corresponde preguntarse si existe un problema estructural que requiere atención inmediata.

No es una inquietud menor. La propia Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha emitido recomendaciones al Instituto Mexicano del Seguro Social por violaciones al derecho a la protección de la salud, la vida y el trato digno en casos registrados en Veracruz. Esas resoluciones no permiten generalizar todos los servicios del instituto, pero sí obligan a reconocer que existen antecedentes documentados que no pueden minimizarse.

En paralelo, pacientes con cáncer han hecho públicas sus dificultades para obtener algunos medicamentos esenciales, mientras autoridades estatales y federales han informado de acciones para mejorar el abasto y fortalecer la atención especializada. Entre ambas versiones existe un espacio que sólo puede llenarse con información verificable.

Ése es precisamente el terreno donde debe actuar el periodismo.

No para dictar sentencias. No para amplificar rumores. Tampoco para construir culpables anticipados. Su responsabilidad consiste en formular las preguntas que millones de derechohabientes tienen derecho a conocer.

¿Cuánto tiempo espera en promedio un paciente para ser atendido por un especialista en oncología en la delegación Veracruz Norte?

¿Cuántos tratamientos han sido reprogramados por falta de medicamentos o insumos?

¿Cuántas plazas de especialistas permanecen vacantes?

¿Cuál es el porcentaje real de surtimiento de recetas oncológicas?

¿Cuál es el plan institucional para reducir los tiempos de espera?

Responder estas preguntas no debería entenderse como una concesión a la prensa, sino como un ejercicio elemental de transparencia hacia quienes sostienen al sistema de seguridad social con su trabajo y sus contribuciones.

Sería injusto atribuir la responsabilidad exclusivamente al personal médico. Quienes diariamente atienden hospitales y clínicas enfrentan cargas de trabajo extraordinarias y limitaciones que muchas veces rebasan su ámbito de decisión. Si existen deficiencias, corresponde revisar los procesos administrativos, la planeación, el abasto, la contratación de especialistas y los mecanismos de supervisión.

La confianza en una institución como el IMSS no se construye únicamente con campañas de comunicación ni con cifras nacionales. Se fortalece cuando el paciente recibe atención oportuna, encuentra el medicamento que necesita y percibe que su tiempo vale tanto como su vida.

La salud pública no admite triunfalismos. Tampoco admite indiferencia.

Veracruz merece saber si los problemas denunciados corresponden a casos aislados o a una situación que exige medidas extraordinarias. El IMSS tiene la oportunidad de demostrar, con datos y acciones concretas, que la institución escucha a sus derechohabientes y corrige aquello que deba corregirse.

Porque cuando un paciente espera, no sólo transcurren los días. También transcurre la oportunidad de recuperar la salud.

Una democracia se mide por muchas cosas; entre ellas, por la capacidad de sus instituciones para responder antes de que la espera se convierta en una sentencia.

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La educación no admite improvisados


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay decisiones políticas que duran un sexenio. Sus consecuencias, en cambio, pueden marcar a toda una generación.

La salida de Claudia Tello de la Secretaría de Educación de Veracruz era un desenlace que muchos anticipaban. Durante meses circularon versiones sobre su eventual relevo, alimentadas por una gestión caracterizada por conflictos constantes con sindicatos, trabajadores y diversos actores del sistema educativo. Lo extraordinario no fue su salida; lo verdaderamente importante es lo que ese relevo vuelve a poner sobre la mesa: ¿con qué criterios se designa a quienes administran la educación de millones de veracruzanos?

Ésa debería ser la discusión.

La Secretaría de Educación no es una oficina de trámite ni un espacio para premiar lealtades políticas. Es la dependencia con uno de los presupuestos más importantes del gobierno estatal y la responsable de conducir el sistema educativo que forma a las futuras generaciones. Cada decisión administrativa repercute en aulas, maestros, alumnos y familias.

Por eso sorprende que, una vez más, el debate público termine concentrándose en nombres, amistades y afinidades políticas, cuando la verdadera pregunta debería ser otra: ¿el perfil de quien llega responde a la magnitud de la responsabilidad que asume?

Toda persona merece la oportunidad de demostrar su capacidad. Nadie debería ser condenado antes de ejercer un cargo. Pero esa presunción de competencia no exime a los gobiernos de una obligación elemental: explicar por qué una persona fue considerada la mejor opción.

En las democracias consolidadas, los nombramientos en áreas estratégicas suelen acompañarse de una exposición clara de la trayectoria profesional, la experiencia administrativa y los resultados que respaldan la designación. No es un gesto de cortesía; es un acto de transparencia y de respeto hacia los ciudadanos.

Cuando esa información no se comunica con claridad, el vacío lo ocupan inevitablemente las especulaciones.

El problema, sin embargo, rebasa este relevo.

Desde hace años, Veracruz ha padecido una práctica que atraviesa administraciones de distintos partidos: convertir algunas dependencias públicas en espacios donde la cercanía política pesa más que la experiencia técnica. Cambian los gobernantes, cambian los discursos y cambian los colores partidistas, pero esa lógica permanece intacta.

La educación ha sido una de sus principales víctimas.

Mientras se suceden los secretarios, los problemas estructurales siguen esperando solución: infraestructura deteriorada, rezagos administrativos, conflictos laborales recurrentes y desafíos educativos que no admiten improvisaciones ni curvas de aprendizaje demasiado largas.

Gobernar la educación exige algo más que buena voluntad. Requiere conocimiento del sistema, capacidad de negociación, experiencia administrativa y liderazgo para conducir una de las instituciones más complejas del estado.

El relevo en la Secretaría de Educación representa ahora una oportunidad para romper con esa inercia. No bastará con un cambio de nombre en la oficina principal. Lo que la comunidad educativa espera son decisiones capaces de reconstruir la confianza, restablecer el diálogo con el magisterio y colocar nuevamente a los estudiantes en el centro de la política pública.

Porque ésa debería ser la prioridad de cualquier gobierno.

No las cuotas.

No las cercanías.

No las amistades.

La educación.

Los gobiernos tienen el derecho de nombrar a quienes consideren más aptos para integrar su equipo. Pero ese derecho lleva implícita una responsabilidad mayor: demostrar que el interés público estuvo por encima de cualquier consideración política.

En educación no hay margen para el ensayo y el error. Cada decisión equivocada no se mide únicamente en estadísticas o presupuestos; se mide en oportunidades perdidas para miles de niños y jóvenes que no tendrán otra generación para recuperar el tiempo que el gobierno desperdicie.

Cuando el mérito deja de ser el requisito para servir al Estado, la política deja de construir futuro y comienza a hipotecarlo.

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El fraude antes del fraude


El INE pospone las reglas mientras los partidos ya juegan el partido.

Por Miguel Ángel Cristiani G

Cuando la autoridad electoral aplaza las reglas para frenar los actos anticipados de campaña, no gana tiempo: pierde autoridad. Y cuando la ley llega después de la política, la democracia siempre termina pagando la factura.

Hay una vieja máxima en el derecho que dice que la justicia tardía deja de ser justicia. En materia electoral ocurre exactamente lo mismo: las reglas tardías dejan de ser reglas.

