Transcurría perezosa la tarde entre los estrechos callejones de uno de los cerros del centro de la cálida ciudad de Tuxpan que, placida, se extendía sobre la ribera de su caudaloso rio, el reloj de catedral sonaba cada quince minutos y luego a cada hora repiqueteaba el número de la hora que correspondía, ya era otoño y un vientecillo fresco se colaba entre las casas de puertas abiertas, jugando indiscreto con las cortinas que mantenían la privacidad del hogar.
Con las primeras sombras de la noche poco a poco se fueron encendiendo las luces de las humildes viviendas, pronto en sus calles aparecía la gente que regresaba a su casa, después de un arduo día de trabajo, con el morral del lonche al hombro; algunos niños jugaban entretenidos en las polvosas calles, a gritos unos y uno que otro llorando, paulatinamente se fue asentando la quietud en el viejo barrio de la cuesta del cerro con casas de barro y techo de lámina, solo a veces trascendía el murmullo apagado de algunas voces atrapadas entre las paredes, en el ocaso sublime de la jornada.
Muchas veces, en los días previos de la fiesta de todos santos, los vecinos despertaban sobresaltados a media noche al escuchar un grito desgarrador que descendía de lo alto del cerro, se oía tan real como si estuviera sucediendo en ese momento, el mismo viento corría asustado huyendo despavorido cuesta abajo, luego un llanto de mujer tan sentido que conmovía hasta las fibras más sensibles de los testigos, y entre pausas nerviosas, el murmullo de una voz pronunciando un nombre imperceptible, los sorprendidos desvelados experimentaban un terror indescriptible con el corazón encogido, y luego otra vez, era un grito lúgubre de una mujer, que desgarraba el alma; en la inmensidad de la noche los aterrorizados habitantes rezaban con el espanto reflejado en el rostro.
Un fatídico día le fueron a avisar que su hijo se había ahogado en el rio; en esos tiempos los chamacos acostumbraban nadar en las refrescantes aguas del rio en los cálidos días de verano, alguien había construido un trampolín de hierro que después se fue deteriorando por el salitre y la humedad, finalmente se derrumbó dejando expuestos algunos pedazos de hierro, ese día funesto el chamaco al intentar aventarse al agua resbalo y se golpeó en la cabeza, cayó al agua inconsciente y se ahogó en el acto, sus mismos compañeros lo rescataron de la corriente pero ya nada se podía hacer pues este había fallecido, esa misma tarde llevaron el cuerpo a la desconsolada madre, que lloraba angustiosamente.
Los días pasaron y los patéticos gritos de la mujer se escucharon durante mucho tiempo, hasta que un día no se oyeron más, entonces, los vecinos extrañados por tal silencio, acudieron a su domicilio donde la encontraron muerta, con los brazos tiesos sobre su vieja máquina de coser, desde entonces y cada día de muertos se vuelven a escuchar sus lastimeros gritos en la quietud de la noche.
ARTÍCULOS RELACIONADOS:




























