El día que nació Mariana...

Relato: Rodolfo Silva Carballo.
Con cara de asombro tío Mundo se acercó a su primo para preguntarle: “oye Fito, ¿de dónde vienen tantos cuetes?, todo el día han estado tronando”. Sin apartar la mirada de una pieza de metal con la que trabajaba, el hombre le contestó: “de los Atlixcos Mundo, ya nació Mariana”, “ahhh, va pa largo el jolgorio entonces”...

Mundo subió la pesada cuesta de su rancho, en las márgenes del río del Hueso a San Luis, donde vivía su parentela, un pequeño rancho todavía muy debajo del valle donde se asentaba la hacienda de los Atlixcos, mucha gente que venía de todos los rumbos estuvo subiendo desde muy temprano a la hacienda, todos querían conocer a la niña, unos por devoción, otros por amistad con la familia, los más por curiosidad, desde que supieron por boca de Doña Lupe “lolo”, de la comunidad de Santana, que la hija de Carolina y Miguel traía una gracia virtuosa, lo supo en cuanto los vio llegar del puerto de Veracruz, aquella calurosa tarde de julio al detener su vehículo frente a su casa para saludarla cuando ella barría la banqueta; juró frente al espíritu santo y por la memoria de su madre, que del vientre de Carolina escuchó a la niña reírse, dijo que sus padres también la oyeron, era una risa divertida, como si anduviera jugando alegre con otras niñas, “son los ángeles que la cuidan”, dijo Doña Lupe, “trae un Don”, eso lo oyó decir de una mujer que leía la suerte, antes de que los “Húngaros” le robaran a su hijo.

La noticia corrió como reguero de pólvora y se extendió por toda la región, pronto empezaron a llegar personas para asegurarse que era cierto lo que decían, los vecinos de doña Lupe aprovecharon la marabunta para vender aguas y antojitos, algunas personas hasta se atrevieron a subir a la hacienda con sus familiares enfermos o con capacidades diferentes para ver  aunque fuera de lejos a la madre de la niña y pedirle por la salud de los suyos.

Así se supo de un tal Zuloaga, hombre muy longevo al que su familia trajo desde un lejano rancho de la sierra de Chiconquiaco, porque padecía de esclerosis múltiple y ningún médico podía curarlo. Ya estando en los Atlixcos el viejo se les estaba muriendo de calor por lo que, desesperada la familia, se les ocurrió bañarlo en una pequeña laguna frente al pueblito, una vez refrescado el hombre pidió agua, sus parientes estaban contentos porque después de mucho tiempo por fin había hablado, lo llevaron a la tienda de Tinita, la única que había en el lugar, ahí se encontraba a un tal Pillon, clásico vaquero de botas “miadas” oriundo del rancho, disfrutando una refrescante cerveza fría, no había agua les dijeron, “bueno, pues un refresco”, el viejito movió la cabeza protestando como niño, “apa, no hay agua”, le decía la hija, en eso el viejo señaló con la mirada hacia el Pillon, quería una cerveza, “una no hace daño, sírvanle”, les dijo cínicamente el vaquero. Zuloaga ansioso bebió el líquido ambarino de las manos de la hija de un “sopetón”, eructó el viejo y pidió otra, “hay apa, te vas a emborrachar”, advertía la hija con prudencia, después de dos o tres cervezas más el invalido se levantó de la silla para ir a orinar, la familia estaba sorprendida, “un milagro, esa agua es milagrosa”, ¡exclamaba! la hija con lágrimas en los ojos ante la sorprendida Tinita que no daba crédito a lo que escuchaba de aquellos foráneos observando al esclerótico con una cerveza en la mano, bailando una cumbia que en ese momento tocaban en el radio, lo que no supieron fue que al otro día, una vez que los humos del alcohol desaparecieron, el pobre viejo además de los dolores traía una cruda fatal.

Pronto se supo de los efectos milagrosos del agua de aquella laguna donde se bañaban los cochinos en el verano y la gente empezó a llegar de muchos lugares a la redonda, unos por el agua milagrosa y otros a la vendimia, había de todo: fritangas, aguas frescas (con agua de la laguna), jícamas con chile, manzanas cubiertas de caramelo, malabaristas, una rueda de la fortuna toda mohosa que olvidaron unos cirqueros en Carranza, hasta unos individuos que extorsionaban a los incautos misioneros con el cuento de la “bolita”.