Eso fue precisamente lo que ocurrió cuando, en medio de visibles diferencias entre sus integrantes, el Consejo General del Instituto Nacional Electoral decidió aplazar la discusión sobre los lineamientos que pretenden regular las llamadas "pre-precampañas", esa ingeniosa figura política que no existe en la ley, pero que todos practican.

La decisión es mucho más grave de lo que parece.

Porque mientras los consejeros discuten cómo definirlas, los partidos ya las están realizando.

Y mientras el árbitro analiza el reglamento, los jugadores ya comenzaron el partido.

Desde hace varios procesos electorales la política mexicana inventó una nueva especialidad: hacer campaña sin decir que es campaña.

Ya no se pide el voto.

Ahora se "dialoga con la militancia".

No se promociona un candidato.

Se "fortalece el liderazgo".

No se recorren municipios para posicionarse.

Se realizan "asambleas informativas".

No se colocan espectaculares con fines electorales.

Se "difunden logros personales".

El lenguaje cambió.

La intención jamás.

Todos saben para qué sirven esas giras, esos videos, esas entrevistas, esas reuniones y esos espectaculares.

Todos saben quién aspira.

Todos saben quién busca posicionarse.

Lo único que falta es que alguien tenga el valor de reconocer que se trata de campañas disfrazadas.

Y ahí es donde el INE y el OPLE Veracruz parecen caminar siempre un paso detrás de la realidad.

No es un problema nuevo.

Desde hace años la autoridad electoral ha venido perdiendo capacidad para anticiparse a las nuevas formas mediante las cuales los partidos burlan la legislación.

Primero fueron los informes legislativos.

Después los informes de gobierno.

Más tarde aparecieron las asociaciones civiles.

Luego las giras nacionales.

Ahora llegan las "pre-precampañas".

La creatividad para evadir la ley avanza mucho más rápido que la capacidad institucional para impedirlo.

El problema no es únicamente jurídico.

Es profundamente político.

Porque la competencia electoral deja de ser equitativa cuando algunos actores pueden recorrer el país durante meses construyendo imagen pública antes de que oficialmente inicie el proceso.

Cuando finalmente comienza la campaña legal, unos llegan con meses —o años— de ventaja, mientras otros apenas pueden empezar a darse a conocer.

La cancha deja de estar pareja.

Y una democracia donde la competencia es desigual termina debilitando la confianza ciudadana.

Lo más preocupante es el mensaje institucional.

El INE nació precisamente para garantizar certeza.

Para ofrecer reglas claras.

Para evitar que el poder político se adelantara a la ley.

Sin embargo, el aplazamiento de estos lineamientos transmite exactamente lo contrario.

Da la impresión de que la autoridad sigue reaccionando ante los hechos consumados.

La democracia necesita árbitros que prevengan.

No notarios que documenten las infracciones cuando ya ocurrieron.

Más aún porque la Constitución establece con claridad los principios de legalidad, certeza, imparcialidad, objetividad, independencia y máxima publicidad como ejes rectores de la función electoral.

Cuando las reglas se discuten después de iniciadas las estrategias políticas, el principio de certeza comienza a erosionarse.

Y sin certeza jurídica aparecen la discrecionalidad y la sospecha.

Lo paradójico es que prácticamente todos los partidos dicen defender la legalidad electoral.

Pero todos encuentran la forma de caminar exactamente por el borde de la ley sin terminar de cruzarla.

La simulación terminó convirtiéndose en método de competencia.

Ya nadie rompe las reglas.

Simplemente las estira hasta donde permiten.

Y cuando ya no alcanzan, inventan una nueva figura política para seguir adelantándose.

No se necesita reformar nuevamente la legislación cada vez que aparezca una modalidad distinta de promoción política.

Se necesita voluntad para aplicar el espíritu de la ley, no únicamente su redacción literal.

Porque el ciudadano común distingue perfectamente cuándo alguien está haciendo campaña, aunque la propaganda diga que se trata de una simple reunión informativa.

La inteligencia de los electores suele ser mucho mayor que la imaginación de los estrategas políticos.

El verdadero riesgo no consiste en que existan "pre-precampañas".

El verdadero riesgo es que la autoridad termine normalizando que la ley siempre llegue tarde.

Porque cuando el árbitro decide discutir las reglas después de iniciado el juego, deja de conducir el partido para convertirse en un simple espectador.

3 principios fundamentales quedan bajo presión: legalidad, certeza y equidad, pilares constitucionales que deben regir toda contienda electoral y que se ven comprometidos cuando la promoción política se adelanta a la regulación.

Las reformas electorales de 2007 y 2014 buscaron cerrar espacios a la propaganda anticipada y garantizar condiciones equitativas para todos los contendientes. Sin embargo, cada proceso electoral ha dado origen a nuevas formas de promoción política que aprovechan vacíos normativos antes de que la autoridad logre responder.

Si todos saben que las "pre-precampañas" son campañas adelantadas, ¿qué está esperando la autoridad electoral el INE y el OPLE Veracruz a nivel local para llamarlas por su nombre?

Cuando el árbitro aplaza las reglas, los tramposos no esperan: simplemente toman ventaja.

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La educación no admite improvisados


Por Miguel Ángel Cristiani G.

En política suele decirse que nadie es indispensable. Es cierto. Lo preocupante no es que un funcionario se vaya; lo verdaderamente grave es que parezca dar exactamente lo mismo quién llegue.

La salida de Claudia Tello de la Secretaría de Educación de Veracruz era un desenlace anunciado. Durante meses, su permanencia fue objeto de rumores constantes. Las redes sociales la "renunciaron" en innumerables ocasiones antes de que la decisión se hiciera oficial. Esta vez, sin embargo, el relevo dejó de ser especulación para convertirse en realidad.

Su paso por la dependencia difícilmente podrá recordarse por logros de fondo. En cambio, sí quedará asociado a un ambiente permanente de confrontación con sindicatos, trabajadores y distintos actores del sistema educativo. Resulta complicado encontrar un periodo reciente en el que la Secretaría de Educación haya enfrentado tantas protestas, bloqueos y tomas de instalaciones en tan poco tiempo.

No se trata únicamente de un problema de carácter o de operación política. La Secretaría de Educación no es una oficina administrativa cualquiera. Maneja el presupuesto más grande del gobierno estatal y tiene bajo su responsabilidad el futuro académico de más de dos millones de estudiantes, miles de escuelas y decenas de miles de trabajadores.

Gobernar esa estructura exige experiencia administrativa, capacidad de negociación y conocimiento profundo del sistema educativo.

Por eso el relevo no debería analizarse únicamente desde la óptica de las amistades políticas o de las cuotas de poder.

Las primeras reacciones que generó el nombramiento de Raquel Bonilla apuntan precisamente hacia esa preocupación. Más allá de las descalificaciones apresuradas que suelen inundar las redes sociales, comenzó una pregunta legítima: ¿cuál es el perfil profesional de quien asumirá una de las responsabilidades públicas más importantes de Veracruz?.

Toda persona merece el beneficio de la duda. Nadie debería ser juzgado antes de ejercer el cargo. Sin embargo, ese beneficio no exime al gobierno de una obligación elemental: explicar por qué una persona fue considerada la mejor opción.

La transparencia comienza desde el nombramiento.

