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Entre mitos e incompetencia



Cosas Pequeñas

Juan Antonio Nemi Dib

Donald Trump está enfocado en satisfacer a su audiencia y su proyecto; no hay que esperar otra cosa. Nadie debería estar sorprendido: Trump advirtió claramente las acciones que tomaría. Y salvo algunos matices, como la relación con China, parece determinado a cumplir su agenda más allá del discurso. Pero que el 47° presidente de EUA logre concretar sus planes sin obstáculos y sin consecuencias, es algo diferente. La frase adictiva de campaña que suele atrapar masas, raramente cumple la promesa y, en cambio, acaba frustrando expectativas. 

Por ejemplo, en el tema migratorio. Es cierto que la mayor parte de los 11 millones de indocumentados que trabajan en Estados Unidos son mexicanos. Es cierto que la idea de repatriarlos (o “deportarlos”, como algunos prefieren), traerá consecuencias serias para México, empezando porque el dinero enviado por los migrantes a través de remesas es superior a todo el gasto social del gobierno mexicano y es gracias a esos envíos, que cientos de miles de familias logran subsistir. En Michoacán, casi el 98% del ingreso bruto del estado proviene de las remesas. Sin ese dinero, el escenario se económico se pondrá aún peor. 

Como expertos han adelantado, la economía mexicana no está en condiciones de crear de manera inmediata ni siquiera un millón de empleos formales, estables y bien remunerados; sólo un millón de deportaciones causaría un severo desajuste social en un escenario de por sí deprimido, con finanzas públicas en quiebra sostenidas a base de una deuda pública descontrolada, salvaje e impagable.

Una app, un apoyo de dos mil pesos y la incorporación a programas de subsidios no son soluciones adecuadas para los problemas que se avecinan.

Pero, por otro lado, Estados Unidos es un país construido por extranjeros desde el momento mismo en que inició su colonización, esto incluye a la familia del propio Trump. Inmigrantes procedentes de todo el mundo son actualmente el 14% de la población de EUA, pero aportan el 19% de su fuerza laboral, todos ellos son copartícipes de la grandeza del país vecino. La edad de los extranjeros que llegan a EUA (en promedio) suele ser entre los 16 a los 52 años máximo, mientras que la población trabajadora nativa envejece de manera acelerada. Estados Unidos tiene un problema serio de disminución de su masa trabajadora local, de incremento -a niveles insostenibles— de sus costos sanitarios y de la atención a su creciente número de adultos mayores que consumen, pero no generan riqueza.

7 de cada 10 trabajadores agrícolas en EUA son inmigrantes. En promedio, un indocumentado cobra entre 30 y 40% menos que un nativo por hacer el mismo trabajo. Pero en cambio, en 2022, los inmigrantes pagaron al fisco estadounidense 580 mil millones de dólares en impuestos; en la mayoría de los casos, sin recibir a cambio los servicios públicos de los que se beneficia un residente legal ni cualquier otra retribución.

Los migrantes no sólo trabajan en el sector primario: muchos de ellos se ocupan en el sector de servicios, como obreros fabriles y en áreas complejas como la construcción, la mecánica automotriz e industrial. Conozco casos de indocumentados que han sido invitados a enrolarse en el ejército y la marina de EUA, algunas veces a cambio de la promesa de una estancia regular, no siempre cumplida. La mano de obra veracruzana se busca afanosamente en lugares como Columbus, Indiana, por su delicadeza y aptitud para actividades delicadas y complejas.

¿Quién levantará las cosechas?, ¿quién hará los trabajos extenuantes y de riesgo?, ¿quién prestará los servicios domésticos en las mansiones de Los Hamptons, Conneticut y Pacific Palisades?, ¿acaso serán robots las nuevas “baby sister” de las mujeres ejecutivas y las científicas de Silicon Valley?

Contrario al discurso de Trump, el Centro Brennan de la Universidad de Nueva York afirma categóricamente:

“Desmentimos el mito de la ola delictiva causada por inmigrantes. Los datos no confirman la idea de que Estados Unidos esté sufriendo una ola de delitos provocada por inmigrantes…Una importante cantidad de estudios ha evaluado la relación entre la inmigración y el delito. Numerosos estudios demuestran que la inmigración no está asociada a mayores niveles de delincuencia, sino todo lo contrario. Las investigaciones también han evaluado el efecto que tiene la concentración de inmigrantes en una comunidad sobre los patrones delictivos, y han revelado que la inmigración está asociada a tasas de delincuencia más bajas y a una mejora en los factores estructurales —como la conexión social y las oportunidades económicas— que propician la seguridad en un vecindario”. 

Afirmar que los migrantes se comen a las mascotas puede asustar y convencer a algunos votantes, quizá a muchos, pero definitiva no va a resolver los problemas de violencia que aquejan a nuestro vecino del norte. En realidad, por más popular que sea entre sus electores, el nuevo gobierno de EUA no la va a tener fácil con su política de cierre a los flujos fronterizos y expulsión de indocumentados, y eso que no revisamos las implicaciones culturales de las probables deportaciones masivas, del monto que los migrantes dejarán de consumir allá, ni las estimaciones que calculan hasta en 10% la destrucción del PIB estadounidense si el plan se concretara, tampoco el esperable incremento en los costos de la mano de obra y la afectación a sus cadenas de suministro, todo en perjuicio de sus propios consumidores (y votantes).

El Gobernador Abott de Texas ha basado su acción política casi exclusivamente en su cruenta política antiinmigrante. Se queja de 1.6 millones de indocumentados residen en su Estado, pero no habla de la riqueza que generan, de lo que consumen, de los impuestos que pagan, y tampoco explica cómo los substituiría si lograra expulsarlos. Texas es un gigante de la producción agropecuaria, pero su fuerza se trabajo se compone sustantivamente de migrantes. ¿Quién ordeñará las vacas?

La realidad económica acabará imponiéndose, como siempre, pero mientras tanto habrá que sufrir los efectos del populismo radical basado en mitos absurdos, de aquel lado; la incompetencia, la falta de proyecto claro y de propósito, el mesianismo, la improvisación y el engaño, la siembra de odios, de esta parte nuestra. Eso sí…tenemos el Himno Nacional

antonionemi@gmail.com

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EL ERROR (y la prostituta…)

 


Cosas Pequeñas

Juan Antonio Nemi Dib

La prostituta del pueblo no lo era. Todo empezó por una añeja y, como casi siempre, absurda rivalidad con la prima/vecina. Ésta, resentida por los agravios que nacen de una convivencia intensa y excesiva, donde la privacidad se desvanece y las diferencias crecen más que el pan con fermento seco, empezó emitiendo pequeñas regañinas que transitaron de murmuraciones y chismecillos a vituperios, luego a ponzoñosas calumnias y, como tenía que ser, se convirtieron en anatemas de profusa difusión entre aldeanos aburridos, de falsa pero conveniente moralina.

