Hace ya 30 años que la sala de redacción de El Dictamen quedó en silencio.
Las teclas de aquella máquina Olimpia del maestro de maestros, Alfonso Valencia Ríos, dejaron de sonar.
Durante tantos años habían sido parte de la vida cotidiana del Decano de la Prensa Nacional. Sobre ellas nacieron notas, entrevistas, editoriales y noticias que hoy forman parte de la historia del periodismo veracruzano.
Pero, sobre todo, de aquellas teclas surgieron enseñanzas que todavía permanecen en la memoria de cientos de alumnos que tuvimos la fortuna de pasar por la dirección de la Facultad de Periodismo de la Universidad Veracruzana y, algunos, también por su redacción.
¡Cómo olvidar aquel sonido!
Parecía que el maestro tocaba un piano. Sus dedos recorrían el teclado y, casi al mismo tiempo, las ideas se convertían en palabras y las palabras en noticias.
Pero Alfonso Valencia Ríos no solamente enseñaba a escribir.
Enseñaba a ser periodista.
Y enseñaba también a ser humano.
¿Cómo olvidar a todas aquellas personas que acudían a buscarlo para pedirle una recomendación para conseguir trabajo, ayuda para inscribir a un hijo en alguna escuela o apoyo para conseguir medicamentos?.
Nunca lo vimos decir: “No puedo”.
Siempre encontraba alguna manera de ayudar.
Nosotros tuvimos la fortuna de ser aceptados como sus alumnos durante los cuatro años de la Facultad y, además, de acompañarlo en su actividad profesional diaria.
Desde las siete de la mañana, cuando llegaba a la redacción para comenzar a escribir, hasta bien entrada la noche.
Y aun después de terminar la jornada, la escuela continuaba.
En el bar Manolo o en el Palacio de los Portales, seguía atendiendo a quienes llegaban a saludarlo, a platicar con él o simplemente a pedirle algún favor.
Así era el maestro.
Generoso con sus alumnos y generoso también con sus compañeros reporteros del puerto, a quienes compartía con gusto las entrevistas exclusivas que diariamente le concedían los funcionarios que llegaban al aeropuerto de Veracruz.
Tenía una memoria verdaderamente extraordinaria.
Recordaba nombres, fechas, cifras y acontecimientos con una precisión sorprendente.
Esa memoria, pero sobre todo su talento periodístico, fueron determinantes para que obtuviera el puesto de Jefe de Información, que conservó durante toda su vida profesional.
Una de sus grandes entrevistas fue la que realizó al presidente Adolfo Ruiz Cortines en su casa del puerto de Veracruz, entrevista que ocupó varias páginas de El Dictamen.
Y había una escena que decía más que cualquier reconocimiento.
Cuando llegaba el presidente de la República y alrededor se formaba aquella tradicional pelotera de periodistas buscando una declaración, el maestro permanecía a un costado.
Pero cuando el mandatario lo veía, se acercaba personalmente a saludarlo con afecto.
Ese era el respeto que había ganado.
A Alfonso Valencia Ríos le ofrecieron cargos públicos importantes. La oficina de Comunicación de la Presidencia, una embajada en cualquier país e incluso la dirección del periódico.
Nunca aceptó.
Él decía que era, simplemente, un miembro más de la infantería de reporteros.
Han pasado 30 años desde aquel día.
Treinta años desde que las teclas de la Olimpia dejaron de sonar.
Pero quienes aprendimos de él seguimos escuchando aquella voz.
Seguimos recordando sus órdenes de “Jefe”.
Seguimos recurriendo a sus enseñanzas cada vez que nos sentamos frente a una hoja en blanco.
Por eso hoy, al recordar su partida, vienen nuevamente a la memoria aquellas palabras que publicamos en El Dictamen:
“Maestro
Alfonso Valencia Ríos.”
“Con lágrimas en los ojos y un crespón de luto en el corazón, los que suscribimos, reporteros forjados por usted, en el crisol de su ética, su pasión por el periodismo y su vocación de servicio, pasamos lista de presente en el momento de su inexorable partida.”
Y hoy, 30 años después, podemos repetir aquellas palabras con la misma emoción:
Aunque su voz ya no sea audible para el mundo, nosotros seguimos escuchando al Jefe y al Maestro.
Seguimos escuchando sus consejos.
Su exigencia.
Su optimismo.
Su fe.
Y ese empuje que nos enseñó para continuar en la diaria brega del periodismo.
Porque los verdaderos maestros no mueren cuando dejan de estar físicamente.
Siguen viviendo en lo que enseñaron, en quienes formaron y en las historias que ayudaron a escribir.
Por eso, maestro Alfonso Valencia Ríos:
¡Presente!
Treinta años después, la redacción sigue escuchando sus teclas.
Y nosotros seguimos pasando lista.