En cualquier democracia madura, cuando se designa al responsable de un área estratégica, se presenta su trayectoria, su preparación académica, su experiencia profesional y los resultados que respaldan su llegada. No se trata de un trámite protocolario. Es un acto de rendición de cuentas.

Bastaba una explicación clara para evitar que las especulaciones ocuparan el espacio de la información.

Pero el problema rebasa incluso este nombramiento.

Veracruz parece haber normalizado que las dependencias públicas sean ocupadas bajo criterios de cercanía política antes que de capacidad técnica. Esa práctica no comenzó en el actual gobierno. Viene de administraciones anteriores y ha sobrevivido a distintos colores partidistas.

La Secretaría de Educación quizá sea el mejor ejemplo.

La historia reciente demuestra que los cambios de secretario rara vez han significado una transformación de fondo. Cambian los nombres, cambian los equipos, cambian los discursos, pero los conflictos con el magisterio, la burocracia, la infraestructura escolar y los resultados educativos permanecen prácticamente intactos.

Mientras tanto, Veracruz continúa rezagándose en indicadores educativos que deberían ser motivo de preocupación permanente.

El verdadero debate no consiste en defender o atacar a quien llega. Consiste en preguntarnos si algún día dejaremos de considerar la educación como un espacio para recompensar lealtades políticas y empezaremos a tratarla como la política pública más importante para el futuro del estado.

Raquel Bonilla tiene ahora la oportunidad de demostrar, con resultados, que las dudas iniciales eran infundadas. Gobernar una institución tan compleja exige mucho más que cercanía con el poder; exige liderazgo, capacidad técnica y sensibilidad para reconstruir una relación deteriorada con el sector educativo.

Porque los gobiernos cambian cada seis años, los secretarios van y vienen, los partidos se alternan en el poder... pero las generaciones de estudiantes que pierden oportunidades por decisiones equivocadas ya no recuperan el tiempo perdido.

Cuando la política convierte la educación en un premio de lealtades y no en una responsabilidad de capacidades, el costo termina pagándolo toda una generación de veracruzanos.

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Hay Nicaragua, Nicaraguita



Uriel Flores Aguayo 

Explosivas, desgarradoras y deprimentes las palabras del vetusto dictador Daniel Ortega , exguerrillero, en el sentido de que en Nicaragua no habrá más elecciones. Junto a su esposa, Rosario Murillo, copresidenta, tienen veinte años, con un periodo anterior, de haberse instalado en el poder a sangre y fuego. 

Es un caso raro, de corte demencial; más allá del típico delirio de poder y culto a la personalidad. Han traicionado todo y a todos: encarcelaron a sus propios compañeros de partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, a otros los expulsaron del país después de despojarlos de patrimonio y nacionalidad. Gobiernan con el garrote y un discurso añejo y abstracto para justificar su carácter vitalicio. Duele. 

En 1979 encabecé una plantilla estudiantil en la Escuela Normal “ECR” a la que pusimos los colores rojo y negro inspirados en la revolución sandinista, además en los folders de propaganda teníamos la imagen del che Guevara. Creíamos en las revoluciones asumiendo que derivarían en sociedades igualitarias y justas; nos equivocamos, tales fenómenos sociales ocurren en determinadas coyunturas históricas y, sin falla, terminan en tiranías. Cuando se observan los detalles resulta que también ocurren en un contexto de intervención externa. 

Nicaragua está en Centroamérica, apenas rebasa los siete millones de habitantes con todo y un fuerte número de exiliados. Su gobierno tiene rasgos místicos, con prácticas esotéricas y un delirante culto a la personalidad del dueto presidencial. Es un poder de excesos al grado de perseguir a la iglesia católica, prohibiendo celebraciones y expulsando a sacerdotes; han expropiado sin freno alguno escuelas y bienes de la sociedad civil, a la que persiguen; obviamente no existe la libertad de expresión, es más, ninguna libertad. Ellos son los dueños del país, los que deciden todo en plan familiar y no se tientan el corazón para reprimir y matar. Son criminales. 

Anunciar la supresión de las elecciones, ya no únicamente que no sean libres, es hacer realidad su sueño dictatorial, es decir, desentenderse de la voluntad de la ciudadanía, pensar y decidir por ella. Superaron en mucho a Somoza, aquel dictador que derrocaron con una revolución. Son más crueles y falsifican su propia causa. Si el pueblo, visto aquí en un sentido amplio, no se puede expresar ni elegir a su gobierno, con todo y la propaganda, va a acumular la energía suficiente para expulsar algun día a los sandinistas del poder. Así lo indica la historia. Será lamentable, por supuesto, que tengan que acudir a la fuerza y sufrir violencia para recuperar la libertad y a su país. Por un poco de nostalgia y otro tanto de esperanza mientras tanto hay que escuchar las sublimes canciones de Carlos Mejía Godoy y los de "Palacaguina". Su canto es arte, reconforta e inspira. 

Recadito: ojalá los representantes populares se aparecieran en los momentos en que la gente tiene problemas.

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Adiós Mundial de Futbol


Uriel Flores Aguayo 

El próximo domingo con la final concluye la Copa Mundial de Fútbol, quedando el primer lugar para Argentina o España. 

Nuestra selección quedó en noveno lugar. Fueron días de fiesta, de máxima alegría y sublimes emociones, de llanto triste y feliz, de calles y plazas llenas y un nacionalismo puro. 

La algarabía y comunión distinguieron a los mexicanos: “pachangueros” y futboleros; somos una grandiosa afición. Queda un ánimo de satisfacción con lo que hizo nuestro equipo, se les reconoce la entrega y el esfuerzo. 

Es discutible la táctica del Vasco Aguirre en los últimos treinta minutos del partido contra Inglaterra, pero así es el futbol. Por lo demostrado ahí creo que teníamos para más, pero con lo logrado vivimos semanas felices. Nos distingue ser grandes anfitriones y brindar la hospitalidad suficiente a los visitantes extranjeros; los seguidores de los equipos que jugaron en nuestro país fueron tratados con respeto. 

Nuevas generaciones vivieron una experiencia mundialista, nuestras niñez y juventud sintieron la pasión de una copa de futbol; se entregaron y festejaron al máximo los triunfos de nuestra selección; lo triste fue verlos llorar en la única derrota, lo sintieron profundamente. 

Me honra y envuelve de alegría, con tonos de felicidad, haber sido testigo de estos juegos, principalmente los cinco del TRI: dos en pantalla gigante, cortesía del Ayuntamiento xalapeño, y tres en televisiones; cuatro en Xalapa y uno en la CDMX, caminado en el centro histórico, la Alameda y Reforma, en medio del festejo multitudinario. Viví el ambiente chilango en verdad impresionado de la cantidad de gente y las manifestaciones festivas. No me conformé con verlo en TV. 

Agradezco a la vida esta oportunidad, la valoro mucho y la aproveché puntualmente. No creo tener un momento similar disfrutando otra copa en México, la del 2030 será distinta por la distancia. No solo es futbol, es mucho más: es ganar deportivamente, orgullo, identidad, comunidad, unión, lecciones y sueños; fueron días de esperanzas y fe, de posponer diferencias y ocupar un espacio común. De la nueva generación de jugadores(Mora, Tiloncito, la hormiga, Brayan, Oved, etc. ) saldrán ídolos ejemplares para nuestra juventud y la selección que hará que confiemos en ser mejores en el futbol, el deporte y la sociedad toda. 