Llegó el día en que el señor cura le reclamó airado por qué no confesaba sus verdaderos pecados; ella, simplemente no supo qué responder. Doña Chucha, que les daba el taller de costura, le dijo que mejor aprovechara las tardes para cuidar a su abuela, vieja y enferma, que no regresara. Y poco a poco empezó a darse cuenta de que las miradas de jóvenes y adultos contenían algo indescifrable, que le provocaba al mismo tiempo molestia, temor y… orgullo. Lascivia no era un sustantivo de su vocabulario, pero aun así, finalmente logró darse cuenta de lo que incitaba en los hombres, pues los infames juicios contra ella crecieron al mismo tiempo que un físico espectacular, con ojos de miel, con labios de rojo vidrio (como describe José Homero) y, por supuesto, la cadencia de quien sabe lo que tiene. Así, la prima airada se convirtió en profeta. Y la guapa, en la reina del pueblo, la deseada, la envidiada, la temida, la terrible, la irresistible. La guapa no tenía ya nada que perder, y en cambio, sí qué ganar, mientras sus atributos se lo permitieran.

Es el caso de la policía mexicana. De todas y cada una de las corporaciones de antes y de hoy.

Nadie en su sano juicio, con dos dedos de frente o “un poco de razón” -como dirían en ese mismo pueblo— se incorporía voluntariamente a una corporación policiaca pensando que merecerá respeto, que tendrá reconocimiento social, que recibirá reconocimiento de héroe por defender a los demás, que el futuro de su familia estará garantizado en caso de siniestro, que recibirá el entrenamiento y el equipo adecuados, y mucho menos, que obtendrá un salario remunerador, que le garantice una vida digna a los suyos ni el llegar a viejo en paz y sin penurias.

Las consignas son pertinentes: “policía, si quieres llegar a viejo, hazte pendejo…”, “los polis buenos sólo tienen dos pies, uno en la cárcel y otro en la tumba, los picudos no necesitan pies, tienen trocas”… y la lista sigue. No procede generalizar y seguramente hay excepciones, pero en este país en donde se cuenta acuciosamente la pérdida financiera de FEMSA al verse obligada a cerrar los OXXOS de Nuevo Laredo, nadie sabe cuántos policías mueren en cumplimiento de su deber, y si se sabe, tampoco importa. ¿Supo usted de la joven mujer policía asesinada por evitar un asalto en Veracruz, el pasado18 de julio?, ¿sabe cómo sigue su compañera gravemente herida?, ¿haría usted un donativo a sus familias?

El de policía mexicano suele ser un empleo residual, cuando se han agotado otras opciones laborales, cuando de plano no hay más remedio; en ciertos casos, se trata de una ingenua posibilidad de “ascenso social”, de cumplir expectativas de reconocimiento en la familia o la micro comunidad, de una actividad “emocionante” que se percibe como una fuente de adrenalina y la agradable sensación que brinda el poder de llevar encima, legalmente, un arma de fuego que se puede usar, autoridad sobre los otros, pues; pero, también, chance de ingresos extralegales y “mejora” patrimonial rápida. 

Esta tradición se torna más compleja cuando hay que compartirle al jefe tiene que compartirle al jefe que tiene que compartirle al jefe que tiene que compartirle al jefe, lo que impone tarifas y cuotas. O de plano, peor… cuando los polis tienen que trabajar para los malos si es que quieren conservar la vida propia y la de sus cercanos y por supuesto mantener su empleo para ganarse unos pesos extras (tampoco es que les devuelvan mucho por sus “colaboraciones espontáneas”), lo que les obliga a “recaudar”, a pagar para tener acceso al instrumento de “trabajo” (patrulla, moto, radios que funcionan, chalecos y cascos sin caducar, suficiente parque) y buena ubicación en cruceros adecuados y turnos “productivos”. 

La metáfora vale: la guapa pagando el diezmo y sirviendo al cacique, para mantener las ventajas de serlo. Los demás que se jodan, la guapa trabaja para la guapa, no para el pueblo. Weber lo vio venir.

Es cierto que la seguridad pública en Veracruz y quizá en todo México está a un tris de la hecatombe. No se puede ocultar. Pero el nudo no se desata desapareciendo la Fuerza Civil (craso, terrible error). El problema no es la carencia de súper policías, tipo RoboCop. El problema no está sólo en las licencias para matar que antes llamaban “neutralizaciones” y ahora rebautizaron como “códigos rojos”. El problema no es siquiera que oculten los muertos de Banderilla o los balazos al interior del fraccionamiento millonario. Vaya… ni aún las necesarias pero lucrativas (antes y ahora) y fallidas cámaras de videovigilancia.

En realidad, el problema no son los policías. Lo fácil, lo cómodo, lo políticamente correcto, es culparles a ellos de todos los males, así sea irrefutable que varios actúan de manera abominable y merecen a perpetuidad el Séptimo Infierno.

De hecho, necesitamos ciudadanos que cumplan la ley, sin distingos, sin privilegios, sin grados, sin exclusiones. Si no hay robos, ni secuestros, ni borrachos manejando, ni violadores, ni narcos, ni proxenetas, ni defraudadores, ni evasores fiscales, ni corrupción pública y privada, ni precio para la justicia, con paternidad responsable y auténtica ciudadanía, con gobierno eficaz y honesto, los policías salen sobrando. Y de paso los fiscales… y los jueces. Lo dijo Auguste Comte: el crimen es inevitable, es una anomia, pero no tiene por qué ser la generalidad sino la excepción. Los malos policías deberían ser lo raro, lo extraño. Podríamos dejar de temerles, aprender a respetarles, a corresponder su esfuerzo y por supuesto, a agradecerles.

Mientras que seamos una sociedad de gente que exige la rigurosa ley para los otros pero el perdón incondicional para sí misma, mientras seamos una sociedad que privilegie la riqueza y el poder sin importar el modo ni el costo, la buena policía es sueño, autoengaño. Si buscamos que se haga la voluntad de Dios en los bueyes del Compadre, realmente no queremos paz, realmente no estamos dispuestos a cumplir nuestros deberes cívicos, que ni son pocos ni son fáciles. Ya puede estar tranquila la prostituta del pueblo, la culpa es de los otros.

antonionem@gmail.com

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Un Milagro

 


Cosas Pequeñas

Juan Antonio Nemi Dib

Que todos vivamos con un mínimo de calidad, dignidad y decoro, es indispensable si queremos vivir en paz y libertad. La injusticia y la inequidad en todos los ámbitos de la vida son la fuente del resentimiento, del enojo y el encono, la imposibilidad de convivir (coexistir en armonía y paz). De ahí, el siguiente paso es la violencia. Así lo muestra la historia una y otra vez; eso gritaba la cabeza de María Antonieta cuando rodó en 1793.

No ha triunfado en el mundo revolución sin ofrecer que va contra los privilegios, contra la desigualdad y la opresión. El balance de las guerras libertarias es mixto, pero con frecuencia el remedio es peor que la enfermedad, como en el caso de los sufridos nicaragüenses y puede que muchos cubanos opinen lo mismo. Pero de lo que no hay duda es de que siempre, siempre, corren ríos de sangre, generalmente inocente, y -también lo prueba la historia— todo suele terminar en que una nueva élite de poderosos acaba substituyendo a la anterior. 

