Por Angélica Cristiani
Esta columna tardó mucho en escribirse.
No por falta de información.
Por culpa.
Durante casi un año evité escribir sobre doña Cata. No porque no tuviera datos, sino porque el dolor, ese animal torpe que se sienta sobre el pecho, no me dejaba ordenar las palabras. El teclado se volvía un espejo incómodo: cada frase me recordaba que yo también había pasado durante años frente a ella, en la esquina de 20 de Noviembre y Moctezuma, sin atreverme a cruzar la calle para preguntarle quién era. Es curioso cómo funciona la conciencia: sabemos que algo duele y preferimos rodearlo para no sentirlo.
Doña Cata llegó aproximadamente hace cuatro años a vivir en esa banqueta. Nadie supo de dónde venía. Los vecinos dicen que apareció un día, como llegan las lluvias tempranas o las malas noticias: sin aviso.
La cubría ropa que ella misma se había hecho, algunos cartones y una mirada que parecía haber visto demasiado. Los vecinos la fueron cuidando como pudieron. Un plato de comida aquí, una chamarra allá, alguna cobija en invierno.
Pero la calle es una intemperie feroz. Es pasar las noches escuchando los ruidos de la ciudad como si fueran amenazas. Es vivir con miedo. Y cuando se es mujer y se tienen cerca de ochenta años, la calle se vuelve todavía más peligrosa. Más aún para una mujer que parece vivir en un delirio permanente.
Hace casi un año finalmente me acerqué. La intención original era sencilla: contar su historia para un taller de fotoperiodismo. Pensé que sería un ejercicio narrativo, un trabajo más. Pero cuando estuve lo suficientemente cerca para ver su rostro entendí que no era una tarea periodística.
Era un abismo.
Sentí rabia, miedo, tristeza, impotencia, ternura. Una mezcla de emociones que no cabía en ninguna libreta.
Desde ese momento doña Cata empezó a habitar en mi cabeza.
Regresé muchas veces a verla. Pregunté por ella. Hablé con vecinos, comerciantes, transeúntes. La información era poca y fragmentada. Mucha gente había intentado ayudarla. Nadie había logrado hacerlo. Me contaron que la ropa que le daban la quemaba. Que la comida a veces la tiraba. Que rechazaba cualquier intento de acercamiento. Muchos concluyeron que no quería ayuda.
Una noche, mi equipo, Chío y Jorge me acompañaron. Esa vez pudimos hablar con ella sin que reaccionara con agresividad.
Entre momentos de delirio nos dijo que venía de Tlaxcala. Que tenía 80 años. Que los hombres eran malos. Que no necesitaba a nadie.
La invitamos a cenar.
No aceptó.
De pronto el delirio se apagó y apareció una mirada dura, desconfiada, como si hubiera aprendido a no confiar en nadie.
Ese día entendí algo que me marcó: su locura era una forma de protegerse. La calle obliga a inventar mecanismos de defensa. A veces la mente crea sus propias murallas. En la calle, la cordura puede ser peligrosa.
¿Qué tiene que haber vivido una persona para que la desconfianza sea su único refugio?
La ley, por ejemplo, tiene sus propios límites. En México no se puede internar por la fuerza a una persona adulta en situación de calle solo por su condición o por aparentar un trastorno mental. El marco de derechos humanos, reforzado por la Ley General de Salud, establece que la atención debe ser voluntaria, salvo que exista riesgo inminente para su vida o la de terceros.
La intención es correcta: evitar abusos históricos de internamientos forzosos. Y también pensaba en la paradoja brutal de nuestras leyes: un país que, con razón, protege la libertad de las personas en situación de calle, pero que muchas veces no tiene los instrumentos suficientes para rescatar a quienes ya no pueden salir solos de ese abismo.
En la práctica, eso deja a personas como doña Cata atrapadas en una zona gris donde todos quieren ayudar y nadie puede hacerlo del todo.
Doña Cata habitaba precisamente ese territorio. Terminé el taller de fotoperiodismo sin entregar la tarea. La tarea ahora era otra: intentar hacer algo por ella.
Faltaban semanas para que llegara el invierno y ella lo sabía. Yo también lo sabía. En ese momento me prometí algo que no tenía claro cómo cumplir: que doña Cata, no iba a volver a pasar otro invierno en esa banqueta.