No hay nada que reclamar a nuestros jugadores, cumplieron. Nos hicieron soñar y disfrutar sus juegos. No hay el conformismo tradicional, ahora es diferente, con otra mentalidad. Siguen cuatro años para preparar a una mejor selección; el proceso inicia bien con Rafa Márquez, destacado ex jugador, como director técnico. Se debe planear correctamente. 

Los cambios estructurales en el futbol mexicano son indispensables: menos jugadores extranjeros, ascenso y descenso, más salida de jugadores a Europa y mayor transparencia en el manejo de la federación mexicana de futbol. Me resta decir: !que viva el futbol! . 

Recadito: La cercanía con la gente es el rasgo principal de la Alcaldesa Daniela.

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Gracias Selección Mexicana de Futbol


Uriel Flores Aguayo
 

Siempre hay que ser agradecido. Más todavía con los días y juegos que nos regaló la selección mexicana de futbol. 

Fueron momentos de alegría e ilusión. Nos quedamos en el camino, pero la sensación y el consenso es de parcial satisfacción, porque dieron muestras de buen conjunto y buen futbol. Se vieron capaces y comprometidos. Fue un grato respiro después del fracaso, ese sí, del anterior mundial, el de Qatar. Quedan las impresiones de que teníamos para más, no alcanzó. 

El futbol y la Copa en específico son un elevado fenómeno social. Basta saber que los juegos de la selección fueron vistos en pantallas por más de sesenta millones de personas, casi la mitad de la población. 

Evidentemente tuvo máxima centralidad y fue el principal motivo de la conversación nacional. Estuvimos conectados a la marcha de la selección, los festejos fueron masivos y lo que le sigue. No hay otro factor que motive tal interés y vinculación, con una relativa excepción de las celebraciones guadalupanas. 

La identidad del futbol en nuestro caso es la conexión directa e inmediata con la identidad mexicana. Como nunca el himno y la bandera exhiben orgullo y pertenencia nacional. Creo que nos sentimos bien, que vivimos días felices. Una felicidad colectiva, espontánea y auténtica. Estuvimos unidos y aprendimos algo de tolerancia. El resultado visto en conjunto es positivo: cuatro victorias de cinco juegos, 10 goles a favor y tres en contra y quedamos en noveno lugar mundial. 

Soy de los que piensan que el nivel mostrado y el apoyo popular daba para más, como nunca, pero así es el futbol. Sin conformismo hay que valorarlo en positivo y mostrar a las nuevas generaciones que tenemos capacidad para ser mejores en todo; que sea una experiencia de éxito. Y que haya continuidad ascendente. 

Pasada la euforia, se acabó la fiesta, y con la calma del día después hay que enfocarnos en los cambios sustanciales que requiere el futbol mexicano; no deben ser medidas cosméticas o “gatopardistas”. 

Hacen falta reformas estructurales que tienen que ver con el ascenso y descenso, limitar el número de jugadores extranjeros y dar facilidades para la salida al mundo de los jugadores. Desde luego no se debe eludir la transparencia y aplicación justa de las reglas internas. Como acabamos de ver y vivir el futbol está asociado a fenómenos sociales e influye en el estado de ánimo de la sociedad. Eso que pasó forja comunidad y es una lección de unión. Es deporte y pueblo, sin  alusión política. Es una experiencia sana y constructiva. 

Celebro que hayamos tenido en México una parte de los juegos de este mundial, que nuestra selección estuvo a la altura y que los niños y jóvenes que hayan estado en su primera copa supieran de éxitos y esperanzas concretas. 

Nunca más “los ratones verdes”, cada vez más competitivos e inspiradores a nuestra niñez y juventud. Habrá muchas y variadas opiniones, técnicas o caseras, apáticas o positivas, habrá de todo, como debe ser, pero como se dice popularmente “lo bailado nadie nos lo quita”. 

Recadito: bien si entran nuevos autobuses a Xalapa, mejor si ponen orden en todo el transporte público.

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Las Redes Sociales y la Política


Uriel Flores Aguayo 

El internet es la mayor fuente de información a la sociedad, por encima de la TV y el Radio, en México. 

Los portales informativos superan por mucho a los medios impresos, aunque algunos de estos mantienen influencia por sus reportajes y exclusivas. Es una vorágine informativa, niveles de vértigo. 

Es tal la cantidad genuina más las campañas dirigidas que cuesta trabajo distinguir lo real y seleccionar lo importante. En el plano informativo la apertura es total, no se requieren redacciones formales ni instalaciones especiales. 

Basta un teléfono celular para producir y publicar. Es la creación espontánea y abundante de una especie de periodistas , reporteros, opinadores y analistas, lo que todo eso signifique; casi siempre con escasos lectores. 

Se localizan en ese medio quienes se presentan con nombre propio o crean un título referido a alguna plataforma con apariencia periodística. Hay una extensión abrumadora de puntos de vista , algunos presentados como analisis. Es mucho más cantidad que calidad. Hay de todo , de muchos niveles. Se ha generado una ocupación, en algunos casos consolidada. 

Esa masividad riñe con el rigor y aporta poco , más cuando se alinea con intereses comerciales y políticos. Su rasgo característico es la fugacidad: desaparece tan rápido como llega. En la facilidad de escribir y publicar hay un gran defecto: pocos datos y muchos juicios, con constantes ocurrencias. 

De alguna manera se empobrece la deliberación pública. No hay servicio real a la información ni a la transparencia; lo que podría derivar en una indispensable crítica se convierte en una mera opinión personal con fines individuales. Es lo que hay, así será por mucho tiempo.

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La Soledad de una Infancia Hiperconectada


* ¿Estamos educando niños o administrando silencios?

Por Psic. Verónica Rahe

La discusión sobre restringir el uso de celulares en las escuelas ha abierto un debate necesario. Algunos consideran que el teléfono es el gran enemigo de la infancia; otros defienden que la tecnología es parte inevitable de la vida moderna. Pero quizá la pregunta más importante no es si los niños deben tener un celular, sino por qué lo necesitan tanto.

¿Cuántas veces un niño recibe una pantalla porque no sabemos cómo acompañar su aburrimiento?

¿Cuántas veces le damos un dispositivo cuando en realidad necesita atención?

¿Estamos educando niños o administrando silencios?

La infancia y la adolescencia son etapas fundamentales para aprender a esperar, tolerar la frustración, regular las emociones y construir relaciones. Un cerebro en desarrollo necesita momentos de calma, imaginación y hasta de aburrimiento. El aburrimiento, aunque nos incomode, es la antesala de la creatividad y del autoconocimiento.

Sin embargo, las pantallas han convertido la inmediatez en una forma de vida. Cada video, cada notificación y cada estímulo enseña al cerebro a buscar recompensas instantáneas. Poco a poco, algunos niños dejan de aprender a convivir con el silencio, la espera y las emociones incómodas.

Cuando un niño está triste, enojado o ansioso y recibe una pantalla para calmarse, aprende un mensaje silencioso: que el malestar debe evitarse. Así, el celular puede convertirse en un refugio frente al aburrimiento, la soledad o la frustración.