¿Y qué significa, en nuestro contexto, que la gente tenga una buena vida, digna y decorosa? Fácil de responder pero difícil de concretar: que nadie pase hambre y que todos tengan los medios necesarios (como dice la oración: casa, vestido y sustento); que nadie se quede sin atención médica, que nadie se muera de enfermedades curables, que nadie sufra por medicinas y tratamiento; que todos tengan acceso a educación de calidad que realmente brinde oportunidades de inclusión y mejora personal y colectiva, que permita a las personas realizarse en aquello que les gusta, al tiempo que retribuyen a la sociedad con su trabajo y su talento; que se reconozcan las capacidades y la creatividad individual, el trabajo personal y la innovación, pero que no se castigue a nadie por su origen étnico, su color de piel, sus creencias o preferencias y menos aún por su intelecto; que los conocimientos y la tecnología sirvan a todos y no sean instrumentos de control o explotación; que se respete incondicionalmente la libertad de pensamiento y acción; que las infracciones a la ley sean las excepciones y no la regla…

En un país donde más de la mitad de las personas son pobres, es decir, que tienen menos de lo estrictamente necesario para subsistir, con todo y los trucos estadísticos, los enunciados del párrafo anterior no son sino utopías (ilusiones, ucronías), aspiraciones fallidas, motivo de más frustración y, por supuesto, demagogia (el discurso mentiroso e incumplible que busca agradar a las masas, dice el diccionario; sin importar las consecuencias del engaño, agrego yo).

Darle dinero a los más pobres, a los más vulnerables y sufridos, parece una  buena idea y, de hecho, aunque en México la pobreza prácticamente no ha variado y algunos temas como la salud están peor que nunca, catastróficos, algunos indicadores parecieron mejorar un poco con los “programas sociales”. Sólo en 2023, de acuerdo con el Instituto Mexicano para la competitividad, el Gobierno del País destinó 41 centavos de cada peso de nuestros impuestos a repartirlo en programas sociales, becas y pensiones. Parecería un acto justiciero, ¿pero realmente lo es?

El primer gran problema es que para repartir dinero, sea propio o sea de los contribuyentes, hay que tenerlo. Durante estos años, ese reparto ha sido posible gracias a que el Gobierno de AMLO dispuso de 380 mil millones de pesos del fondo de estabilización presupuestaria que fueron ahorrando las anteriores administraciones y que tenía muchos propósitos, entre otros, evitar la crisis financiera en la que precisamente ya se encuentra el erario público; para repartirlo, le quitaron más del 21% a la salud (por eso el colapso sanitario), a la educación, a la promoción turística, al mantenimiento de la infraestructura, a la protección civil, desapareciendo incluso el fondo de desastres naturales (eran 54 mil millones de pesos destinados a las emergencias, que ya no existen), además de 109 fideicomisos para el deporte, la investigación científica, los fondos metropolitanos (para atender las necesidades de las grandes zonas urbanas) y hasta el financiamiento rural, gastándose en el reparto casi 70 mil millones de pesos más.

Sólo este año, la nueva deuda autorizada por los diputados de MORENA es de casi dos millones de millones de pesos, eso significa que el 25 % del dinero presupuestado para gastar en 2024 es parte de la deuda que nos habían prometido no contratar pero que dijo su papá que siempre sí... Asegura la Secretaría de Hacienda que la deuda pública de México equivale al 45.5% del PIB, es decir, que debemos casi la mitad de la riqueza nacional en un año.

Pero la realidad es mucho más escandalosa que eso, las cifras son incomprensibles: a marzo de este año, según la Cámara de Diputados, la deuda pública que supuestamente no se incrementaría andaba ya en los 217 mil millones de dólares, algo así como $ 3,772,641,240,000.00 pesos, lo que cada mexicanito nuevo nace debiendo. (Por cierto, no supe escribir en letras 3,772,641,240,000.00, no tengo idea).

La Presidenta Sheimbaum empezará con un déficit de casi 6% del PIB (es decir, el dinero que se gasta sin que realmente exista), le entregarán un PEMEX en mega quiebra al que dos billones de pesos de nuestros impuestos no han logrado sacar de la ruina y se han ido a la basura; la nueva Titular del Poder Ejecutivo tendrá que conseguir ipso facto unos 600 mil millones de pesos extras para que no le estalle en las manos el sistema de pensiones, más lo que le falte al Tren Maya, a Dos Bocas y al Transístmico (otras decenas de miles de millones) y otros “grandes proyectos”; doña Claudia recibirá una economía con inflación acumulada de dos dígitos y, de acuerdo con el progobiernista diario EL FINANCIERO: “el crecimiento promedio anual en los primeros cinco años de gobierno de AMLO es de 0.8 por ciento, el más bajo para un mismo periodo desde Miguel de la Madrid (1982-1988), en el que se observó una contracción de 0.2 por ciento”. Pero no es todo: también sufrirá la inminencia de una severa devaluación ya que, según los más conservadores expertos, el peso está sobrevalorado en al menos 20%.

Esperemos el milagro de los panes recargado, o una crisis financiera sin precedentes (que mi lengua se haga chicharrón) y más si continúan testereándole las gónadas al verdadero tigre, el mercado. A ver qué dinero queda para repartir. 

antonionemi@gmail.com

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Voluntad general


Cosas Pequeñas

Juan Antonio Nemi Dib

Con afecto para Alfredo Bielma Villanueva, decano de la Ciencia Política, que me hizo recordar a Catilina y Cicerón.


Uno sólo puede ser idéntico a sí mismo. Lo sabe la filosofía, lo sabe la biología. La igualdad no es lo mismo que la identidad. Aunque diariamente usamos el “somos iguales” en sentido de equiparables, de “muy parecidos”, similares y hasta análogos, está demostrado que nadie es exactamente igual a otro, por más semejanzas que nos encontremos. Sin embargo, el de “igualdad” es un concepto inevitable en la vida cotidiana, especialmente en el ámbito de lo legal y, sobre todo, es la esencia conceptual de los sistemas democráticos de organización de las sociedades modernas. 

Si la igualdad jurídica no existiera, sería imposible una organización social en la que todas las personas expresan libremente su opinión y ejercen su voluntad individual, entre otros muchos derechos irrenunciables. La esencia de este concepto (igualdad jurídica) es que, en una comunidad de iguales, el voto de un ciudadano vale exactamente lo mismo que el sufragio de otro, independientemente de su patrimonio personal, de sus características físicas, de su prestigio, de sus creencias, de sus conocimientos, de su nivel académico e incluso de la [des] información con la que cuente cada uno al decidir y al usar su potestad de escoger a quien le gobierne, pero también al gozar sin límites las prerrogativas que tienen todos los integrantes de esa comunidad.

