A un mes de gobierno: cuando el poder se mide en calle y no en discurso



Por Miguel Ángel Cristiani G.

Treinta días bastan para desnudar al poder. No para evaluarlo en su totalidad, pero sí para descubrir su talante, su ritmo y —sobre todo— su compromiso real con la ciudadanía. Apenas se cumplió un mes del arranque de las 212 nuevas administraciones municipales en Veracruz y, como diría Pancho López, el filósofo xalapeño de banqueta y café: ya se va viendo de qué madera están hechos.

En política, el estilo no es accesorio: es el mensaje. Y en estos primeros treinta días ya quedó claro quiénes llegaron a ocupar la silla y quiénes llegaron a ejercer el cargo. Hay alcaldes que despachan desde el escritorio, cómodos, rodeados de boletines, selfies y diagnósticos heredados. Y hay otros —pocos— que entendieron que gobernar no es posar, sino caminar, escuchar, ordenar y resolver.

En ese reducido grupo empieza a destacar, para bien o para incomodidad de muchos, el alcalde de Coatzacoalcos, Pedro Miguel Rosaldo García. No por un discurso encendido ni por una estrategia mediática sofisticada, sino por algo mucho más elemental y, hoy, extraordinario: trabajar. Desde el primer día, a las ocho de la mañana, estaba en la calle dando instrucciones a cuadrillas, supervisando, preguntando, corrigiendo. Lo básico, pues, que en estos tiempos parece heroicidad.

Coatzacoalcos no es un municipio menor ni sencillo. Arrastra rezagos históricos en infraestructura, servicios públicos, seguridad, imagen urbana y confianza ciudadana. Es un puerto estratégico, golpeado por años de abandono, improvisación y gobiernos más atentos al cálculo político que al interés público. Gobernar ahí exige conocimiento del territorio, carácter y capacidad operativa. Rosaldo, guste o no, ha mostrado tener las tres.

No es casualidad que, en apenas un mes, ya se le empiece a mencionar —desde dentro y fuera de MORENA— como posible carta para la próxima elección gubernamental. En política, los silencios dicen tanto como los discursos, y el ruido que empieza a generarse alrededor de su figura no es espontáneo. Responde a una lógica conocida: cuando alguien trabaja, estorba.

Hay además un elemento de contexto que no puede ignorarse. Rocío Nahle, actual gobernadora de Veracruz, conoce bien Coatzacoalcos. Ahí trabajó durante años en el Instituto Mexicano del Petróleo. Conoce sus problemas estructurales, sus inercias burocráticas y, también, a Rosaldo García, con quien ha colaborado en distintas responsabilidades. Esa cercanía política y técnica explica, en parte, la atención que hoy se pone sobre cada uno de sus movimientos.

Y cuando la atención se vuelve lupa, cualquier pretexto sirve para intentar desgastar. El episodio reciente de la mujer que solicitó atención médica es ilustrativo. El alcalde hizo lo correcto institucionalmente: canalizó el caso al responsable del sector salud. No es su función cargar camillas ni operar quirófanos. El problema no fue la instrucción, sino su incumplimiento. Pero en redes sociales el matiz no importa: se busca el linchamiento, no la verdad.

La respuesta fue contundente y correcta: el funcionario de salud, heredado de la administración anterior, fue removido. Así debe funcionar la cadena de responsabilidades. Gobernar también es decidir, corregir y cortar cuando alguien no da el ancho. Y es aquí donde muchos empiezan a quedarse atrás: no todos soportan un ritmo de trabajo que exige resultados y no excusas.

Lo que se observa hoy en Coatzacoalcos —maquinaria en colonias olvidadas, recuperación del malecón, presencia constante del alcalde en territorio— no es milagro ni propaganda. Es gestión pública elemental. Pero en un contexto donde la mediocridad se normalizó, lo elemental se vuelve disruptivo.

No se trata de canonizar a nadie ni de adelantar vísperas electorales. La historia enseña prudencia. Un mes no hace un buen gobierno, pero sí revela su dirección. Y la dirección que hoy muestra Coatzacoalcos contrasta con la parsimonia de muchos otros municipios donde el cambio prometido sigue archivado en el cajón del discurso.

La ciudadanía no pide santos ni superhéroes. Pide autoridades que entiendan que el poder es servicio, no ornamento; responsabilidad, no privilegio. Y en ese sentido, este primer mes deja una lección incómoda para muchos alcaldes: el cargo no hace al gobernante, lo exhibe.

Porque al final, el verdadero veredicto no lo dictan las redes ni los partidos, sino la calle: y la calle no perdona a quien confunde gobernar con administrar pretextos.

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