Pero las emociones que se evitan no desaparecen; se transforman.

Aparecen la irritabilidad, la ansiedad, la dificultad para concentrarse y, en muchos casos, una creciente incapacidad para estar consigo mismos.

Estamos haciendo crecer generaciones cada vez más conectadas digitalmente y, al mismo tiempo, más desconectadas de su mundo emocional.

Las consecuencias también se observan en la manera de relacionarnos. Cada vez es más frecuente encontrar niños y adolescentes con cientos de interacciones en línea, pero con dificultades para sostener una conversación cara a cara, expresar lo que sienten o construir vínculos profundos. Las habilidades sociales no se descargan ni se actualizan; se aprenden en la presencia del otro, en el juego, en la empatía y en la convivencia.

Y hay una consecuencia aún más dolorosa.

Hubo un tiempo en que el acoso terminaba cuando sonaba la campana de la escuela. Hoy ya no.

El rechazo puede viajar en un mensaje, en un comentario o en una fotografía compartida sin consentimiento. El ciberacoso ha llevado la violencia hasta los espacios que antes eran refugio. Muchos niños llegan a casa y siguen sintiéndose observados, señalados o excluidos.

Como psicóloga, he acompañado a adolescentes que revisan su teléfono con miedo, que han dejado de participar en clase, que se aíslan de sus amigos o que, silenciosamente, han comenzado a creer que hay algo malo en ellos.

Y lo más doloroso es que muchos se sienten completamente solos.

No porque estén rodeados de pocas personas, sino porque sienten que nadie comprende la dimensión de su dolor.

Por eso, el debate sobre los celulares en las escuelas no debe centrarse únicamente en las distracciones académicas. Debe abrir una conversación seria sobre salud mental, regulación emocional y convivencia digital.

La tecnología no es el enemigo. El verdadero reto es enseñar a nuestros niños a utilizarla con límites saludables y recordarles que ninguna pantalla puede sustituir la seguridad de un vínculo humano.

Como padres y maestros, nuestra tarea sigue siendo la misma: escuchar antes de corregir, preguntar antes de juzgar y permanecer presentes antes de ofrecer soluciones.

Porque ningún niño necesita adultos perfectos.

Necesita adultos disponibles.

Adultos capaces de decirle:

"No estás exagerando."

"Lo que sientes importa."

"Y no tienes que pasar por esto solo."

Quizá, en un mundo cada vez más conectado, nuestra mayor responsabilidad siga siendo la de siempre: convertirnos en un lugar seguro al que nuestros niños y adolescentes puedan volver cuando el mundo les resulte demasiado difícil de sostener. 

Psic. Verónica Raher 

@psic.veroraher

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La violencia que elegimos ejercer


Por Angélica Cristiani M.

Veracruz aprendió demasiado pronto el lenguaje de la violencia.

Aquí el periodismo conoce el miedo con nombre y apellido. Conoce las llamadas de madrugada, las amenazas disfrazadas de “consejos”, el desprecio institucional, la censura económica, la estigmatización pública y, en demasiados casos, el asesinato. La libertad de expresión en este estado no es una teoría universitaria; es una conquista que ha costado vidas.

Por eso resulta doloroso observar que, mientras seguimos exigiendo respeto para el ejercicio periodístico, desde dentro del propio gremio también se alimentan otras formas de violencia.

Existe una violencia evidente: la que ejercen algunos funcionarios cuando desacreditan, humillan o intentan silenciar a periodistas incómodos. Esa violencia existe, debe denunciarse y jamás normalizarse.

Pero existe otra que rara vez nombramos porque incomoda más: la violencia que nace desde nuestras propias redacciones.

La que convierte a jóvenes reporteros en soldados de guerras ajenas.

La que utiliza la necesidad económica de quienes apenas comienzan para transformarlos en instrumentos de campañas de desprestigio.

La que enseña que una columna no debe buscar la verdad, sino el golpe más rentable.

La que confunde investigación con venganza.

La que transforma la crítica en mercancía y el periodismo en un negocio de resentimientos.

No es periodismo.

Es instrumentalización.

Y quizá esa sea una de las formas más perversas de violencia profesional: asesinar primero la conciencia antes que la carrera.

Conocí a Max Hernández durante un curso impartido por algunos de mis maestros de periodismo en la Universidad de Xalapa. Mi impresión personal fue la de alguien más preocupado por hacerse notar que por aprender. Después supe que impartía clases en esa misma universidad y, más que sorprenderme, me preocupó. No porque un mal maestro condene el futuro de una generación; todos hemos sobrevivido a docentes que terminaron enseñándonos, precisamente, lo que nunca debemos ser. Lo verdaderamente preocupante es cuando esa manera de entender el periodismo encuentra eco fuera del aula.

Lo digo por los constantes señalamientos que ha dirigido recientemente hacia la administración de Daniela Griego. Porque sí: el periodismo está obligado a cuestionar al poder. Está para investigar, documentar, contrastar y denunciar cuando existen abusos, corrupción o malos manejos. Esa es su razón de ser.

Lo que me provoca horror es otra cosa: atacar desde la ocurrencia, desde la opinión disfrazada de investigación o desde la simple autoridad que pretende otorgar una credencial de periodista. Una firma no sustituye las pruebas. Un micrófono no reemplaza la evidencia. Y una publicación viral nunca será equivalente a una investigación seria.

Los principios éticos no dependen de un título universitario.

La ética no se gradúa.

No la entrega una cédula profesional ni un diploma colgado en la pared.

Se demuestra cuando nadie está mirando.

Cuando publicar una mentira resulta más rentable que verificar un dato.

Cuando un periodista comprende que una sola línea puede destruir una reputación, alterar una elección, fracturar una institución o sembrar odio donde antes había dudas legítimas.

El problema es que hemos comenzado a normalizar la violencia porque ya no siempre tiene forma de bala.

A veces tiene forma de encabezado.

De filtración.

De campaña coordinada.

De publicación sin contexto.

De linchamiento digital.

Y cada vez que eso ocurre, el periodismo pierde una parte de la autoridad moral con la que después exige respeto para sí mismo.

Tampoco ayuda que esos golpes se conviertan en combustible para las redes sociales. Basta que alguien publique una descalificación sin sustento para que aparezca el desfile de oportunistas dispuestos a subirse al tren del mame. Ya no importa si la información es cierta; importa quién consigue más reacciones. Ya no interesa abrir una discusión pública informada; basta con fabricar un enemigo común para obtener unos cuantos aplausos digitales.

Y ahí está el verdadero riesgo.

Porque cuando el periodismo sustituye la investigación por el linchamiento, deja de informar y comienza a fabricar turbas.

Las turbas no verifican.

No contrastan.

No escuchan.

Solo repiten.

Y una sociedad que aprende a repetir antes que a pensar termina siendo mucho más fácil de manipular.

No podemos exigir que cesen las agresiones contra la prensa mientras celebramos las agresiones que nacen desde la propia prensa.

La congruencia también es una forma de proteger la libertad de expresión.

En un estado donde ejercer el periodismo ha costado vidas, deberíamos ser los primeros en rechazar cualquier forma de violencia, incluso aquella que produce aplausos, seguidores o tendencias.