Algunos piensan que la democracia representativa, en la que presuntamente todos somos jurídicamente iguales y valemos lo mismo, ciertamente es un modelo que se basa en la elección de aquéllos que alcanzan el mejor resultado electoral, pero es un sistema de suyo deficiente e inequitativo, entre otras cosas, porque el “sentido democrático” se agota en el momento mismo en que la boleta se deposita en la urna. Otros cuestionan la capacidad de los modelos basados en la elección de unos cuantos “notables” para representar los intereses de todos los ciudadanos, el frecuente incumplimiento de las plataformas y compromisos y el cambio de identidad y de actitud de quienes triunfan en los comicios.

 En 1835, Alexis de Tocqueville, un joven francés impresionado por las bondades que encontró en la organización política de los Estados Unidos de América, publicó la primera parte de un conocido libro (“De la démocratie en Amérique”), allí afirmaba que el sistema de elección democrática de las autoridades es el sistema más adecuado para el gobierno de una sociedad pacífica, porque a su parecer, favorece el desarrollo, protege los derechos de todos y, de manera muy especial, la libertad.

Sin embargo, Tocqueville también destacó los peligros de la tiranía de la mayoría, en grave perjuicio de las minorías, el riesgo de la mediocridad y el hecho de que aún las mejores organizaciones democráticas son incapaces de satisfacer la obsesión por la plena igualdad.

Pero por encima de todos los argumentos contra el concepto de igualdad jurídica, la crítica más dura -pero muy certera— aparece en un ensayo de Karl Marx (“Zur Judenfrage”, Sobre la cuestión judía). Este abogado/filósofo/economista y primer teórico de la lucha de clases y el comunismo, afirmaba que es un gran absurdo pretender que las personas sean jurídicamente iguales bajo un régimen de explotación en el que unos pocos se apoderan del trabajo de muchos, y por ende, éstos son económica y socialmente desiguales.

Con la llegada del modelo socialdemócrata y el estado de bienestar, la desigualdad y las condiciones desventajosas para la mayoría se redujeron en forma significativa; la pobreza disminuyó mucho y en general se elevaron sustancialmente los niveles de vida. Gracias a ello, los sistemas organizados sobre la base de elecciones libres y competitivas alcanzaron su mayor auge. Después de la Segunda Guerra Mundial, las naciones organizadas bajo principios electorales democráticos, ya republicanos, ya parlamentarios, se colocaron pronto a la vanguardia en el crecimiento económico, en el aumento del bienestar, consiguiendo la reducción notoria -en algunos casos, la erradicación— de la indigencia, y el progreso generalizado ciencia, de la cultura, la infraestructura, la salud, la educación, la recreación y el tiempo libre, además de las infraestructuras, la vivienda, etc.. 

Así se consolidó el “Bloque Occidental” que habría de enfrentar a los países de socialismo real agrupados en torno al “Pacto de Varsovia” en el mundo bipolar de la Guerra Fría. Poco después, la caída del Muro de Berlín parecería la consolidación definitiva de un modelo de organización política y económica eficaz, que algún famoso teórico definió como “el fin de la historia”, por supuesto, con EUA al frente de la civilización.

Pero nada es para siempre. El auge actual de los gobiernos populistas, muchos de ellos de corte autocrático y hasta dictatorial, y notorios estudios sociológicos contemporáneos, destacan el creciente descontento de la población de numerosos países del mundo, incluyendo la de las naciones más desarrolladas. La pérdida de calidad de vida, la reducción drástica de los mecanismos de protección social antaño ofrecidos por el estado de bienestar, la precariedad salarial, la concentración de capitales monopólicos, la crisis generalizada de los sistemas de pensiones, el incremento de la delincuencia y la violencia en general, los conflictos bélicos regionales, las nuevas guerras comerciales, la automatización, la destrucción de empleos tradicionales y el desplazamiento de mano de obra, así como la falta de expectativas y posibilidades para las nuevas generaciones, se enuncian como algunos de los factores de esta “frustración democrática” que convierte a electores antaño liberales, en personas dispuestas a renunciar a una buena cantidad de sus libertades a cambio de la añorada certidumbre que supuestamente ofrecen los gobernantes de corte totalitario.

Pero el problema es más grave: estamos viviendo la era del endiosamiento del individuo, la deificación de la persona como el eje de todo; más allá de la muerte de Dios preconizada por Nietzsche, se coloca al sujeto individual en el centro de todo, por encima de la sociedad a la que pertenece y sin la cual, sería imposible el ejercicio de esos derechos que se exigen, e incluso, sería inviable la propia sobrevivencia del individuo. Gran contrasentido. Sin sociedad ni normas universales, no habrá garantías ni libertad que proteger.

El resultado son generaciones de terrícolas que exigen sus derechos a rabiar, pero incumplen y hasta desconocen sus obligaciones y deberes más básicos para con su comunidad, son generaciones orientadas al disfrute instantáneo, llegando al extremo de la saciedad fútil, la aburrición endémica, el consumismo desenfrenado, la devastación ambiental, la dependencia de los antidepresivos y las drogas prohibidas, las rupturas relacionales y los vínculos personales y familiares desechables, incluyendo la frustrante soledad de la senectud, el egoísmo superlativo, comunidades carentes de empatía, deliberadamente ciegas frente al sufrimiento ajeno y, paradójicamente, intolerancia y desprecio para los otros, para los diferentes, para los que desagradan; la fragilidad y el cambio constantes que bien describe Bauman en su concepto de sociedad líquida, el principio físico de la incertidumbre de Heisenberg llevado a la gente.

Y eso sin hablar de la infodemia, la conversión del interés público en objeto de mera mercadotecnia y publicidad, la sofisticada manipulación de la opinión pública, mayor que nunca gracias al impacto de las redes sociales y, ahora, al uso de la inteligencia artificial, para aupar o destruir a conveniencia; por no insistir en una realidad vertiginosa que caduca su propia historia al mismo tiempo que la produce, lo que necesariamente lleva al desencanto, al rechazo, al desinterés y al franco abandono de la cosa pública. Y no es menor, tampoco, que dos mil de los ocho mil millones de habitantes del planeta vivan por debajo del umbral de la pobreza.

En este escenario, ¿es realmente posible una democracia de iguales?

Fue Cicerón quien propuso que el concepto de igualdad debía atender, esencialmente, al principio de justicia, es decir, a un recto actuar de todos, individuos y gobernantes, un recto actuar que de manera natural tienda al beneficio para todos, un actuar sustentado en un derecho común que asuma la recta ratio (la razón correcta) y así se conduzca. La historia muestra ejemplos de sociedades capaces de cumplir con sus normas de manera voluntaria y proactiva en beneficio de todos sus miembros, prácticamente sin infracciones, en las que las excepciones son anomias, y no lo general. La recta ratio no es utopía, no lo es si realmente sirve sin exclusiones y si todos la cumplen haciendo su parte.