Las preguntas empezaron a perseguirme.
¿Cuál es su historia?
¿Qué tuvo que vivir para que la locura se volviera su guardiana?
¿La calle es su refugio o su condena?
¿Buscarle un refugio sería realmente ayudarla?
¿Es una mujer libre?
Las preguntas ocuparon los días. Luego las semanas.
Y el invierno llegó.
Miraba las fotos que le había tomado una y otra vez. Contaba su historia en cada conversación posible. Incluso terminé hablando de ella en terapia. Intenté escribir su historia muchas veces.
No pude.
Yo seguía pasando por esa esquina todos los días. Mirándola desde lejos. Con esa sensación incómoda de no haber hecho lo suficiente.
Una mañana me encontré con las palabras de Daniela Griego. No fue un encuentro menor: sus palabras hablaban de la desigualdad, pero no como un concepto frío, sino como una herida que duele en la vida cotidiana. Ese día supe que quería escucharla más, entender mejor a esa mujer que nombraba el dolor sin rodeos.
En ese mismo camino apareció Emmanuel. En él habita algo raro en estos tiempos: un corazón amplio y una sonrisa que parece abrir espacio para los demás. Es parte de su equipo, me atreví a contarle de doña Cata.
Me escuchó con la atención profunda que merecen las historias que pesan. Con esa humanidad que no interrumpe, que no apresura, que simplemente se queda.
Y algo cambió.
De pronto sentí confianza.
En cada encuentro volví a hablarle de ella, de la mujer que dormía en la banqueta y de las preguntas que no me dejaban en paz.-Hola Emmanuel, “aquí estoy, detrás de mi nariz, bohemia, renegada, sin destino, disidente, como un equívoco, un error”.
Y él escuchaba.
Escuchaba con esa paciencia silenciosa que solo conoce quien ha aprendido a vivir a contracorriente, con la serenidad de quien sabe lo que significa estar del otro lado de la historia.
Con la paciencia que solo un “proscrito” tiene.
Pero ayudar no es tan sencillo como parece.
Hasta anoche.
Anoche pasé por la esquina como siempre.
Doña Cata ya no estaba.
Sentí un golpe en el pecho. Pensé lo peor. Pensé que había muerto ahí, como mueren muchas personas en la calle: en silencio, sin que nadie escriba su historia.
Me bajé del coche y pregunté a los vecinos.
Entonces escuché algo que me devolvió el aire.
El Ayuntamiento de Xalapa se la había llevado.
Sentí un alivio enorme.
Esta noche escribo desde la gratitud. Desde la tranquilidad de saber que doña Cata no dormirá en la banqueta, que tendrá una cama y que alguien estará cuidando de ella.
Y también escribo con la certeza de algo importante: a veces sí hay autoridades que deciden hacerse cargo de lo que los ciudadanos solos no podemos resolver.
Ahora estoy en búsqueda de la respuesta a ¿Qué nos separa realmente de terminar en una banqueta como doña Cata?
Tal vez menos de lo que creemos. Quizá la diferencia entre la cordura y la intemperie es apenas una red frágil de afectos, instituciones y oportunidades.
Puede ser que la historia de doña Cata no termina en una banqueta ni empieza en ella. Tal vez empezó mucho antes, en alguna herida que nadie vio, en alguna tristeza que nadie supo nombrar, en alguna caída silenciosa que el mundo prefirió ignorar.
La salud mental casi siempre se rompe en voz baja.
No hace ruido como los accidentes ni deja cicatrices visibles como las guerras. Se fractura lentamente, en los espacios donde falta escucha, donde sobran violencias pequeñas, donde la vida se vuelve demasiado pesada para una sola persona. Y cuando finalmente se vuelve visible, muchas veces ya es demasiado tarde: la vemos en una esquina, en un gesto perdido, en alguien que parece haber quedado fuera del mundo.
Cuidar la salud mental no es solo una tarea médica. Es una tarea profundamente humana. Es aprender a mirar a los otros sin prisa, a escuchar sin juzgar, a construir comunidades donde nadie tenga que inventar la locura para sobrevivir.
Porque la locura, muchas veces, no es la enfermedad.
Es el último refugio.