Porque la credibilidad del periodismo no muere cuando un gobierno intenta censurarlo.

Empieza a morir cuando el propio periodista descubre que es más rentable provocar que investigar, más fácil destruir que demostrar y más cómodo sumarse al tren del mame que sostener el peso de la verdad.

Y el día que confundamos los aplausos de una turba con el reconocimiento de la sociedad, ese día no habrá perdido un gobierno, ni un funcionario, ni un periodista. Habremos perdido todos. Porque sin periodismo ético no existe ciudadanía informada; solo ruido. Y una democracia construida sobre el ruido siempre termina escuchando al más estridente, nunca al que tiene la razón.

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¿Y Si Sí?


Uriel Flores Aguayo 

En México estamos viviendo tiempos de efervescencia futbolística, con máxima atención de la inmensa mayoría de la sociedad. Y todo sigue vivo, pudiendo elevar el nivel de alegría deportiva nacional. No es para menos. Rompimos la maldición de no pasar al quinto partido en cuarenta años y llevamos marcha perfecta. Vamos de menos a más con la ilusión realista e intacta. El ánimo nacional está arriba por nuestra selección. Es positivo por donde se le quiera ver. 

Los mayores tal vez somos más moderados con las expectativas del equipo y con las celebraciones, la juventud y niñez derrochan entusiasmo y resplandecen en sus festejos. Es una gran experiencia en su vida, una máxima alegría y una lección de competencia y éxito; esta es una manera concreta de saber de nuestras capacidades, deportivas en este caso, pero extendibles a todos los ámbitos de la vida nacional. 

Los festejos de estos días reflejan nuestra personalidad y cultura nacionales con genuinas expresiones de profunda identidad nacional. Ahí sobresalen las canciones de el “Rey” y el “cielito lindo”, los bailes del “payaso de rodeo” y “la Chona”, canciones de Juan Gabriel, las máscaras de luchadores y disfraces de todo tipo, de catrines muertos entre otros. 

Al parejo se entona el himno nacional y se porta la bandera de México, como no se haría en otro momento y festejo. Así somos los mexicanos, lo podemos ver en tiempo real masivamente. Hay algunos descontroles por la abundancia de alcohol y la falta de prevención completa de las autoridades, especialmente en la CDMX. Nada de otro mundo. Quien haya visto las celebraciones similares en otros países sabrá que nuestras concentraciones populares son moderadas y auténticamente festivas. 

Es hasta obvio decir que estamos viviendo un fenómeno social cuando se topa uno con el dato de que casi cincuenta y cinco millones de personas ven en televisión los juegos de la selección; más las concentraciones en plazas públicas de ciudades de nuestro país y EEUU. Prácticamente México se detiene durante el juego. Aun los ajenos al ambiente futbolero reciben los ecos de las celebraciones. 

Ahí va la selección, jugando bien, con confianza y desplegando el nivel de futbol que siempre hemos esperado. Jugar en casa es benéfico y hay que hacerlo valer. Seguimos soñando, con la ilusión intacta de que después de ganarle a Inglaterra iremos al infinito?. Y si sí ?...

Recadito: Hay una ola combinada y negativa en ciertos espacios contra Daniela Griego.

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Utopías y el Poder


Uriel Flores Aguayo 

No hay proyecto de poder que no se apoye en una determinada narrativa. Siempre hay una meta noble y esperanzas. Nadie podría convocar a la movilización social sin un propósito positivo. Los medios y sus operadores se pueden equivocar o mostrar su verdadero rostro, pero no tendrán responsabilidad al aducir que lo hacen por un fin superior. 

La historia mundial es pródiga en experiencias de ese tipo, tanto en sentido común como en planteamientos utópicos. 

Hay quienes son votados e intentan desarrollar su programa asumiéndolo gradualmente y con personas normales; hay quienes derivan en caudillos y dictadores con afanes de revolucionar al ser humano, pensándolo nuevo y casi perfecto. Las experiencias Soviéticas en la URSS y el pacto de Varsovia, el fascismo de Hitler y Mussolini, y los casos de Cuba y Corea del Norte, dan cuenta de lo artificial de sus proyectos y la crueldad con que han sometido a sus pueblos. No hay hombre nuevo ni perfecto, es lo que es, con su condición humana implícita y su calidad o no. 

Somos un poco más civilizados obviamente, pero contenemos abusos con leyes e instituciones, no hay de otra; no valen caudillos ni masas amorfas para superar el nivel de convivencia, es la responsabilidad individual y la vida en sociedad lo que orienta un comportamiento sano y útil. Las utopías han servido para justificar control social y concentración de poder, terminando casi siempre en desastres. 

Para eludir la realidad y posponer resultados se ha optado por acceder a los mitos y las leyendas; en ese terreno hay superhombres y personas angelicales. Pero la realidad es otra, esa que está a nuestra vista aquí y en el mundo todo. 

Nos ahorraríamos tiempo y desastres si aprendiéramos de la historia y adoptáramos posturas honestas con la verdad y el pensamiento crítico. Debemos ser más exigentes con los políticos y los gobernantes, ellos tienen que asumir plenamente sus responsabilidades, matizar sus privilegios de casta y hablar coherentemente; es repugnante el conformismo con la demagogia y el espectáculo, que ellos alientan. Al pan, pan y al vino, vino. 

Hay una lucha cultural en el horizonte, un esfuerzo firme por decir lo que corresponde a los derechos ciudadanos y a su libertad. Es cuestión de precisar conceptos y no vivir en la grisura de la ignorancia y la demagogia. Hay mucho por hacer sin tener que estar en partidos; aunque eso se respeta. Tenemos a la educación, la cultura en general, la vida pública, a la niñez y juventud, las calles y plazas, el capital social positivo y , sobre todo, la libertad pura a la que nadie en su sano juicio renunciará. 

Recadito: mi mejor opinión del trabajo de la Alcaldesa Daniela.

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La Magia del Futbol


Uriel Flores Aguayo 

Después de aprender a caminar lo siguiente que hace un niño es patear un balón de futbol; muchas veces también lo hacen las niñas. Ahí inicia una vida que nos vincula con el juego de pelota; se desarrollan otras opciones (baloncesto y voleibol) que serán minoritarias en adelante. 

El futbol da identidad y se vuelve fiesta. Los equipos profesionales son adoptados en nombre, color y juego; suscitan todas las emociones imaginables, con lágrimas de felicidad o de tristeza. 

Tratándose de la selección mexicana ya hablamos de un fenómeno diferente, especial y nacional; sus resultados inciden en el ánimo social. Es así en todo el mundo. Son los colores de México en explosión sentimental y emotiva. 

La Copa Mundial es fiesta, tensión y deseo. Casi todo pasa a segundo plano. Niños, jóvenes y mayores desean fervientemente que nuestro equipo gane. Es algo mágico. 

En estos días hemos visto estampas que expresan actos de seguidores y gestos de ternura sublime. Para los que gustan del futbol esta es la gran fiesta. Respetando la dolorosa y valiente lucha de las madres buscadoras, cuya causa merece mayor solidaridad, otras movilizaciones toparon con la realidad de la copa; desafiarla no era prudente, estaban condenadas al fracaso. Son días de futbol, de alegría. 