Rousseau sostiene que las sociedades organizadas deben partir de la VOLUNTAD GENERAL como un mecanismo eficaz para garantizar que las cosas se orienten al interés general o, en sus términos, al ‘bien común’. La voluntad general no es la suma de las voluntades de cada uno, es mucho más que eso. Afirma el ginebrino: “Hay… gran diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; ésta se refiere sólo al interés común, la otra al interés privado, y no es más que una suma de voluntades particulares: pero quitad de esas mismas voluntades los más y los menos que se destruyen entre sí, y queda como suma de las diferencias de la voluntad general”.

Creo en Cicerón y creo en Rousseau. Estoy con John Rawls y su convicción a favor de la sociedad como un sistema equitativo de cooperación entre todos. Por más diferentes que los humanos seamos, podemos coincidir todos en la defensa de la libertad, de la vida, el patrimonio lícito, la integridad y la dignidad de los demás y de nosotros mismos, podemos coincidir en una economía libre pero justa, remuneradora y con oportunidades para todos podemos defender la creatividad y la iniciativa. Por más ajenas que sean nuestras posiciones políticas, podemos convenir contra la explotación, contra el mal uso del poder público, contra la esclavitud en todas sus formas, la segregación, los privilegios, la desigualdad social artificialmente creada; podemos coincidir contra la intolerancia, podemos ir juntos en la protección de los bienes comunes, fundamentalmente los recursos naturales, y su adecuada transferencia a las próximas generaciones, podemos luchar juntos contra la pobreza, contra la delincuencia, recuperar la solidaridad y el sentido de inclusión y pertenencia social, podemos vivir con respeto a las diferencias y en una sociedad que haga de la igualdad jurídica una realidad justa y buena para todos, en una vida plena también para todos.

antonionemi@gmail.com

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[IN] Sanos



Cosas Pequeñas 

Juan Antonio Nemi Dib

“Obras son amores, y no buenas razones.”

Lope de Vega

No hay vuelta de hoja, «la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». Este no es un argumento ideológico y tampoco propaganda política. Es la Declaración de Principios de la Organización Mundial de la Salud, filial de la ONU, integrada por 194 países y dos más en calidad de asociados. El artículo 4º de la Constitución Mexicana dice que: “Toda persona tiene derecho a la protección de la salud. La ley definirá las bases y modalidades para el acceso a los servicios de salud”.

De acuerdo con la Fundación HUMANIUM, “…El derecho a la salud obliga al Estado a garantizar a los ciudadanos la posibilidad de poder disfrutar del mejor estado de salud que sea posible. Esto significa que la condición de salud dependerá de cada individuo y que el Estado debe garantizar el mismo acceso a la atención médica al todo el conjunto de su población. Así, el derecho humano a la salud se divide en varios derechos específicos que los países deben asegurar: el derecho a un sistema de protección de la salud, el derecho a la prevención y a tratamientos preventivos para luchar contra la propagación de enfermedades, el derecho al acceso a los medicamentos esenciales, la promoción de la salud materna e infantil, el derecho de todos al acceso a los servicios de salud apropiados y el derecho a la educación y la concienciación sobre la salud”, entre otros.

En México, el artículo 25 de la Ley General de Salud afirma que: “Conforme a las prioridades del Sistema Nacional de Salud, se garantizará la extensión progresiva, cuantitativa y cualitativa de los servicios de salud, particularmente para la atención integral de la población que se encuentra en el país que no cuenta con seguridad social.”

Ésa es la teoría. Estos son los hechos:

En 2020, la carencia (índice de pobreza) por acceso a los servicios de salud era de 28.2%. Esta cifra fue 12% más alta que en 2018 y 12.6% más alta que en 2016. Ello significa que la cifra de personas sin acceso a la salud creció a 15.6 millones, todo mexicanos pobres. (Cifras oficiales de CONEVAL). Por cierto, era el momento más álgido de la pandemia del COVID-19. Actualmente, 98% de las personas que viven en pobreza extrema en México carece de acceso a la seguridad social y 57% no tiene acceso a ningún servicio de salud.

Entre 2018 y 2019, 18.5 millones de hogares mexicanos reportaron que se vieron obligados a gastar en servicios privados de salud. En 2020, 45.2 millones de hogares informaron que tuvieron que desembolsar en atención privada. Esto significa un incremento de 244% en el número de mexicanos que debieron pagar por servicios sanitarios, en sólo un año.

La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2021 reveló que 6 de cada 10 mexicanos prefieren atenderse en servicios privados, incluyendo los consultorios de farmacia.

“El 2021 fue el año con más desabasto de medicamentos en México desde 2017 y las enfermedades más afectadas fueron cáncer, diabetes, post trasplantados, hipertensión y las relacionadas con salud mental. <<En 2021 más de 22 millones de recetas no se surtieron efectivamente y, desde 2017, fue el año con el mayor número de recetas no surtidas efectivamente (recetas negadas y surtidas parcialmente) en los principales subsistemas del Sistema Nacional de Salud>>, dijo en una conferencia de prensa Frida Romay Hidalgo, Jefa del Área de Salud y Bienestar de la organización ‘Cero Desabasto’ ”.

“México ha tenido un exceso de mortalidad de 758,826 personas de enero de 2020 a marzo de 2022, durante la pandemia de Covid-19, reportó el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). El organismo autónomo documentó 2,437,629 muertes por todas las causas en dicho lapso, un 45.2% más a las esperadas en el mismo periodo, cuando se estimaba que habría 1,678,803 decesos, según un modelo de canales endémicos basado en el histórico de fallecimientos ocurridos entre 2015 y 2019.”

De acuerdo con la asociación de padres de niños con cáncer, para junio de 2021 “unos 20 hospitales a nivel federal y 15 centros de salud estatales registraban entre un 70 y un 90% de desabasto de medicamentos y quimioterapia. Los padres de familia integrantes de este movimiento afirmaban que en ese momento había una escasez de al menos 39 claves de medicamentos para tratar el cáncer infantil, un rezago en el suministro que se cebaba principalmente en el sureste de México. Según sus cifras, este desabasto había provocado hasta ese momento, la muerte de 1,600 niños en México y había perjudicado a los más de 19 mil pacientes infantiles que se atendían en hospitales públicos.” (Diario El País).

“La tasa de mortalidad general en México en 2020 subió respecto a 2019, hasta situarse en el 6.15%, es decir, 6.15 muertes por cada mil habitantes”. (Expansión)

Oficialmente, han ocurrido 6.4 millones de contagios por COVID-19 en México y 326 mil 261 defunciones (Reuters). Sin embargo, “el gobierno mexicano no informa de cientos, posiblemente miles, de muertes por el coronavirus en Ciudad de México, ignorando a los angustiados funcionarios que han contado en la capital más de tres veces la cantidad de fallecimientos que el gobierno reconoció públicamente, según funcionarios e información confidencial revisada por The New York Times.”

Obras son amores. Hoy, los mexicanos enferman, carecen de atención y mueren cuando podrían salvarse, especialmente los pobres.

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EL GRAN DILEMA...


 Cosas Pequeñas

Por: Juan Antonio Nemi Dib.

