Einstein para perplejos…

 Por: Carlos Lozano Medrano.

A las seis de la tarde menos seis minutos del día 31 de agosto terminé de leer este libro con el que encabezo este escrito, todavía tenía tres días de margen de los 30 días que me dieron para hacerlo en el Programa de Fomento a la Lectura de la Alcaldía GAM, tengo muchos libros en casa por leer, pero he querido apoyar este programa.

Los autores pretenden que el tema sea más accesible al gran público, en parte lo logran, pero el tema es complejo. Principalmente trata de Albert Einstein un verdadero genio, fue reconocido desde muy joven aún así tuvo sus detractores, sigo sin explicarme como hizo sus deducciones y comprobaciones matemáticas, los conceptos son difíciles, son demasiado  abstractos para el común de los mortales.

Nació en Ulm, Alemania en 1879, su sencilla infancia en el seno de una familia de clase media europea contrasta con sus años de fama, cuando se convirtió en una figura pública. Su juventud en Alemania y en Suiza, en tiempos en los que allí florecían una de las sociedad más extraordinarias de la historia en términos culturales, rebosantes de ciencia, arte, filosofía y tolerancia, pero que ante sus propios ojos y en muy poco tiempo se transmutó en el escenario del horror más inconcebible del que tengamos memoria.

Einstein forjó una buena parte de las ideas más radicales de la física del siglo XX: la misteriosa relatividad del tiempo, la enigmática dualidad onda-partícula que exhiben la luz y el resto de las partículas elementales, la curvatura del espacio-tiempo, la equivalencia entre la masa y la energía. Pero no todas sus ideas gozaron de éxito, Einstein también tuvo sonoras derrotas. 

Einstein era apasionado. Ningún tema le era ajeno. Tenía un humor ácido y un sentido profundo, casi religioso del valor de la vida, del orden natural y de las posibilidades de la razón, no solo en la empresa de develar los secretos del universo, sino también en la de conseguir la paz y el bienestar en el mundo. Alegre y dúctil violinista, hábil y apasionado navegante, también tuvo una vida emocional intensa.

Albert Einstein dudó siempre y fue precisamente su capacidad para cuestionar, aún las cosas que parecían más evidentes, lo que le permitieron colonizar territorios intelectuales aparentemente inalcanzables para un ser humano.

La irrupción de Albert Einstein en el universo científico tuvo lugar a los veintiséis años, de un modo al que le queda corto el adjetivo de sobrehumano. Si bien ya había publicado un puñado de artículos en la prestigiosa revista Annalen der Physik, lo cierto es que no le resultaron suficientes para alcanzar un puesto académico. El padre de su amigo y ex compañero en la Escuela Federal Politécnica de Zurich, Marcel Grossmann, le consiguió un empleo en la Oficina Federal para la Propiedad Intelectual de Berna como asesor técnico en el otorgamiento de patentes.

Publicó cuatro trabajos como único autor en el lapso de seis meses: sobre la naturaleza de la luz, de las moléculas, de la masa, del espacio y del tiempo. El primero escrito en marzo de 1905 explica el efecto fotoeléctrico –la generación de la corriente eléctrica debido a la incidencia de la luz sobre un metal-, proponiendo la existencia de partículas de luz –fotones-. Hito fundacional de la física cuántica. 

Apenas dos meses más tarde escribió un artículo, sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en un líquido estacionario, tal como lo requiere la teoría cinética molecular del calor, debido a la agitación térmica de las moléculas que componen el líquido.

Poco más de un mes transcurrió para que este inclasificable empleado de la oficina de patentes de Berna enviara a publicar un tercer trabajo que tituló: Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, en el que llegó a la sorprendente conclusión de que la velocidad de la luz en el vacío debía tener un valor universal. Como consecuencia de estas ideas –más tarde se conocieron como Teoría de la Relatividad Restringida. Tiempo después al escribir las ecuaciones de su Teoría de la Relatividad General, la reafirma como la catedral suprema de la historia del pensamiento científico.

En los primeros días del verano de 1905, Einstein escribió el cuarto de estos trabajos, en el que aparece por primera vez la fórmula más icónica de la historia de la física: E=mc2, todo cuerpo por el hecho de tener masa, albergaba una energía (que además era) enorme, la letra “c” representa en esta fórmula a la velocidad de la luz en el vacío, casi trescientos mil kilómetros por segundo. De estas elucubraciones teóricas: Unas décadas más tarde, el propio Einstein contemplaría con estupor de la peor manera posible, la validez experimental de esta elucubraciones teóricas: las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de agosto de 1945 respectivamente. Ese día 9 a las 10:30 de la mañana, el silencio de la antigua ciudad de Kokura se vio interrumpido por el rugido de dos bombardeos B-29 de la fuerza aérea norteamericana, La tranquila ciudad del sur de Japón, que poco más de dos décadas atrás había tenido el raro privilegio de albergar un concierto de villancicos interpretados al violín por Albert Einstein se sumergió de inmediato en el estruendo de la artillería antiaérea y las sirenas. Sus habitantes ignoraban que su propia ciudad era el plan A del piloto del Enola Gay. Las nubes sobre el cielo de Kokura y la densa humareda negra provocada por los incendios de la vecina Yawata, bombardeada en día anterior llevaron al piloto a abortar la operación original y cambiar el rumbo al suroeste.

Aun con la genialidad de Einstein el conocimiento se enriquece con la aportación de muchos talentos en muchas universidades y centros de investigación de diferentes partes del mundo.  

“El genio es 1% inspiración y 99% transpiración”: Son palabras de Thomas Alva Edison. 

El empresario y prolífico inventor que patentó más de mil inventos a lo largo de su vida, tenía claro que detrás de cada idea había mucho sudor para llevarlas a cabo. La sociedad actual en cambio, a veces se instala en la idea simplista de mitificar el momento “eureka”. Ese momento de lucidez donde aparece la inspiración. Pero ¿qué pasa con esos pasos que se necesitan para que esa idea se haga realidad? De las interminables reuniones con compañeros para pulirla y mejorarla. Noches sin dormir. El trabajo intermedio que carece de glamour, pero que es en gran parte responsable de hacerlo realidad.

Finalmente muchas personas comunes y corrientes como yo, para darle un toque científico a nuestra expresión diaria nos acercamos con audacia a esta extraordinaria Teoría y decimos que: todo es relativo.

Este artículo es una pequeña extracción del libro escrito en 2017 por José Edelstein y Andrés Gomberoff, físicos teóricos, argentino y chileno respectivamente.


(ICTU 31 de agosto de 2021).

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