Ese juego es más que un balón. Influye en las sociedades todas, reduce los delitos, reactiva la economía, une y produce orgullo en la sociedad. 

Las nuevas generaciones están de plácemes, viven su primer o segundo mundial, ven a sus ídolos jugar y siguen los resultados. Esto es una maravilla que irá subiendo de intensidad en la medida que nuestra selección avance y se coloquen en los primeros lugares  otras selecciones de segunda opción. 

Me intriga la capacidad logística de la FIFA, organizando la copa en tres países, movilizando selecciones en diversas sedes y llenando los estadios. Es una proeza. Supongo que esas dimensiones organizativas explican un poco los precios de los boletos; sin embargo se cuenta con pantallas gigantes y las televisiones caseras como alternativas concretas y viables. 

Hablé de los niños y el balón de futbol como actividad física casi desde la cuna, y más bien en sus primeros pasos. Después juega en el barrio y la escuela,puede jugar solo, se adhiere a algún equipo, va a los estadios y lugares de transmisión de juegos, porta la camiseta preferida y apoya a la selección. Es más mexicano en la copa que el 15 de septiembre, pero lo es: canta el himno, porta la bandera y se viste con los colores nacionales. Es impresionante. 

Se equivoca quien piense que estamos ante un proceso enajenado, por mucho que haya manejos de mercadotecnia. La exaltación puede derivar en relativo fanatismo, aislado y apenas perceptible. No se debe confundir enajenación y fanatismo con pasión, comunidad y alegrías. Esto es el futbol: la familia reunida, los amigos conviviendo y las plazas congregadas para corear nombres, acciones y goles. A mí me encanta la copa y más que haya juegos en México, es una experiencia de otro nivel. 

Recadito: La narrativa en curso contra la Alcaldesa es algo artificial e interesada. Fuera máscaras.

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El periodismo que todavía tiene alma

Por Miguel Ángel Cristiani G.

En tiempos en que la información se consume a la velocidad de un clic y las redes sociales han convertido la tragedia humana en mercancía digital, resulta reconfortante comprobar que todavía existen periodistas capaces de hacer periodismo con alma. Porque informar no es solamente contar hechos; es también comprender el dolor ajeno, darle contexto y, cuando es posible, contribuir a transformar realidades.

No acostumbro abordar asuntos personales en esta columna. He procurado siempre mantener una prudente distancia entre la vida privada y el ejercicio periodístico. Sin embargo, en esta ocasión hago una excepción por una razón que trasciende el ámbito familiar y se instala en el terreno de los principios que deben guiar al periodismo.

Este día, mi hija menor, Angélica Cristiani Mantilla, recibió un reconocimiento de la Asociación de Comunicadores Veracruzanos (ACOVER) por su trabajo periodístico con sentido humano. Y si algo merece ser destacado públicamente, es precisamente la reivindicación de un periodismo que coloca a las personas en el centro de la noticia.

Entre los trabajos que le valieron esta distinción está la historia de una mujer que vivía en condición de calle. Después de ser entrevistada y de darse a conocer su situación, el DIF municipal intervino para brindarle refugio y atención. Su vida cambió radicalmente. No fue una nota para obtener miles de reproducciones en internet ni un ejercicio de exhibicionismo mediático. Fue periodismo con utilidad social.

Pero ese caso es apenas un ejemplo. Pocos periodistas poseen la sensibilidad, la capacidad narrativa y la disciplina profesional para construir historias con profundo sentido humano. La prisa por publicar, la competencia por la primicia y la búsqueda de notoriedad han ido desplazando el valor esencial de escuchar y comprender a las personas.

Por eso adquiere especial relevancia el reconocimiento entregado por la Asociación de Comunicadores Veracruzanos. Desde su fundación, hace más de una década, la ACOVER estableció en sus estatutos la organización de un concurso periodístico, cuyos trabajos serían evaluados por jurados externos. Casi medio centenar de trabajos fueron analizados y calificados.

Fue hasta este año, bajo la presidencia del también destacado periodista Luis Domínguez, cuando finalmente se concretó este propósito institucional. Más vale tarde que nunca. Porque las asociaciones de periodistas no pueden limitarse a emitir posicionamientos o a tomarse la fotografía de ocasión. Deben también reconocer el mérito, estimular el buen periodismo y dignificar un oficio que atraviesa uno de sus momentos más difíciles.

Y es aquí donde la celebración inevitablemente se encuentra con la amarga realidad.

En los últimos tres años, tres integrantes de la propia asociación han sufrido saqueos en sus domicilios. Se llevaron computadoras, equipos de trabajo y herramientas indispensables para ejercer la profesión. Y el panorama es aún más sombrío si recordamos la larga y dolorosa lista de periodistas asesinados o desaparecidos en Veracruz y en México.

Las autoridades responden casi siempre de la misma manera: anuncian la apertura de carpetas de investigación. La expresión se ha convertido en un ritual burocrático que pretende sustituir a la justicia. Se abre una carpeta, se ofrece una declaración, se promete una investigación exhaustiva y después sobreviene el silencio. El expediente se archiva en la práctica y la impunidad sigue su marcha.

La agresión contra un periodista no es únicamente un ataque individual. Es un atentado contra el derecho de la sociedad a estar informada. Cada reportero silenciado representa una historia que deja de contarse y una verdad que queda sepultada.

Por eso tiene valor reconocer a quienes todavía creen en el periodismo como un servicio público y un compromiso ético con los demás. Porque ejercer este oficio con sensibilidad, rigor y humanidad es hoy un acto de resistencia.

Mientras el Estado siga administrando expedientes en lugar de impartir justicia, los mecanismos de protección para periodistas no serán más que costosos adornos burocráticos colocados sobre las tumbas, las desapariciones y el miedo.

¡ F e l i c i t a c i o n e s !

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Coahuila no es Veracruz


Por Miguel Ángel Cristiani G.

La política mexicana suele padecer de un mal recurrente: la tentación de copiar recetas ajenas sin analizar las circunstancias propias. Apenas se conoció el contundente triunfo del PRI en la elección de diputados locales en Coahuila, no faltaron quienes comenzaron a construir castillos en el aire imaginando que el mismo fenómeno podría repetirse automáticamente en Veracruz en la próxima contienda electoral. Como si la política fuera una franquicia que funciona igual en cualquier parte del país.

La realidad, sin embargo, suele ser mucho más compleja y menos complaciente con los deseos de quienes confunden la esperanza con el análisis.

Coahuila no es Veracruz. Y no lo es por razones históricas, sociales, económicas y, sobre todo, políticas.

El resultado coahuilense envió un mensaje claro. En aquella entidad, Morena cayó en el exceso de confianza. La lógica fue simple: si los programas sociales federales mantienen altos niveles de aceptación ciudadana, entonces el triunfo electoral estaría prácticamente garantizado. El problema es que la política no se gana únicamente repartiendo beneficios. También exige organización territorial, presencia permanente, contacto con la ciudadanía y trabajo político cotidiano.

La soberbia electoral suele ser una pésima consejera.