Décimo Junio Juvenal fue poeta y prosista satírico romano. A él se atribuye la autoría del verso que sirve para significar a personas y hechos insólitos, fuera de lo común, y que tienen una conducta o un sentido singular, positivo, bueno, útil, exitoso: “Rara avis in Terris”, que se podría traducir libremente como ‘un pájaro peculiar entre el resto de los que habitan la tierra’. Esta aparente minucia literaria se ha convertido en una expresión de reconocimiento especial a quienes se conducen contrariamente a las malas tendencias, con sacrificio, con especial esfuerzo o con impecable desempeño, frente a los que hacen lo indebido o lo inapropiado, frecuentemente la mayoría.

Rara avis in Terris es la definición perfecta para Diego Valadés Ríos, que fue muchas cosas en el servicio público, en la procuración de justicia, en la diplomacia: Procurador General de la República, también de la hoy Ciudad de México, así como Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En lo académico, su trayectoria apabulla: funcionario y maestro de la UNAM, una incontable obra escrita de reconocido valor intelectual, un trabajo ininterrumpido como académico de alto nivel, conferencista, analista, multi premiado, condecorado, no sé cuántas veces doctor honoris causa, investigador emérito, profesor invitado en decenas de universidades mexicanas y extranjeras. Y, además de intachable, el señor no recibió nunca imputaciones por actos indebidos, incluso en esas tétricas chambas que implican ser jefe de ministerios públicos y policías ministeriales. El pantano no le manchó. Salió incólume, digamos.

De modo que si para temas de constitucionalidad se trata, no sólo por sus indiscutibles conocimientos y su merecida calidad de jurisperito, sino por su intachable desempeño profesional, la de Diego Valadés es una voz más que autorizada. Y todo este rollo viene a cuento porque en el diario REFORMA, del día de hoy, el Ministro en Retiro afirma: “Estoy en contra de la prisión preventiva generalizada. Comparto el punto de vista basado en los derechos humanos, en la justicia y en el sentido común, que rechaza los abusos en la aplicación de esa modalidad de privación de la libertad. Es necesario corregir su configuración sin romper el orden constitucional.”

Esta firme declaración de principios del ex Abogado General de la Nación, es resultado de que están por discutirse en el seno de la Suprema Corte de Justicia un par de ponencias que estarían considerando que una parte del artículo 19 de la Constitución General de la República es anti constitucional, es decir, que la Constitución se contradice y se viola a sí misma, en lo relativo a la facultad que tienen actualmente las autoridades para aplicar de manera casi generalizada la prisión preventiva oficiosa.

Valadés reconoce que se ha abusado de esta fórmula de la prisión preventiva. Y aunque no lo dice expresamente, yo entiendo que dicho abuso implica el reconocimiento de que muchas personas están privadas de la libertad por excesos de la autoridad, por pobreza y carencia de medios, por mala defensa, por razones políticas, por saturación del sistema judicial, por corrupción. Y no es un tema menor: lo estudios más conservadores estiman que al menos dos tercios de los presos en México permanecen sin sentencia, que por supuesto no se cumple el término de dos años para la prisión preventiva que impuso la propia Corte, y que en la actualidad es ridículamente ínfimo el porcentaje de personas sometidas a juicio y ya sentenciadas en el tiempo legal, frente a los que esperan años por una resolución de los jueces. Lo peor es que muchos de ellos, muchísimos, son inocentes. Hay casos emblemáticos, no son pocos, de personas presas durante decenios en espera de una sentencia. Ejemplo sencillo y demostrable: sólo porque alguien con poder político y ambiciones imperiales lo desea, a decenas de personas se les fabrican delitos y se les arruina la vida. Juezas y jueces corruptos, que todo venden, fiscales putrefactos y sumisos al poder, no paran mientes en llevar a la cárcel a personas sin culpa alguna.

Valadés consiente en el diagnóstico pero no en el tratamiento: “…no hay fundamento, teórico ni legal, para que la Corte se erija en poder constituyente. A lo más que podría llegar sería a sugerir una reforma; jamás a derogar parte del texto constitucional… En ningún precepto de la Constitución se faculta a la Corte para pronunciarse sobre reales o hipotéticas contradicciones de la Constitución e invalidar alguna de sus disposiciones… Si la Corte asumiera la función de dirimir supuestas contradicciones entre normas constitucionales para determinar la que deba prevalecer, actuaría de facto, o sea sin fundamento normativo; dejaría de ser un tribunal constitucional para erigirse en un tribunal constituyente; sería ella la que en lo sucesivo fijaría el contenido de la Constitución.”

Su argumentación es articulada, sólida, congruente, lógica y difícil de rebatir. Y agrego que son muchos los precedentes, sobre todo en sexenios anteriores, en los que muchos analistas han observado que la Suprema Corte de Justicia de México se ha extralimitado y ha trascendido su deber de interpretar la ley, llegando al indebido extremo de imponer nuevas normas, es decir, legislando, lo que por supuesto no le compete. La preocupación de Valadés es fundada pero no es una práctica reciente ni limitada al actual artículo 19 de la Constitución.

Lo trágico de esto es que el mecanismo legislativo, es decir, la vía plena e inobjetablemente apegada al orden jurídico para cambiar la constitución, por su actual composición política, por su clara orientación ideológica y las acciones de la actual administración, va exactamente en contra del propósito sugerido por incontables organismos internacionales, barras de abogados y expertos, en el sentido de que la prisión preventiva conculca la presunción de inocencia, es un castigo cruel, ilegal y anticipado y un pretexto sólo para justificar que las autoridades policiales y ministeriales trabajan, por lo que debiera eliminarse definitivamente. Lejos de ello, el número de delitos que implican automáticamente prisión, con base en la mera acusación del ministerio público, creció en este gobierno hasta más que duplicarse con el inexplicable respaldo de las oposiciones.

El dilema es grave por donde se le quiera hincar el diente: si la Corte no invalida la prisión preventiva tal y como hoy se aplica en México, cientos de miles de mexicanos continuarán sufriendo la terrible opresión carcelaria y torturadora de un sistema legal que sigue sirviendo a los intereses políticos y económicos y no a la justicia ni a la sociedad. Si la Corte declara inconstitucional una parte de la Constitución, muy probablemente se habrá excedido en sus funciones. Pero al menos, es posible que ocurran menos injusticias. Deseo que ojalá que esta vez la Corte se exceda. El país lo necesita con urgencia.

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LA CARRERA

Cosas Pequeñas

Por: Juan Antonio Nemi Dib.

Cuando empecé mis funciones como Director del DIF en Veracruz, en 2010, una de mis obligaciones era participar en el programa contra la obesidad, que estaba a cargo del Consejo Estatal de Alimentación Saludable y Actividad Física. Dos años después me tocaría presidir dicho Consejo, en mi calidad de Secretario de Salud. Cualquiera entenderá fácilmente la tribulación que tuve en ese momento: en aquellos tiempos yo pesaba cerca de 150 kilos y jamás en mi vida había hecho ningún tipo de ejercicio físico.