Dos o tres días después nació Mariana, una hermosa niña de “ojos vivos” que buscaba con la mirada las voces que escuchaba de la gente que la rodeaba, como si quisiera identificarlas porque ya desde el vientre las conocía, era como si estuviera reconociendo el lugar que le fue asignado donde nacer para ser parte de la historia de la familia, de piernitas largas y pelito güero, tenía la piel muy blanca y tiernita, probablemente no tenía ningún don especial, pero era en cambio muy inteligente y hermosa, eso si nadie lo podía negar.

Ese fue el día en que el fervor se desbordó, la gente hacia fila desde esa mañana frente a la casa de los padres para saludar y recibir la bendición de su luz, de ahí bajaban a la represa para mojarse con el agua y llevar una botellita para lo que pudiera ofrecerse: un retortijón, vértigo, mal de orín, jiotes o estrabismo, entre otras molestias. A media mañana llegaron unos marimberos que venían de Veracruz metidos en el camión de “Villa Candelaria”, lleno hasta la canastilla, lo que más sorprendió fue la presencia de algunas mujeres de “Rinconada” que vendían “garnachas”.

La muchedumbre festejaba con risa sus ocurrencias jugando baraja o rayuela, otros alegaban bajo los influjos del aguardiente defendiendo intransigentes sus decires.

Bajo el intenso sol de verano, parada en la fila para tomar agua de la presa, una mujer se le quedó viendo a otra que esperaba más adelante, “oyes, ¿qué tú eres?”, se atrevió a decirle a lo que la otra le contestó: “Carmela, soy yo, hay que gusto”. Y se abrazaron efusivamente dándose la gran plática, es un milagro decían algunos emocionados hasta las lágrimas, después de tantos años de no verse aquí se vinieron a encontrar. Al rato de intercambiar algunas impresiones recordaron que se dejaron de hablar por que la tal Carmela le quitó el novio a la otra y después de los reclamos airados terminaron liándose a golpes, y arrancándose la ropa a jirones, rodaron por el pasto cuesta abajo hasta que algunos acomedidos las desapartaron terminando con el espectáculo que tanto entusiasmó a los peregrinos.

Otros devotos hacían bola junto al Nahúm, pintoresco personaje que contaba anécdotas incoherentes en los velorios con quien reían a carcajadas. Lo que si fue cierto es que ese mismo día apareció el hijo extraviado de Doña Lupe, después de ocho años perdido y al que ya daban por muerto, estaba ya hecho un hombre pero venía tan trashijado que llegó directo a la cocina a “rajar cacala”.

La gente llegaba en carros o camionetas ganaderas, también llegaron varios camiones urbanos de Xalapa que ya ocupaban gran parte del campo de béisbol, había caballos también amarrados bajo la sombra de los árboles que dejaron una mullida alfombra de estiércol fresco, y los milagros seguían presentándose: Melitón Piña, un viejo carpintero de San Luis tenía varios días con un hipo que le movía todo el costillar y ya no aguantaba el pobre, traía todo adolorido el “cuajo”, ese día Herminio,  hermano de la “Chompa”, que así le decían al curandero de ese lugar, le invitó unos duraznos verdes que robó en la casa de tío Willo, con tan mala suerte que, por estar hablando y comiendo al mismo tiempo, una semilla se le atoró en el gañote; se puso morado el infausto, pues no alcanzaba a respirar hasta que “tío bullas” viendo su desesperación le descargó un manazo en la espalda que lo hizo arrojar la semilla con todo y la placa de dientes. Al fin pudo respirar, se había salvado de una fea muerte por asfixia, pero lo mejor fue que se dio cuenta que el molesto hipo había desaparecido, un verdadero milagro que lo puso tan contento que agarro un buen cuete con unos amigos de la “Calera”,  de donde era tío Cirilo.

Amaneció al otro día un montón de basura en los alrededores de la hacienda y algunos borrachos trasnochados repartidos en el campo, y la presa sin gota de agua ni para curar la cruda, desde el corral Miguel observaba con tristeza el panorama pensando: “El fanatismo y la ignorancia son capaces de convertir una fantasía en realidad a traves de la histeria colectiva”. Todo comenzó con una muñeca que le regalaron a su hija en Veracruz que reía graciosamente, la que accidentalmente se activó, con lo que Doña Lupe se confundió pensando que era la niña quien reía. 

(Relato breve / 3 de agosto del 2020).
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