Mientras en Coahuila algunos operadores morenistas parecieron asumir que la elección ya estaba resuelta antes de comenzar la campaña, el PRI mantuvo una estructura funcional, una organización territorial activa y una relación permanente con diversos sectores sociales. Podrá gustar o no, pero el priismo coahuilense sigue teniendo vida política real.

Veracruz presenta un escenario completamente distinto.

Aquí la gobernadora Rocío Nahle ha desarrollado desde el inicio de su administración una intensa agenda de trabajo que difícilmente puede ser cuestionada incluso por sus adversarios más severos. La mandataria estatal recorre municipios, supervisa obras, atiende demandas ciudadanas y mantiene presencia constante en la agenda pública.

Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, existe un hecho observable: la actividad gubernamental es permanente.

Y eso genera una diferencia sustancial respecto a otras entidades donde los gobiernos descansan excesivamente en la popularidad presidencial o en la inercia de los programas sociales.

En Veracruz existe un gobierno estatal que trabaja y que busca construir resultados propios. Eso modifica completamente la ecuación política.

Pero además existe otro elemento que muchos analistas pasan por alto cuando intentan trasladar mecánicamente el caso Coahuila al territorio veracruzano: la condición actual del PRI.

Mientras en Coahuila el partido conserva estructura, cuadros competitivos y capacidad operativa, en Veracruz la situación es radicalmente distinta.

La dirigencia estatal parece haber reducido buena parte de su actividad a la organización de conferencias de prensa para señalar errores gubernamentales. La crítica es legítima y necesaria en toda democracia. El problema surge cuando la crítica sustituye al trabajo político.

Porque los partidos no ganan elecciones únicamente denunciando. Las ganan organizándose.

Y precisamente ahí aparece la principal debilidad del priismo veracruzano.

La estructura territorial que durante décadas constituyó su principal fortaleza hoy luce fragmentada, debilitada y, en muchos municipios, prácticamente inexistente. A ello se suma la salida de figuras con experiencia y liderazgo político. 

El caso más significativo es el de Américo Zúñiga Martínez, ex dirigente estatal, ex alcalde y ex diputado local, cuya renuncia simboliza mucho más que una baja individual: representa el desgaste acumulado de un proyecto político incapaz de reconstruirse.

El PRI veracruzano enfrenta una paradoja cruel. Critica a Morena como si siguiera siendo una fuerza competitiva equivalente, cuando en realidad primero tendría que resolver sus propias crisis internas, recuperar cuadros, reconstruir estructura y volver a conectar con la ciudadanía.

La política no premia la nostalgia.

Quienes creen que el resultado de Coahuila anticipa automáticamente una derrota de Morena en Veracruz olvidan que las elecciones se ganan en el territorio, no en los comunicados; en las calles, no en los recuerdos; y con organización real, no con conferencias de prensa.

Porque mientras unos trabajan para gobernar, otros parecen conformarse con administrar los restos de un partido que alguna vez fue poderoso y que hoy confunde el eco de sus críticas con la fuerza que ya no tiene.

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Libertad de Expresión: los discursos se aplauden, las realidades se padecen


Por Miguel Ángel Cristiani G.

Hay discursos que se escuchan con atención y otros que obligan a reflexionar. El pronunciado por la presidenta municipal de Xalapa, Daniela Griego Ceballos, durante el desayuno ofrecido a periodistas con motivo del Día de la Libertad de Expresión, pertenece a la segunda categoría.

No porque haya dicho algo revolucionario, sino porque recordó principios que en México suelen mencionarse con frecuencia y aplicarse con escasez: el respeto a la crítica, la transparencia gubernamental y el derecho ciudadano a estar informado.

La alcaldesa hizo un amplio reconocimiento a la labor periodística. Habló de la importancia de la libertad de expresión, de la función social de los medios de comunicación y del papel que desempeñan los periodistas como intérpretes de la realidad. Recordó además su trayectoria legislativa en materia de transparencia y acceso a la información pública, un tema que conoce bien y que forma parte de su historial político.

Hasta ahí, todo correcto.

Sin embargo, la verdadera prueba de cualquier gobernante no está en la calidad de sus discursos sino en su capacidad para soportar las consecuencias de aquello que proclama.

La libertad de expresión es muy sencilla de defender cuando los comentarios son favorables, cuando las entrevistas son cómodas o cuando las notas destacan los logros de una administración. El problema aparece cuando llegan las preguntas incómodas, los reportajes que exhiben errores, las denuncias ciudadanas o las investigaciones que contradicen la narrativa oficial. Que bueno que la presidenta municipal de Xalapa está consiente de la importancia de la crítica periodístia.

Y es precisamente ahí donde históricamente muchos gobiernos mexicanos han fracasado.

Veracruz conoce demasiado bien esa historia. Durante décadas, periodistas han enfrentado presiones, amenazas, campañas de desprestigio y, en los casos más graves, violencia criminal. La entidad se convirtió en referencia nacional no por la fortaleza de sus instituciones democráticas, sino por los riesgos que implica ejercer el periodismo.

Por eso resulta pertinente que la presidenta municipal haya reconocido públicamente que ningún gobierno democrático puede aspirar a la legitimidad si pretende controlar el flujo de la información o convertir la comunicación social en un simple aparato propagandístico.

El problema es que la tentación sigue vigente.

Las oficinas de comunicación social en buena parte del país continúan operando bajo una lógica que privilegia la construcción de imagen sobre la rendición de cuentas. Se invierten recursos públicos para difundir éxitos, mientras los problemas estructurales quedan relegados a notas marginales o explicaciones burocráticas.

La alcaldesa sostuvo que la comunicación pública debe partir de la honestidad y no de la simulación. Una afirmación impecable en teoría. Pero la realidad obliga a una pregunta elemental: ¿cuántos gobiernos están realmente dispuestos a informar con la misma intensidad sus fracasos que sus éxitos?

Muy pocos.

En ese contexto, también llamó la atención la referencia a los ataques mediáticos, la desinformación y las campañas de desgaste que —según señaló— ha enfrentado su administración durante estos primeros meses.

Las redes sociales han democratizado la difusión de información, pero también la propagación de rumores, noticias falsas y campañas interesadas. Sin embargo, los gobiernos suelen cometer un error recurrente: confundir toda crítica con una conspiración.

No toda observación incómoda es desinformación. No toda denuncia es un ataque político. No toda investigación periodística responde a intereses oscuros.

La democracia exige tolerancia al escrutinio permanente.

El periodismo no existe para agradar a los gobernantes. Existe para vigilar al poder. Su función no es proteger administraciones, sino informar a la sociedad. Cuando cumple adecuadamente esa tarea, inevitablemente genera incomodidad.

Y esa incomodidad es saludable.

Lo verdaderamente preocupante sería una prensa silenciosa, dócil o subordinada.

Xalapa necesita gobiernos transparentes, pero también medios responsables y críticos. Necesita funcionarios capaces de escuchar cuestionamientos sin victimizarse y periodistas capaces de investigar sin convertirse en operadores políticos. Ambos son indispensables para fortalecer la vida pública.

Porque la libertad de expresión se demuestra cuando el poder acepta ser observado, cuestionado y exhibido sin intentar controlar el espejo que refleja sus errores.

La democracia comienza donde terminan los aplausos oficiales y empieza la obligación de responder, con hechos, a las preguntas que el poder preferiría no escuchar.

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