Ya en ese momento la obesidad en Veracruz era epidémica y las alarmas estaban puestas en la obesidad infantil, un flagelo que por cierto se acrecentó con los dos años de encierro por la epidemia del COVID-19 y que trae aparejados problemas de salud pública que todavía no alcanzamos a imaginar: los niños obesos, si se mantienen en esa condición, tendrán severas dificultades a lo largo de su adultez y, por supuesto, una esperanza de vida mucho más corta que el promedio de las personas. Las consecuencias de ser obeso desde niño integran un catálogo indeseable de infortunios: diabetes mellitus, hipertensión, alteraciones en los lípidos, daños articulares, hígado graso, dificultades respiratorias, algunos tipos de cáncer (ya en la madurez) y, por supuesto, afectaciones emocionales severas: daños a la auto estima, depresión y ansiedad, en muchos casos provocadas por el acoso y el rechazo social.

Era profundamente contradictorio que un gordote como yo encabezara la lucha contra la obesidad. Recuerdo nítidamente mi participación en la primera sesión del Consejo, celebrada en un salón del Hotel Xalapa. Como si fuera un grupo de terapia colectiva, expliqué a los presentes mis múltiples esfuerzos fallidos por lograr un peso saludable, la incomodidad de no caber en el asiento de autobús o del avión, la vergüenza de pedir a la azafata una extensión para el cinturón de seguridad, la dificultad para conseguir ropa de mi talla y aunque nunca las viví en carne propia, las dificultades de otros obesos para ser productivos y tener una vida plena, circunstancia que, de haber continuado con los mismos hábitos, también me habría ocurrido a mí. Acabé explicándoles que sólo un loco podría desear un cuerpo adiposo y con panza incontrolable y que si se hiciese una encuesta, seguramente todos los obesos deseamos los físicos de Adonis y Afrodita.

Provengo de familia longeva, fuerte y relativamente sana -por lado materno y paterno— y tal vez por eso mi obesidad mórbida no me había pasado factura, aunque sí a mi hermano Jorge, quien murió a los 47 años, a causa de una crisis hipertensiva. Tomé la decisión de actuar radicalmente y consulté a muchos expertos. En algún momento casi decidí practicarme una cirugía bariátrica con uno de los más reputados expertos del país, por cierto, distinguido cirujano orizabeño; pero ante la lista de posibles complicaciones, y disuadido firmemente por mi esposa, decidí una opción más conservadora, una nueva dieta.

Inicié entonces un régimen híper proteico y sin carbohidratos de ningún tipo, que en casi siete meses me permitió bajar alrededor de 53 kilos, alcanzando el peso y la talla de cuando me casé, 26 años antes. La dieta era costosísima pero eficaz: salvo los primeros días, uno se acostumbraba rápido a dejar de comer y realmente no se sufría: los alimentos (siempre vendidos por la empresa) eran relativamente sabrosos, variados y tolerables, aunque insisto, de costo prohibitivo. Al final completé seis de las siete etapas del régimen. La última de ellas era de estabilización y francamente la consideré innecesaria, sentía que había logrado un peso más que razonable en relación con la estructura de mi cuerpo y que había aprendido a comer con orden, sin privarme de algunas cosas que me gustan. Tendría que ser cuidadoso y responsable pues provengo de una cultura en la que el afecto y la pertenencia se prodigan y se demuestran con comida, casi que se vive para comer. No es fácil desarraigar esos hábitos ancestrales y quizá genéticos.

No faltó uno de esos mercenarios de la prensa que se atrevió a publicar a ocho columnas en La Jornada Veracruz que yo me había practicado una cirugía para bajar de peso, supuestamente utilizando recursos públicos, mostrando en su “reportaje” (para justificar su calumnia), una factura de la Beneficencia Española que le fue proporcionada indebidamente y violando numerosas leyes por los funcionarios de la Secretaría de Salud que me sucedieron. Dicha factura correspondía a un caso completamente ajeno (la atención urgente a dos pacientes víctimas de la delincuencia organizada en el Puerto de Veracruz, sin ningún vínculo conmigo, que requirieron intervención médica urgente por la complejidad de sus lesiones). Esa publicación mostró el dolo, la inmoralidad y la carencia de la más mínima decencia en esos, los auténticos malhechores. Jamás hubo, por supuesto, aclaración ni precisión por parte del medio ni de los difamadores, pero sí un incidente famoso cuando encaré al mas pequeñito de los responsables del infundio, en un acto público, el mismo día del libelo.

Pero debo decir que no fue sólo la dieta. Al mismo tiempo que inicié el régimen empecé también, con persistencia, a hacer ejercicio regularmente. Con el apoyo de amigos que me acompañaban y animaban, empecé a correr, a hacer bicicleta fija, entrenamiento funcional y otras disciplinas que aprendí a disfrutar y que se volvieron parte de mi vida. Gracias a eso, tengo hazañas qué contar a mis nietos, por ejemplo: a los cuatro meses de haber montado por primera vez una bicicleta de montaña, logré completar la “Popo Bike”, casi 40 kilómetros de cimas y veredas, todas cubiertas de la frágil, movediza y áspera arena volcánica del Popocatépetl, a varios miles de metros de altura y todo ello sin romperme la crisma. Logré mantener el peso adecuado sin problema, por casi tres años.

Debo decir que nadar me aburre muchísimo, pero gracias a la alberca logré superar los dolores de columna derivados de los golpes que me dieron 6 policías ministeriales uniformados en mi primera noche de prisión en Pacho Viejo, cuando me causaron tres hernias lumbares por compresión traumática, a patadas en la espalda.

Desde entonces, en estos casi 9 años, he interrumpido el ejercicio sólo en 3 ocasiones: las dos oportunidades en que debí guardar cuarentena a causa del COVID-19 y el tiempo en prisión. Cuando fui arbitraria, ilegal y brutalmente aprehendido en Puebla por la policía de Veracruz, estaba yo inscrito para correr un maratón de 42.2 km y sometido a un entrenamiento que representaba el consumo de alrededor de 4 mil calorías diarias, alimentación muy controlada y a veces más de 4 horas diarias de ejercicio extremadamente intenso.

Después de mi “inauguración” en la celda de castigo la noche de Navidad de 2017, mis carceleros me mantuvieron en mi solitario calabozo en aislamiento ilícito e injustificado durante 37 días y por ende, en absoluta inmovilidad. El resultado fue una grave descompensación metabólica que al final casi me llevó a la muerte, según los mismos forenses de la Fiscalía que me encarceló y 34 días de hospitalización; pero además, tristemente, en los primeros días me produjo el aumento vertiginoso de prácticamente 33 kilos de peso, de los que ya no he podido bajar más que doce.

Lógicamente, durante los 16 meses de prisión que siguieron hasta que se demostró la infamia, la violencia ruin y la crueldad del trato, la fabricación de las acusaciones y la falsificación de los cargos, ejercitarme no era ni fácil ni apetecible para mi. Mucho tiempo de muchos pesares y daños irreparables, sobre todo para mi familia, aún sin razones ni explicaciones, que por cierto a estas alturas ya son innecesarias.

Con mucho esfuerzo, dificultades y secuelas, las cosas han ido tomando su ritmo. El pasado sábado 26 de abril tuve el privilegio enorme de participar nuevamente en la Carrera del Golfo, un evento prestigiado, que se suspendió por dos años y apenas se reinició. Hice uno de mis mejores tiempos, nada despreciable ni para mi edad (este año cumplo 60) ni para mi sobrepeso. Corrí en compañía de otros 3,990 participantes. Mis amigos y compañeros se fueron a su ritmo y por su cuenta. Tristemente me tocó ver al joven cordobés que falleció, apenas en el kilómetro uno de la competencia y corrí a solicitar una ambulancia pero ésta ya venía en camino. Ojalá que él y el otro competidor que murió no hayan sufrido y quede el consuelo de que perdieron la vida haciendo lo que les gustaba. Dios los tenga en su Gloria.

Es poco probable que pueda correr un maratón. El tiempo pasa y no son lo mismo los tres mosqueteros que sesenta años después. Pero he regresado a las carreras y, a pesar de las dificultades, eso me tiene contento. Las cosas vuelven a su curso. De cualquier modo, si puedo, lo intentaré. Al final, sólo hay que multiplicar los diez kilómetros por cuatro… y disfrutar la paz y tranquilidad que da el hecho de haber vivido conforme a principios y sin dañar deliberadamente a nadie.

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MIELES



Cosas Pequeñas

Por: Juan Antonio Nemi Dib.


Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

Antonio Machado


Desde que me propuse compartir por escrito algunas ideas (no necesariamente útiles y no precisamente innovadoras) siempre tuve clara la necesidad de llamar la atención de los dos o tres lectores masoquistas que pudiera conseguir, sobre las cuestiones cotidianas -las cosas aparentemente pequeñas— que nos pasan desapercibidas aunque generalmente son asuntos relevantes, incluso vitales para la humanidad.

Es verdad que frente a la infinitud de los grandes problemas internacionales, la guerra, los accidentes aéreos, los bamboleos de la economía, la caducidad de las noticias o la normalización del crimen brutal e imparable como parte de nuestra realidad, referirse a la miel como un asunto crítico podrá parecerle a muchos un tema banal. Me imagino, por ejemplo, a los mercenarios de la pluma, a los que venden sus flamantes opiniones a cambio de tres monedas (probablemente menos, en estos tiempos), a los que prostituyen sus infectas médulas, porque almas no suelen tener, riendo alborozados de mis parrafadas melíferas, sabiendo que nadie me va a pagar por referirme a las abejas, cuando podría yo ‘aprovechar’ este espacio para denostar a pedido, para destruir honras, para tratar de exculpar lo indefendible, para sembrar ponzoña y destruir vidas y familias sin consecuencias. Ellos optan por temas venales, como mercaderes ‘premiados’ que son.

Yo me quedo entonces con lo aparentemente banal. Hay que hablar de la miel. Es cosa sustantiva, relevante y lamentablemente, ignorada. Lo que logré indagar, con números gruesos y diferentes fuentes de información, es digno de atenderse y exige que actuemos: se estima que en el mundo hay más de veinte mil especies diferentes de abejas, desde las que miden tres milímetros hasta las de tres centímetros de longitud. En México, habrá un diez por ciento de ellas, cerca de dos mil. Los entomólogos dicen que ante la problemática ambiental (fundamentalmente enfermedades como el “piojo de Varroa”, el cambio drástico de los entornos, el envenenamiento por agroquímicos y otras sustancias artificiales y la “africanización” accidental, la cruza con una especie muy agresiva), es altamente probable que muchas de esas especies se extingan antes de que haya tiempo de identificarlas y realizar su clasificación biológica (taxonomía, diría un purista).

La abeja europea o italiana (apis mellifera) de la que se conocen unas treinta razas diferentes, fue introducida a América por los Conquistadores y en realidad es la gran productora de la miel que solemos consumir. Sin embargo, su principal valor desde el punto de vista biológico es la polinización: al viajar de una flor a otra para sober su néctar, las abejas trasladan el polen que permitirá a árboles y plantas reproducirse. En el mundo, se estima que el reino vegetal se reproduce al menos en 80% gracias al traslado del polen; en México, ése porcentaje sube al 88%. Es verdad que la lluvia, el viento y otros insectos también polinizan, pero la participación de las abejas es determinante en el proceso: chiles, mango, pepino, berenjena, calabaza, frijol, jitomate entre otros muchos vegetales (alrededor de 145 diferentes), sólo existen gracias a la polinización.

La miel es un alimento excepcional de invaluable valor nutricio. Aunque se han identificado más de 300 variedades de ésta, con múltiples sabores, colores, olores y densidades (y dos o tres de estas variedades potencialmente tóxicas para los humanos), prácticamente todas las mieles son riquísimas en hidratos de carbono, muchas vitaminas, minerales y antioxidantes. Hay registros rupestres del uso de miel hace más de seis mil años. Algunas culturas, como la egipcia, la consideraron alimento sagrado; la Biblia hace referencia a la miel en 26 ocasiones (“Panal de miel son las palabras agradables, dulces al alma y salud para los huesos.” Proverbios 16,24). Las abejas no sólo fabrican miel, también propóleos, polen apícola, cera, jalea real, y hay otros productos apícolas valiosos que apenas se conocen y menos se aprovechan.

La miel es un potente medicamento: antibacteriano, fungicida, cicatrizante, analgésico, desinflamatorio y, según se sabe ahora, el veneno de abeja ofrece resultados eficaces en la atención del paciente reumático y artrítico. Se le reconocen valores cosméticos y rejuvenecedores. La hay en gotas para limpiar y humectar los ojos (aunque quien lo haya probado sabe que arde peor que chilpaya untada). Algunos médicos alternativos usan la miel para combatir -oh paradoja— la diabetes mellitus. La miel no necesita conservadores. Han encontrado envases de miel con dos mil años de antigüedad, intacta.

En 2019 México produjo casi 62 mil toneladas métricas de miel. Algunas fuentes dicen que es el sexto productor mundial, otras colocan al país en el décimo lugar; el Gobierno Federal informa que somos el tercer exportador del planeta y que de enero a noviembre de 2020, las ventas internacionales de miel mexicana alcanzaron las 26 mil 77 toneladas. Hay 43 mil familias mexicanas que viven de las abejas, más de 200 mil personas. 

La apicultura es una fuente invaluable de equilibrio ambiental, genera ingresos importantes al país y podría producir más, crea bienes de origen natural de indiscutible valor y podría convertirse en una fuente estratégica de desarrollo y riqueza para las comunidades marginadas. Además, quien no ha comido un pan de miel o un plato de requesón con miel, sencillamente no ha probado lo bueno de la vida. Mejor la miel que las amarguras viejas (¡Viva Machado!). Con esa banalidad me quedo, aunque no me inviten a ningún ingenioso ni patriótico ni oportuno ni útil ni propicio grupo de amistad de valientes y listos parlamentarios.

antonionemi@gmail.com

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